Colaboración: Yo y la gente

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Colaboración: Yo y la gente

Si uno vive en una ciudad relativamente poblada va cruzándose a diario con una gran cantidad de desconocidos. Visto en perspectiva son muchas historias que nunca conoceremos y que, evidentemente, tampoco bifurcarán o conocerán las nuestras. Si llegamos a mencionar la existencia de esta “masa” es con el fin de acotar acerca tráfico o comentar del ruido que producen. Personalmente, me da la sensación y me provoca una gran aprehensión que todo ser humano que no conocemos pasa a ser una pieza indiferenciada de este gran y complejo rompecabezas al cual frecuentemente llamamos humanidad para fines más prácticos.

A menos que se presente un caso particular, trato de hablar con todos bien y educadamente. Me entristecen levemente esas pequeñas interacciones que serán fácilmente olvidadas en el futuro como un diálogo con una mesera o con un señor en la parada del autobús. Me encanta cruzar miradas con niños porque no se sienten obligados a nada. Siempre les sonrío y, si bien algunos me devuelven el gesto, en su mayoría se quedan mirándome con esos ojos muchas veces desproporcionadamente grandes a su cuerpo. Las personas mayores tienden a entusiasmarse si se les da rienda para hacerlo. Los jóvenes y adultos quizás te dedicarán miradas de complicidad o de empatía dependiendo la situación. Las filas de los bancos son un perfecto ejemplo del acto de hermandad más corto que he llegado a vivir. No por esto se trata de algo estrictamente positivo porque abundan los comentarios agrios al sistema, ya sea el de ese banco, el del país, el del mundo o el de la galaxia. Si uno no tiene plata para el psicólogo puede pasarse por una fila del banco y su catarsis será saldada. En fin, no todo es bueno cuando se vive entre la masa. Para usar otro ejemplo más particular hablaré de una vez que me encargaron dos cafés mientras el resto de mi familia buscaba el resto de las bebidas. Aparentemente las tapas estaban mal cerradas y el contenido empezó a rebalsar. De verdad estaba muy caliente. Me lloraban los ojos y resistí hasta que los solté. Salvé poco del café pero me importaba poco. Estaba más horrorizada porque la plaza estaba llena y nadie se acercó. La única alma samaritana no superaba los diez años y me extendía una servilleta para secarme. De nuevo: Niños 2 Adultos 0. Me sentí decepcionada y alienada. Abandonada cuando, en principio, nadie había prometido protegerme. Es verdad: no porque uno haga algo tiene que esperar lo mismo del resto. La cadena de favores no sigue un régimen capitalista supongo. No por saber eso me dejó de ofender y aún me resulta cruel aunque han pasado años y otros eventos han teñido ese casi de insignificante o inocente. Quizás lo más triste es que ya no me sorprendería con esa actitud.

Y lo más destacable es que por momentos yo no me siento eximida ni diferente a la gente de la plaza. Quizás no me he cruzado con demasiadas quinceañeras chorreadas en café hirviendo, pero el miedo o la inseguridad sí me han hecho mirar para otro lado en más de una situación. Pero ¿cómo se puede pasar de la total alienación a la mimetización? No sé. No me siento orgullosa de ello. Ver a la masa como masa no te saca de ella. Se tratará de aprender a pilotear en medio de la turbulencia sin un manual de instrucciones o rezando por haber traído el correcto y no el del lavarropas…

La chica de los ojos vendados

No sé cómo llegué a este cuarto. Parece vacío. Con el piso y las paredes blancas. Tan impoluto que no quiero caminar sobre él. Cualquier paso se ve inferior a la pureza de este espacio. No siento que mis piernas se muevan, pero percibo un leve corrimiento a mi alrededor. Enfrente mío aparece una chica relativamente joven, quizás de unos 18 años. Tiene los ojos vendados y se encuentra sentada frente a una mesa repleta de objetos. Estira la mano para sostener alguno que otro. Empieza por el rincón derecho y agudizo la vista para entender que hay realmente. Parece un plato blanco que se camufla ligeramente. El microclima en el cual me encuentro está templado, pero por alguna razón me imagino que posiblemente está frío para ella. Figuro el escalofrío que recorre su cuerpo cuando la mano entra en contacto pero, por suerte, se aleja rápidamente con un gesto de evidente desagrado. No me doy el tiempo de sentir el alivio esperado porque auguro su destino. La dirección que está tomando la llevará inherentemente hacia una tijera grande y filosa. Por más que odio ser intrusiva y no quiero ensuciar nada me acerco… o eso intento porque un vidrio gigantesco termina impidiendo mi avance. Lo golpeo insistentemente pero no hay caso. Grito con todas mis fuerzas y lloro desmedidamente. Pero nada cambia. La chica continúa su recorrido por la superficie letal y yo no puedo ni empañar el vidrio que nos separa. Es como si no respirara, como si no estuviera. Quiero darme vuelta y no puedo. La frustración me hace cerrar los ojos. No me puedo salvar y no la puedo salvar a ella, pero quizás tampoco me pueda llegar su lamento.

Guadalupe Lareo

Ilustración: @amandarinas_