Yo esculpo lo que veo

No ficciónmemoria

Yo esculpo lo que veo

Roma,
19 de julio del 2018

I

Oculta en el mármol, me desvanezco. Realizo el intento por respirar en aquel estatuario, aquel cementerio de gestos que se desdoblan con timidez y melancolía en los recovecos del Museo de la Academia. Me miro en la brisa adormecida que se inmiscuye por la ventana de la sala, en la mirada blanca de cada silueta, en la piel que deshiela de pronto el verbo pálido de la madrugada. Miro mis manos con extrañeza y me pregunto sobre sus raíces, sobre aquellos trazos mudos que se agotan en el tejido del tacto, sobre todo aquello que he tocado y que ahora soy incapaz de recordar. Me pregunto si mis manos recordarán todo lo que yo olvido y si, después de tanto, se mantiene cada caricia enjuta en mis palmas, en la textura súbita del adiós. De pronto me toco, encuentro en una estatua frente a mí la seda gélida, la vulnerabilidad que en mí desciende y que en ella se verifica. Mis manos posponen el adiós.

No comprendo del todo mi juventud ni cómo despedirla, no comprendo mi vientre, ni mis ojos desmayados, sólo me miro en la escama, en la porosidad de la piedra que se entume en mi cuerpo cansado y reflexiono: me gustaría entender por qué mi piel es tan lisa como aquella estatua que me contempla de regreso; por qué no alcanzan a sentirse las arrugas del tiempo cuando en mi interior palpita el vapor, las ruinas tan antiguas, espacios incompletos, la vejez que se renueva, aquella juventud que esculpo a medias y que permito abandonar con cada palabra que se debilita en mis labios. Creo que he entendido que mi forma de existir es algo parecido al existir de una estatua (aunque sólo parcialmente); contemplo, gesticulo, respiro la sombra, la blancura inasible que halla asilo en mi pecho debilitado y por más que intente expresar que soy antigua, que dentro de mí hay casas y mares y bosques y ruinas, mi cuerpo se congela en el polvo de un gesto, en una posición, en una temporalidad que me es tan afín y a su vez tan ajena. Me quedo quieta e intento retener el suspiro que encuentra su repique en el espacio endeble. Observo la indiferencia de la forma, la prenda que se agita en el aire como piel desnuda que crepita incomprendida. Sobre mí la mirada nívea, sobre ellas la despedida.

II

Roma me daba esa sensación de estar incompleta, de que en mis manos no hay más que rastros indefinidos de lo que fui y lo que otros fueron conmigo. A donde quiera iba encontraba de nuevo la incertidumbre del pasado, del tacto huérfano de un extraño, de todo aquello que éste había tocado en la lejanía de otro tiempo y que yo ya había hecho mío en mi cuerpo tendido, en los vaivenes de mi existencia prófuga. La realidad es que lo necesitaba; encontrar que en mi incompletud yace oculta la justificación de mi vivir, de que esculpo mi juventud, pero es mi antigüedad la que me construye.

Estando allá, a diario encontraba algo nuevo en mi presencia: una herida superpuesta, una marca subyacente a la herida, un pensamiento dispuesto en ruinas tan magnificentes como aquellas dispersas por la ciudad que trasluce la bruma, el rocío. Me andaba por los arrabales, por la vereda neblinosa y pensaba en cuán extraño es tener un cuerpo que no cede ante el alma, en el cómo muchas veces me gustaría estar en sintonía conmigo misma y no ser sólo la estatua de la mirada parda, sino el movimiento que recubre con su constante anhelar, como lágrima invocada, la comisura del silencio. Me gustaría no sólo ser un fantasma marchito por dentro y carne viva por fuera, sino una única marea que cuidadosamente se desliza entre los demás, la semilla que desemboca en una misma inflorescencia.

Roma me recuerda constantemente a lo que brota en mí, pero también a lo que he dejado ir.

Recuerdo el aroma peculiar de mi hotel y el color esmeralda que lo envestía. Me daba la sensación de estar bajo el agua, de que en Roma yo viví bajo el agua.

Mis manos posponen el adiós.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.