Vivir la tregua

ensayoNo ficción

Vivir la tregua

Este año, mi cuerpo me botó. No me podía levantar de la cama, ni conciliar el sueño, tampoco sentarme en sillas y disponerme en el escritorio, sólo podía quedarme en el suelo. Una manía de terrenalidad en un momento de deriva intensa, de la primera mitad del año en que se nos sacudió el mundo entero y se redujo a un par de muros, con un afuera hostil, un cielo gris, un silencio mortuorio.

Me metía a la cama y venían las espirales de pensamientos, un odio hacia mi cuerpo cansado, la mente dispersa, los músculos débiles, mi piel brotada por los nervios. En aquel momento, no era capaz de reconocer aquella oscuridad. Trataba de que mis momentos animosos entintaran toda mi realidad, que mi voz no se quebrase cuando hablaba al teléfono y que hablar de sesiones de baile y yoga mantuviesen mi cordura. Pero incluso aquello se volvió fatídico, debido a mi propia exigencia por estar bien, algo que traía desde mucho antes de la pandemia.

Todas las estrategias que alguna vez había usado para organizar mi día, mi vida, mis ambiciones, quedaron obsoletas, tirándome de más alto cada vez que trataba de reconstruirlas con mayor fuerza. Y es así: no importa con cuánta maquinaria y sistemas armes una nueva torre, aunque sea más imponente que la anterior, si los cimientos no aguantan. Y dejé de aguantar.

Resultaba ser que, con cada esfuerzo por edificarme, solamente arremetía contra mí misma con mayor agresividad. Manías por hacer ejercicio, por la alimentación correcta, por meditar, las horas de sueño, los sueños en sí, lo que fuera. No se trataba tanto de la herramienta, si no de cómo la estaba usando, porque los utensilios que había elegido eran, teóricamente, los adecuados, salvo cuando sirven para tapar los demonios que una carga. Por primera vez, tuve que reconocer cuánto me había odiado.

Quería creer en mí misma como un lugar que merecía su propia destrucción. Habité dentro de mi cuerpo como un cuarto y lo hallé falto de luz. * – Emma Bolden, “Antes de que creyese en el cuerpo como palabra*”

No me gusta la idea de la “naturaleza humana”, como si hubiese una fuerza innata y unidimensional que marcase nuestras primeras pulsiones. Pero sí creo que, sin duda, somos seres bélicos, incluso en lo más íntimo, como me he visto arremeter contra mi propio cuerpo. No necesitas herir a alguien ni estar en un ejército para saber que la guerra está en nosotros, como un impulso espontáneo que se vuelve hábito. Lo veo en cómo me arrinconé dentro de una estructura en la que no cabía, porque, entre tanta tiniebla, me había dejado de ver y no me di cuenta de cuánto había crecido.

Hace unos meses, en pleno verano, iba camino a la playa cuando me cuchareé la rodilla. Fue mi intento de ir al mar, de acordarme de que Barcelona es costa; incluso salí más temprano de casa para caminar un trecho, me compré un café y un pan. Le encontré gusto al calor de las 9 de la mañana. Tomé una bicicleta y me fui por el camino largo, a ras de la playa. Miré el mar. Pensé que por qué no iba más, si en realidad es muy lindo vivir en la costa, lamerse los labios y que sepan a sal.

Pero en la romantización profunda de la playa urbana, me distraje del camino y cuando volví a mirar al frente, me encontré con tres gaviotas levantando vuelo en mi dirección y, si ya de por sí freno por las palomas, aquí derrapé a lo largo de una bajada mojada y llena de arena. Mi pierna recibió el madrazo. Me levanté pensando que no era mucho, quizá un raspón feo. Pero al estirarla, descubrí un hoyo.

Además de agradecer todos los días por el sistema público de salud (entré herida y salí vendada, así nada más, una locura), tuve que seguir yendo a que me curaran. Fue un proceso largo: mi rodilla debía sortear lo que le pertenecía y lo que no, y lo que debía recomponer.

Cuando me dejaron curarme en casa, vi cómo botaba el asfalto encapsulado en piel muerta. Creció y tiró todo lo que no reconocía como parte de ella. Luego creció la carne, poco a poco. Creo que se infectó un tanto un par de veces y en todas se defendió y recompuso.

A pesar de andar media coja, con un vendaje que limitaba el movimiento, me movía demasiado y me sorprendía cuando quedaba agotada, tanto, que comencé a dormir de nuevo. Me sentía rendida, floja, inútil, poco. No entendía que mi cuerpo estaba dirigiendo sus energías en un solo punto, en reconstruirse, en que un proceso aparentemente invisible se estaba llevando mi batería completa. La cosa es que no era tan invisible: lo podía ver cada vez que desenrollaba la venda, levantaba las gasas y veía cómo iba cerrando, poco a poco cambiando de color, volviendo a crecer. Cómo volvía a ganar mayor flexión en la rodilla, que me avisaba con punzadas cuando la estaba llevando muy lejos.

Aun así, seguía enojada conmigo misma, sin siquiera poder sentarme en el suelo ya; me pedía reposar. Como no hacía caso, una tarde apareció un sarpullido en mi pecho que se estiró hacia mi rostro y rápidamente se tomó mis brazos, mi abdomen, mis piernas. Una aparente reacción alérgica sin otros síntomas ni motivos, solo mi respuesta paranoica de un escenario terrible.

No importan tanto los detalles que siguieron, sólo cómo conté el suceso en un taller que di en ese verano donde una de las participantes me dijo que le había pasado lo mismo años atrás y había sido que su cuerpo estaba en tal modo defensivo que le picó un mosquito y se llenó de ronchas. Fue al psiquiatra y comenzó a ir a terapia. Yo hice lo mismo. Con un cóctel de homeopatía y psiquiatría, me comencé a rendir.

Me entregué, apagué la cabeza, reposé.

Me encontré con mi cuerpo. Dejé de negarlo.

Me di cuenta de cómo, frente a toda la agresión con que lo había enfrentado, seguía tratando de sanarme. Seguí curando mi rodilla y me agarró ternura por ese crecimiento tímido y lento, por su sabiduría templada, por cada ciclo de su curación. Primero se deshizo de lo que no le pertenecía, me defendió del asfalto y la piel quemada y muerta. Luego comenzó a crecer la carne que faltaba y generó de más, que se convirtió en una espesa costra para sellar la herida y terminar la capa de piel que faltaba. Le di lo que necesitaba: sueño, comida, luz, moverse con gentileza. Dejé de adelantarme a sus tiempos, la escuché.

Y así, distinguí que mis caderas habían crecido, que la forma ya no era la misma. Que entre tanto arremetimiento por temas de peso, había ignorado los otros procesos que estaba viviendo y, cuando me volví a mirar al espejo, me encontré con un cuerpo distinto.

Pasó el verano, me puse mis pantalones y me encontré con que los rellenaba enteros, que me ajustaban las caderas pero no la cintura. No solo había sido un tema de ganar peso (que sí fue, y que también fue parte del proceso), si no que lo había hecho con una distribución desconocida hasta entonces y pedazos que no tenían que ver con eso: solamente se llamaba adultez.
Realmente creo que no me gusta la idea de la naturaleza humana porque presume que somos una categoría aparte de lo natural. Así como pienso en aquella frase de: si un árbol cae y nadie lo atestiguó, ¿realmente cayó? Yo creo que sí. Que se enteró todo el entorno, que lo sintió el bosque entero, que lo vieron los pájaros y los insectos, que no porque no lo haya visto una persona no ocurrió.

Así pienso en los procesos internos de sanación, en mi cuerpo trabajando por mantenerme viva, por levantarme, por existir, a pesar de la guerra que le declaré hace años.

Supongo que de eso se trata realmente amarse a una misma. Dejar caer los troncos y volver a crecer.

Y con ella me entiendo sin decir palabra
Porque los árboles se entienden tocando sus raíces.

Jorge Teillier, fragmento de Nadia

Notas
* CANCIÓN
El peso del mundo
es el amor.
Debajo de la carga
de la soledad,
debajo de la carga
de la insatisfacción
el peso,
el peso que llevamos
es el amor.

¿Quién lo puede negar?
En sueños
toca
el cuerpo,
en los pensamientos
construye
un milagro,
en la imaginación
se angustia
hasta nacer
humano-

mira desde el corazón
ardiendo de pureza-
porque el peso del mundo
es el amor,

pero llevamos la carga
con agotamiento,
y así es que debemos descansar
en los brazos del amor
al fin,
debemos descansar en los brazos
del amor.

No hay descanso sin amor,
no hay sueño
sin sueños
de amor-
estés loco o tiritando
obsesionado con ángeles
o máquinas,
el último deseo
es amor
-no puede ser amargo,
no puede negarse,
no lo podemos retener
si se niega:

su carga es demasiado pesada

-debe dar
sin recibir
como el pensamiento
se da
en soledad
con toda la excelencia
de su exceso.

Los cuerpos cálidos
brillan juntos
en la oscuridad,
la mano se mueve
al centro
de la carne,
la piel tiembla
de felicidad
y el alma viene
alegre al ojo-

sí, sí,
eso es
lo que quería,
lo que siempre quise,
lo que siempre quise,
regresar
al cuerpo
en donde nací.

Canción, Allen Ginsberg. Traducción de Tom Maver.

——

**traducción libre de la autora. Original en Inglés:

I wanted to believe
in the self as a place that deserved its own
destruction. I dwelled on the inside of my
body as a room & found it lacking light.

Emma Bolden, “Before I Believed in the Body as Word

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Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.