Oye pero así no son las mujeres

No ficcióncrítica

Oye pero así no son las mujeres

Cuando estábamos en primero medio (debíamos tener catorce o quince años) tuvimos una charla sobre sexualidad durante una clase. Vino una mujer que era ginecóloga o algo así, no me acuerdo bien, para hacer una presentación en Power Point. Como era un colegio de solo niñas, la charla trataba más que nada sobre la sexualidad femenina. La disposición de todas era más bien sarcástica, quizás por miedo a mostrar un interés real y quedar como rara. Entre explicaciones de los ciclos menstruales y fotos gráficas de herpes e infecciones urinarias, la mujer empezó a hablar de la masturbación. No recuerdo muy bien a raíz de qué salió el tema. Me di cuenta como la actitud de todas cambió, las expresiones se volvieron extrañadas, incomodas. Se escuchó alguna que otra risa nerviosa. La mujer dijo algo como que la masturbación era una gran manera de conocerse y experimentar sexualmente. Miradas de reojo. Preguntó si alguien tenía alguna pregunta o comentario sobre el tema. Silencio. Un par de compañeras se miraron como preguntándose de qué mierda estaba hablando esa mujer.

Claro, es que qué cosa más absurda estaba diciendo, la masturbación. ¿Por qué harías eso? ¿Por qué realizar un acto que no implicaba darle placer a un tercero, solo a ti? ¿Por qué hacer algo para satisfacer tus deseos y no los de alguien más? ¿Por qué? Si así no se suponía que debían ser las mujeres.

Hasta el día de hoy continúa siendo un tema más bien tabú. Si le preguntas si es que se masturban, la gran mayoría de las mujeres lo negarían inmediatamente. Porque siempre ha existido una suerte de mito alrededor de los deseos de las mujeres. Tácitamente (debido a la omisión del tema) se les ordena a las mujeres desde muy jóvenes como es que deben comportarse con respecto al sexo y las relaciones. Andas por la vida controlada, con mil reglas repitiéndose constantemente en tu cabeza. Siempre ha existido una suerte de vergüenza, vergüenza por querer o sentir más de lo que deberías querer o sentir. Una vergüenza por tus deseos, por tu sexualidad. Una idea de que a las mujeres no les puede gustar demasiado el sexo (o por lo menos manifestarlo)

Una amiga del colegio me contó que durante su adolescencia le preocupaba que los demás la encontraran demasiado “cachonda”, es decir, demostrar quizás demasiado sus deseos sexuales, buscar cumplirlos. Le daba miedo dar esa imagen porque la juzgarían, la encontrarían rara, se saldría del molde. No creo que era solo ella, la mayoría debió haber sentido algo bien similar. Quizás muchas veces no hicieron lo que realmente querían debido a todas estas normas sociales. Se les enseñaba a reprimirse, sentirse culpables, a callarse. De alguna manera, te dejaban sola y vulnerable con este tema, cuestionándote en silencio si está bien o no lo que estás sintiendo.

Pero para el sexo opuesto esta historia es completamente diferente.

En la adolescencia escuchábamos con frecuencia a los hombres hacer bromas y hablar abiertamente sobre pajearse y expresar sus deseos sexuales. Si los hombres tenían actitudes promiscuas, no se les juzgaba como se hubiera hecho en el caso de una mujer, y aquello se explicaba con frases al estilo “es que así son los hombres”. A los hombres se les estaba permitido ser así.

Me acuerdo de la primera vez de haber ojeado la revista Cosmopolitan, como a las once o doce años (antes de darme cuenta de su pésima calidad) ya que Hilary Duff estaba en la portada y a mí me gustaba Lizzie Mcguirre. Recuerdo leer los títulos de los artículos de la revista, los que todos seguían cierto patrón; cómo complacer a tu hombre en la cama, las cosas que más les gustan a ellos, qué es lo que ellos buscan en una mujer, etc… Toda la revista estaba dedicada a instruir a las lectoras para darle placer a su hombre. En el momento no lo cuestioné (así es la influencia que pueden tener sobre nosotros los medios de comunicación), pero más adelante me di cuenta de lo perturbador de su contenido. ¿Dónde estaba lo que querían las mujeres, los que les gustaba a ellas? ¿Qué pasaba con sus deseos, su placer? ¿ellas no tenían ningún lugar ahí?

De alguna manera, pareciera que la sexualidad femenina existe por y para los hombres, como si la presencia de ellos la justificara. Si no es por ti, es por él, todo está bien. Como si las mujeres no tuvieran permitido disfrutar de su sexualidad libremente al igual que los hombres. Como si la lujuria fuera algo que ellas no se podrían permitir.
Recuerdo conversaciones en el colegio durante los recreos en los que se discutía cuánto tiempo una debía estar en una relación con un hombre para poder acostarse con él. ¿Un mes? ¿Tres meses? ¿Seis? Algunas apostaron incluso hasta por el año. Porque no lo podías hacer simplemente. De hecho, por mucho tiempo la idea de acostarte con alguien que no fuera tu pololo era impensable. (¿cómo vas a tener sexo solo por tener sexo? Así no son las mujeres. La calentura era algo de hombres. El romance y los sentimientos nobles era lo de las mujeres).

Para las mujeres, siempre habían reglas. Pero ¿por qué? ¿Por qué condicionarte de aquella manera? ¿Por qué no podías escucharte y responderte a lo que querías? ¿Por qué siempre debías estar tan contenida a favor del afuera? ¿Por qué algo tan natural era controlado por normas sociales artificiales?

Siempre ha existido esta idea de que las mujeres buscan el amor y el romanticismo mientras que los hombres quieren sexo. Ambos casos son muy dañinos tanto como hombres y mujeres (no estoy intentando culpar a uno en particular, todos somos responsables, ya sea por provocarlo o por seguirlo) Estereotipos que de alguna manera moldean y afectan la manera en que pensamos. Pero no puedo ser la única que encuentra el error en esta ecuación. ¿Cómo se supone que funcione? ¿Cómo, si nos llegan mensajes contradictorios? ¿Cómo se supone que no se salga lastimado ahí?

Ya sé que todo este análisis puede resultar muy heteronormado, pero la verdad el sistema no te da muchas opciones para salir de la caja. Cuesta no creer que lo que todos te dicen, cuestionar su veracidad.

Se debe empezar por algo. Dejar de juzgar, dejar de controlarnos mutuamente. Dejar que cada persona viva su vida a su ritmo y a su momento, dejar que disfrutan de lo que quieren disfrutar. Y tú también tienes que permitírtelo a ti misma, te lo mereces. Experimentar, gozar, vivir. Tu cuerpo no le pertenece a la primera persona que te dijo que eras lindas, o la primera persona que te estrujó en sus brazos y te hizo sentir importante. Tu cuerpo no le pertenece a aquellos que te tuvieron alguna vez, a aquellos a los que te entregaste por primera vez. Te pertenece solo a ti. Y solo tú puedes decidir por él.

+la imagen de la portada es de la artista Hannah Wilke, y la última corresponde a una escena de la película Ninfómana de Lars Von Trier.

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé