Un tronco fino

No ficción

Un tronco fino

Despierto y el día lleva horas corriendo: yo misma vi la fecha cambiar antes de cerrar los ojos por el sueño. Ahora se abren lentamente, ajustándose a la luz de un sol que de hace rato se ha levantado sobre el horizonte, y cuya luz, colándose en mi cuarto, aún metida en la cama, me hace pensar en algo que se renueva, una jornada joven; pero el día ya carga con las horas de su paso, y el sol nunca ha dejado de brillar, ni antes de salir por el mar.

El día no es nuevo: en su vigilia, ya atestiguó sucesos nocturnos y de madrugada, turnos del camión de la basura, guardias de seguridad luchando contra sus párpados sentados en su silla, fiestas que aún no callan y aquellos rendidos en el sillón de la sala. Y los primeros en andar, en salir de casa con la lonchera en mano o encaminarse a la ruta a la cama. El día ya ganó velocidad en su avance antes de iluminarse siquiera, y yo apenas timbro mi pase de llegada.

A esa luz, mi piel se revela tersa. Antes de lanzarme al día, a tomar las horas como fichas que se agotan mientras el sol marca su parábola en mi coronilla, miro mi cuerpo y mi piel inerme. Soy muy joven. Lo único que llevo son pecas acumuladas de veranos y marcas de nacimiento. Concentro un par de capas de corteza, contados anillos de árbol que marcan ciertas vivencias y dejan traza de un pequeño recorrido desde donde ya puedo distinguir un atrás.

Es al mirar los nuevos lunares y los primeros signos de surcos en la piel cuando se gana conciencia de que se ha vivido poco. Al tercer anillo de nuestro tronco, podemos ver dos más y darnos cuenta de lo estrechos que aún somos. De lo lisa que es nuestra corteza. De todos los lugares en donde han empezado a aparecer apenas brotes de ramas desconocidas.

Mi cuerpo se revela altivo contra mi alma envejecida. No importa cuánto una se sienta un espíritu viejo, hay cosas que solo se viven en carne y trae la vida, y no importa cuánto se lleve hacia una sabiduría: mi tronco solo ganará grosor con el tiempo, las lluvias, los incendios, la atmósfera.

Así que miro el día y rindo mi impaciencia. El día ya me gana y yo salgo a vivirlo, y que la misma luz que me nutre también marque mi piel. Que ilumine las pequeñas líneas que se empiezan a expresar, que cambie mi tono pálido a anaranjado, como un verano que recién empieza a dar frutos y aún no sospecha siquiera el otoño.

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Rendición no. 2 : vejez

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.