Trilogía de belleza

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Trilogía de belleza

Hace unas semanas leí un artículo cuyo título postulaba que el cuidado de la piel es una estafa. Instintivamente, quizás muchos concordarán con aquel titular, pues, ¿cuántas veces nos hemos topado con un centenar de cremas o ungüentos que prometen reducir las arrugas, borrar el acné, desaparecer los puntos negros, ayudarte a dormir mejor, curar el mal de amores, garantizar la paz mundial y poco más que asegurarte un cutis tan sublime y reluciente que será el portal transdimensional del cual emergerá el panteón griego para iluminarnos a todos? No obstante, creo fervientemente que artículos como este, los cuales fundamentalmente plantean que la clase de gente que se da el gusto, lujo o placer de tener un régimen de cuidado facial es, indudable y esencialmente, superficial, son sintomáticos de un mal mayor: que actividades tradicionalmente concebidas como femeninas deben ser rechazadas por su inherente inferioridad y trivialidad.
Con lo anterior no quiero decir que la gente va por la vida repudiando exfoliarse porque activa y maliciosamente odian a las mujeres. No. La mayoría de la gente rechaza el cuidado facial porque proyectan inconscientemente sobre este el estado de su relación y entendimiento de la femineidad, el cual, para ser francos, no suele ser particularmente bueno. Comentarios como el ubicuo “eso es de nena” hasta el argumento de “no soy como el resto” denotan una fragilidad de la identidad personal más que una razón válida para no lavarse la cara.

La noción de que el cuidado facial o cualquier ritual de belleza es frívolo por definición o que persigue fines exclusivamente románticos o sexuales no sólo es heteronormativa y sexista, sino es simplemente errónea.


El año pasado mientras esperaba para pagar una crema en Sephora una completa desconocida se acercó a mí y me preguntó sobre la efectividad de la crema que me disponía a comprar. Me ahorraré los detalles de nuestra breve conversación, pero quiero que sepan que ambas emergimos de Sephora con una nueva crema y las cabezas llenas de consejos y recomendaciones.

La complicidad de esta experiencia me llevó a cuestionar la idea y superstición del secreto de belleza como algo que es precisamente eso, un secreto, que no se puede compartir por miedo de que otras se vuelvan similarmente bellas. Al fin y al cabo, en un mundo donde las mujeres son cosificadas, la belleza se conceptualiza como valor y su ausencia como carencia, la competitividad femenina es moneda de cambio. Sin embargo, el supuesto secreto de belleza no es precisamente eso, y comunidades como Into the Gloss, Reddit, Beauty Talk, entre otras, que se dedican a compartir reseñas o recomendaciones de productos, regímenes o procedimientos, lo demuestran. Cada reseña o recomendación es en sí misma un secreto de belleza. El término “secreto de belleza” es meramente el nombre que le hemos dado a la intimidad de la rutina de belleza y no literalmente un secreto.

Cuando el afamado ritual de belleza prescinde de la supuesta competitividad, secrecía y banalidad que se le suele asociar, experiencias y comunidades como las anteriormente mencionadas se convierten en celebraciones cooperativas: de productos, de looks, de personas, y, por lo tanto, ponen en evidencia que la adquisición de productos cosméticos se siente más como un ritual comunal que como una compulsión capitalista.


Audre Lorde en 1988 establece la idea de que cuidar de uno mismo no es un acto autoindulgente, sino un acto de autopreservación; noción que hoy en día se diluye en el concepto de “self-care” o autocuidado, en el cual hay una utilidad política y moral en el acto de relajarse con una mascarilla. Y lo puede tener, sin embargo, nos corresponde a nosotros replantearnos o redefinir el concepto belleza como un medio para un fin y no un fin en sí mismo; pues al fin y al cabo, la industria cosmética produce herramientas que suelen servir a aquellos que sostienen posiciones de poder, y ningún producto es por sí solo expresión radical de feminismo, positividad o éxito.
Sin embargo estos mismos productos pueden ser, a su vez, herramientas que ayudan al cuerpo a soportar sus condiciones; pueden ser la base de una comunidad; pueden ser un canal de conexión; pueden ser una celebración.

Paradójicamente, estos aparatos de autodesprecio nos permiten de alguna forma amar.

Imagen: Curlers and Chips, Yorkshire, 1965, Sunday Times Magazine © John Bulmer

Kennya Mena

Kennya Mena

Kennya. INTP. Estudiante de derecho. Nouveau tumblr beatnik