Tonos ausentes

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Tonos ausentes

Soy un fruto de esta época, no diferente a los demás. Crecí en una casa con un computador en la mansarda, con los mejores juegos: pinball, paint y solitario. Mi primer correo electrónico fue de Hello Kitty, aunque no tenía a nadie a quien mandarle cartas que aún no sabía escribir. Más bien lo usaba mi papá porque tenía capacidad para sus archivos.

Cuando crecí y superé levemente la ansiedad de que al otro lado del teléfono apareciera otra voz que la de una amiga, me atreví a llamarlas y conversar en la línea –a pesar de que rápidamente colgaba el teléfono frente a una distinta–. Quedar a ciertas horas para llamarnos evolucionó a los tiempos del chat, cuando nos organizábamos para conectarnos al mismo tiempo y enviábamos zumbidos impacientes si no aparecían del otro lado.

Soy un producto de mi tiempo porque la pubertad vino con la usual necesidad de compañía en forma de conectar con amigas con el internet como herramienta. Porque abrí mi Facebook a los 11 años y aún tengo mi Tumblr del 2011. Porque antes de eso, tuvimos Club Penguin. Porque según fuimos creciendo y estirando los brazos hacia relaciones con personas más allá de nuestra casa, más se abrían las vías para llegar a ellos, hasta dejar las puras autopistas abiertas 24/7. Todos los mensajes se volvieron zumbidos, dejándonos con el recado a media boca, ya enviado y recibido, pero sin cierre.

Me preocupa la percepción de las relaciones como ausencias, como guijarros lanzados al vacío, y nosotros persiguiéndolos hacia el precipicio. Me pregunto qué me he perdido de conocer una relación como la última vez que nos vimos, las horas del café compartido. Cuando se cerró el intercambio y no la coma que queda colgando después de cada mensaje, del texto que no sigue, de la línea que se pierde porque nada la obliga a volver.

Digo que soy producto de mi tiempo porque mis relaciones más importantes se han mediado por el tira y afloja del mensaje instantáneo, mucho para alegrías y decepciones; más que nada, soy terrible respondiendo. Miro mi celular y me aprieta la cabeza, pero no quiero soltar los hilos. La sensación de ausencia nos ha llevado a otras dudas, a una falta que se asienta como una autoevaluación alterada de que no somos dignos de respuesta, o dejando de percibir una falta de importancia para el destinatario. Así es como fijar algunos chats se vuelve una pequeña declaración de afecto, un "no te quiero perder", un "te tengo en mente", o tengo presente este hilo que elijo seguir sosteniendo.

Temo, a veces, lo que me he perdido por crecer así. Una falta de percepción del tiempo. Un programador observa las cámaras de distintos miradores en parques alrededor del mundo, los que se actualizan cada cinco, diez, quince minutos, y no hay nada que hacer entre tiempos salvo esperar a que, una vez renovada, la imagen sea casi igual a la pasada. De vez en cuando pasa un pájaro. Otras veces, se posa un bicho en el lente. En unas horas, se pone el sol.

Allí se sale aun más de sus manos. Por horas, todo lo que ofrece la cámara es un recuadro negro. Puede conectarse en cualquier momento de la noche y la madrugada, y el resto es lo mismo. Oscuridad y silencio. Un canal cerrado.

Lo bonito de llamar por teléfono es que supone un acuerdo mutuo, con un cierto juego de variables y destino. Contestar dependía de estar en casa, con tiempo, disponible para levantar y sostener el auricular. Había veces que no se escuchaba sonar y seguía repicando para nadie. Y para quien llamaba, lanzó una cuerda que no encontró acogida. Un canal que no se abrió. No hubo recepción, así que decide bajar el teléfono y corta la línea. Y continúa con su vida.

Las veces que sí se atendía, lo último que quedaba era las palabras finales entretejidas en la línea al colgar. Un "adiós", "cuídate", "hablamos", "nos vemos", "hasta luego". Nos dejan un cierto sabor de boca. Tiempo para dejarlo macerar.

Quizá vuelvo a pensar en todo esto por los últimos días, por la insistencia con la que estiramos los brazos hacia el otro en las rutas virtuales. Porque me contenta poder hablar con mi familia: la alegría de mi abuela exclamando "¡qué fantástico poder tomar café contigo!", y mi abuelo deseándome feliz luna llena. Las llamadas diarias con mi mamá y mi hermana, una casa donde nos saludamos de beso de buenos días y nos despedimos igual para las buenas noches; de voy a comprar pan a la esquina y de ya volví.

También me alegro de la continuidad. Los cafés que tomé con algunos en otros países fueron en diciembre, enero y febrero, y la difuminación de aquellos últimos encuentros en persona solo queda eclipsada por la dulzura de los nuevos recados a distancia. Pero sí me pregunto si en aquel espacio hay alguna carencia, cuando solo conocí tiempos sin mensajes instantáneos usando uniforme, delantal, mochila de rueditas y cabello recogido en una cola alta. Cuando lo único que pedía mi atención era mi tarea en la mochila, así que llegaba a casa y me dormía, sin el tono ausente de la línea repicando en el cuerpo.


Imagen: SOL LEWITT , All ifs ands or buts connected by green lines - 1973

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.