Todas queríamos ser rubias

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Todas queríamos ser rubias

Todas queríamos ser rubias. Ese era el sueño. Esa era la meta. Todas queríamos esa cabellera clara y delgada que te aseguraba aprobación, que te aseguraba pertenencia.
Todas queríamos ser rubias. Todas queríamos ese comprobante de tu procedencia que te validaba y que te permitía moverte con libertad por esos lugares que te encandilaban de deseo.
Incluso yo, que me jactaba (como la snob que era) de ser indiferente a esos juegos, en mi interior me sentía agradecida de aquel milagro de la genética que me había permitido tener el pelo rubio. No lo admitía ni a mí misma, pero esa sensación siempre estaba ahí. Porque por lo único por lo que me halagaban era por tener el pelo rubio y largo. Porque las niñas de cabello oscuro me decían “que envidia el pelo que tienes”. Y cuando hablaba sobre cortármelo o teñírmelo oscuro, todas me respondían abriendo los ojos y preguntándome cómo, si tenía el pelo que todo Chile soñaba con tener. Porque, de alguna manera, me hacía sentir un poquito mejor. Me hacía sentir parte de algo.
Y cuando, a medida que crecía, me percataba con pánico que mi pelo rubio se estaba oscureciendo cada vez más hasta llegar a un color café, temía perder aquella cosa clave que me daba un poco más de (estatus?) Al mismo tiempo que me decía a mí misma que aquello no me debía importar)
Todas queríamos ser rubias. Y nos amargábamos por no lograrlo. Y entonces nos teñíamos y alisábamos y triturábamos nuestro pelo para encajar en el modelo de lo que supuestamente la belleza era.
Y las niñas con cabello grueso y oscuro miraban las carteleras de publicidad con modelos rubias y perfectas y se preguntaban por qué no podían ser lindas ellas también.
Porque, como afirmó la escritora Chimamanda Adichie en una entrevista sobre su novela Americanah, el cabello es un tema político.
Es un tema político porque pone en la mesa dos de los conceptos quizás más problemáticos que existen; la clase y la raza. Es político porque representa clasificación y separación. Porque sirve de excusa para algunos para diferenciarse y creerse mejores, más importante. Es un tema político porque condiciona la manera en que vemos el mundo. Porque la niña más linda del curso siempre es la rubia. Porque todo el mundo confía en la niña de la piel clara, porque no representa ningún peligro, ninguna amenaza.
En Americanah seguimos la historia de Ifemulu, una mujer nigeriana que migra a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades laborales. Al comenzar la búsqueda de trabajo, empieza a recibir el mismo comentario disfrazado de consejo; que debía cambiar su cabello, un afro natural característico de su lugar de origen, en orden para verse más profesional y generar mejor impresión en las entrevistas. Entonces Ifemulu somete a su pelo a diferentes procesos, como el trenzado o el alisado, el cual le quema el cuero cabelludo y le crea infecciones, para encajar en el modelo norteamericano de belleza, para ser aceptada como una más. Cambia algo característico de su historia, su origen, su identidad. De esta manera, el pelo de Ifemulu toma un rol protagónico en la novela. Funciona como símbolo, como una analogía. Representa los conflictos de identidad a los que se debe enfrentar, su anhelo de pertenecer a una cultura que no la acepta tal cual es. Hay un acto de racismo y violencia en la necesidad de Ifemulu (incentivada por el exterior) de cambiar su cabello, sus raíces, su historia.
Creo que podemos trasladar esta problemática a América Latina, especialmente a Chile. Quizás se debe a la idealización de la cultura norteamericana, quizás al clasismo. El pelo rubio se ha vuelto una suerte de fetiche. Un fetiche que a veces nos lleva a negarnos a nosotros mismos.
Nos metieron en la cabeza que existe solo una manera de ser linda. Mientras más clara la piel, más rubio el pelo, más azules los ojos, más aceptación recibías, por lo que deseabas tener el pelo aún más rubio y los ojos aún más azules. Nos lo dicen todo el tiempo en la tele. Nos lo dicen cada vez que todo el mundo en la fiesta se da vuelta para ver a aquella muchacha rubia que acaba de entrar.
Todas queríamos ser rubias. Porque no era solo un color. Era mucho más. Y a veces se trasformaba en una presión, una esclavitud.
Un día me corté el pelo hasta más arriba del cuello, y me di cuenta que el pelo no era tan importante como había creído por tantos años, y me sentí liberada de un peso que había llevado por mucho tiempo.

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé