Talón-punta

ensayoNo ficción

Talón-punta

Me balanceo sobre dedos retraídos como los de una señora que lleva su vida sobre tacones, aunque calce zapatos planos. Ellos también sufren: las costuras se deshacen por los lados, las plantas ceden en dos y las puntas se gastan con el paso. Mis huellas no son difíciles de distinguir de los demás. Solamente dejo medio pie atrás.

Las teorías son varias y amplias y cruzadas por años de andanza: bailarina de ballet en una vida pasada, querer parecer más alta, soñar con ser hada y haber reencarnado muy pronto, atada por los pies a otro espacio. Por mi lado, el ligero levitar siempre me ha dado la ventaja del silencio, andando tras bambalinas por el paso de gato. Si le preguntase a mis pies, no sé qué responderían. Nuestras conversaciones son vacuas y estrictamente cotidianas, otorgándoles la atención estética e higiénica necesaria, pero tan pronto se acaba la tarea, entran los calcetines. Y si ya de por sí parecen estar lejos desde donde se imagina uno –allá arriba, en el palco que ocupa la mirada–, la poca flexibilidad que me deja el caminar en puntas contribuye a que parezcan estar aun más fuera de mi alcance. Así que no hay diálogo.

“¡Baja los pies!”, oigo, y los bajo. Intentaron meterme miedos, diciendo que un día se me desgarraría el músculo de tenerlo contraído. Me pusieron terapias tradicionales con kinesiólogos –que muy puntualmente olvidé hacer–, y otras alternativas con caballos –solamente la segunda funcionó–, y un día dejé de andar en puntas y me apoyé en los metatarsos. Pero mi cabeza siempre se quedó en otra parte.

Me dijeron que llegué lento, sosegado. Que era extraña, en el sentido en que mi identidad se dibujaba como mi rostro redondo relleno de círculos concéntricos: cachetes y ojos y ni una media curva de sonrisa en respuesta a las caras graciosas de los adultos. Mi madre comenta la suerte que tuve de nacer de ella y nadie más, pues asumió que un día se me pasaría la impasible seriedad y comenzaría a reír como los demás. Entretanto, un día me metió dentro de mi cama y se ocupó de darme las buenas noches, para ser despedida con una confesión de mi favoritismo hacia ella entre todas las mamás, a lo que respondió, divertida, preguntando en relación a cuáles otras. No resulta difícil imaginar cómo su tersura se convirtió en desazón cuando fue contestada con la comparación de “todas mis mamás de otras vidas”.

Mi andar en puntitas pasó a ser la menor de mis extrañezas y quizá por ello no lo contemplo como un defecto; todo cobraría más sentido –personalmente, al menos– años después al ver los libros de Paulo Coelho y Deepak Chopra que aún reposan en los libreros del hogar con el nombre de mi papá en las primeras páginas. Así también fue regalo suyo que sea culpable de visitar tanto los horóscopos en las partes de atrás de las revistas domingueras como a la astróloga que me mostró mi carta natal en una comunidad ecológico-alternativa. Con la misma cara perdida de la mayoría de “preparatorianos" recién graduados, decidió darme de cumpleaños traducir mi personalidad con la posición de mis astros y planetas. Resulta ser, pues, que todo se trata de una gran contradicción, donde mi núcleo –el solar, Sagitario– es fuego y mi máscara –el ascendente, Capricornio– es tierra. Nací con la máscara bien puesta de una niña seria, fácilmente confundida con un ser bien plantado y terrenal, cuando dentro se desparramaba una hoguera. Las fogatas casuales no se apagan con agua –no vale malgastarla en carbones casi apagados–, sino con tierra seca. Mismos contrarios se encontrarían siempre: me ocupé diligentemente de olvidar la agenda de la escuela con todos los mensajes importantes para mis padres y, cuando intentaron tentarme con dinero para recordar llevarla, respondí que no podía aceptarlo porque era mi responsabilidad. Ética, salió la niña. Aterrizada para eso, al menos, pero nunca llevé la agenda.

Ahora la máscara me queda cada vez más pequeña, cada vez más afín al cambio, como el hecho de haber nacido con un pelo lacio como chuzo que un día se retorció hasta volverse los chinos que ahora me coronan. Sucedió alrededor del tiempo en que comencé a tocar el suelo con los talones, como si me creyese rayo y el encuentro entre cargas hubiese ensortijado mi cabello. Eso es lo que siento cuando entro en contacto: electricidad. Me sacude por todo el cuerpo y las sensaciones afloran, emociones más terrenales que los sentimientos que pintaban los sueños. Puedo continuar teorizando sobre las mil y un razones por las que camino en punta, pero siempre llego a la misma conclusión, donde la muestra dice que cualquier fricción con la realidad me saca de mi centro.

En mis talones expreso el desapego que pretendo tener. Cuando la tierra no alcanza, uno es intocable, tanto como detesto el rascar de las etiquetas en la ropa y las telas equivocadas me distraen todo el día. Es una impasibilidad que no poseo: incluso cuando quiero engañar a mis pies levantando los talones, siento las costuras de los calcetines debajo de los dedos. Siempre hay algo que devuelve, tan constante como la gravedad, y crecer hace que irse sea cada vez más difícil, como los árboles que necesitan de las raíces profundas y que con su altura casi piden que los sacuda un relámpago.

Habían días especiales en casa: mis padres iban de un lado a otro con velas, ordenándolas en el mantel morado estirado sobre la mesa del comedor, imagen que podía apreciar solamente propulsada por la altura ganada sobre las puntas. Sabíamos –mi hermana y yo– que, una vez que llegasen los invitados, debíamos subir al segundo piso de la casa para que comenzara el ritual. Cuando el propio hogar tenía ese aire de misticismo, no se puede evitar querer acceder al mismo un día: saber qué dicen las cartas. Pero al ser pequeña, tan indeterminada y flotante (y peor aún cuando casi ni se está presente), el tarot es un terreno que aún no se puede navegar. Y tomó que sintiera mis pies en la tierra para que la negativa insistente de los adultos se convirtiera en una puerta abierta que, ahora que el mundo es más tangible y los caminos se angostan, observo con más recelo de atravesar.

Pero como el mundo es redondo –así como mi rostro y mis ojos quisieron presagiar–, una vez que crucé el umbral, el mensaje fue el mismo: siempre intentar estar “por encima de las cosas”, preparada para correr, posicionada en la línea de salida. Mi cuerpo funcionaba como aquello que transporta a mi cabeza. Los comentarios infantiles sobre vidas pasadas claramente no combinaban con la visión católica, así que no fue sorpresa cuando dejé de ir a clases de religión y comencé a frecuentar la biblioteca. Resguardada tras los libreros en forma de casita de cuento vivía vicariamente la realidad a través de las historias, proyectadas en la mente que se conecta con las nubes y baja de vuelta, pero no desciende más allá del cuello, dándole sentido a la tan común frase de tener nudos en la garganta. Eso es lo que ocurre cuando no se dejan pasar las impresiones: todo se acumula y mi cabeza crece, se hincha de textos cabezones y de conocer autores cabezones y tratar temas cabezones, y me vuelvo cabezona yo también. Pero el relleno pesa y hasta los talones empiezan a ceder.

En su descenso, descubro un espacio oculto que quedó entre ellos y el suelo, donde guardaba todo aquello que quería suprimir, como los clósets bajo las escaleras llenos de retazos y recuerdos dignos de acumuladores. Mis muebles también se ven así: cajones llenos de papeles, escritorios atiborrados de dibujos a medio terminar, libros apilados para poder volverlos a consultar y libretas que pasaron de bolsas a mochilas a la mesa de noche, todos acaparados en los rincones de mi cuarto. Desde una perspectiva oriental, seguramente dirían que todo eso es un reflejo de mi interior: un alma atormentada por sus pensamientos o una colección de datos curiosos que junté en todas las horas escondida en la biblioteca.

Pero las columnas eventualmente ceden y se derraman sobre el suelo como semillas. Sus pequeños brotes hacen cosquillas en las plantas de mis pies y me hacen rebotar. A veces, las cabezas de mis acompañantes suben y bajan a mis lados cuando imitan mi propio paso –si es que llego a notarlo, pues su rebote se coordina con el mío y nos movemos al unísono, y solamente lo distingo cuando escucho el quejido por sus gemelos cansados–, y siempre río en sorpresa. Por un momento, sus huellas se parecen a las mías, el primer acercamiento táctil que puedo aguantar. No sé qué hacer con mis manos así que las poso sobre mis brazos; no sé que hacer con mis ojos así que espero que caigan en los suyos; no sé qué hacer conmigo misma, así que solo gravito alrededor de ellos, esperando la electricidad que precede al impacto.

“Baja los pies” terminó siendo un sinónimo de “extiéndete”, “siente”, “déjame entrar”. Tocar el suelo implica sentir el terreno y reconocer las formas, estar en sintonía con otros sentidos, permitir el tacto permear la mente e inundar los pensamientos. Y ahí es cuando comienzo a sentirlos, esparcidos en los espacios escondidos entre la dicotomía de mi mente y mis pies: ya están en todas partes. Todos aquellos que temí tocar ya echaron raíces porque yo también soy tierra.

De repente ya no puedo avanzar de la línea de salida. Los pies unen a todos lados, las manos funcionan como plantas escaladoras que se extienden por todas partes. Los nudos se desenvuelven y bajan por el esófago hasta el estómago, deshaciéndose en la combustión que la fogata seguía esperando y que ahora crece, al fin alimentada. Los opuestos que me habían profetizado –fuego y tierra– se entrelazan también en un ciclo redondo.

La máscara se desliza y ya no resulta tan difícil leerme. La madre de una amiga me preguntó mis signos de manera casual, en una comida después de un día de escuela. “Debes tener muchos cambios de humor”, comentó, y yo me sentí transparente como adolescente con una revista en la peluquería. Hasta sentí rencor con los astros por ponerme en el enfrentamiento fuego-tierra.

“Eres otoño”, me dijo alguien otro día, que explicaba la teoría de color para moda, la cual se despliega como paletas estacionales para representar las tonalidades que más combinan con aquellas pigmentaciones que diseñó la biología. “Colores cálidos y poco contraste entre cabello, ojos y piel”, explicó cuando me tomó como ejemplo, “y pecas”, agregó. Acto seguido describió todos los colores que benefician y resaltan mis matices naturales, y aquellos que los apagan, pero ya no recuerdo cuáles son. Me quedé en la idea de ser otoño, ya no contraria, sino terrosa y cálida, descendiendo en caída libre de vuelta a la tierra.

Quizá todas las teorías son ciertas. Puede ser que haya reencarnado muy rápido desde mi vida pasada como una bailarina de ballet, donde mi papel estrella fue de una hada con complejo de altura. Es probable que haya amado más el tras bambalinas que el escenario, o que haya coqueteado con ambos, como ahora mi caminar se ha transformado en un pseudo vals atolondrado: a veces con un talón en el suelo y el otro no, siempre rebotando. Mis músculos no se desgarraron, la tierra me reclama demasiado como para soltarme así al espacio.

Mi otra teoría pasa a ser una mucho más simple: correr en calcetines supone un gran riesgo como pequeña niña progresivamente acelerada, y andar en puntitas da más equilibrio. Pero incluso así, le encuentro un lugar en toda esta elucubración sobre adivinación, pies y ciclos, que ahora se me ocurre que quizá no vino de mi cabeza, sino de un lugar mucho más aterrizado: mis talones, que realmente andaban en altura para acercarse a mi mente y conversar. Puede ser que siempre hayan estado hablando y tan solo ahora haya aprendido a escuchar.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.