Si somos todos mestizos

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Si somos todos mestizos

En el 2011, al llegar a México, mi mamá tuvo que acudir a Miami por razones de trabajo. Debido a que éramos recién llegadas (habíamos aterrizado en febrero con mi hermana, y esto era en abril), decidió llevarnos con ella. Además, una amiga suya argentina, que nos había visitado varias veces ya con su bebé en Chile, vive allá. Así que nos embarcamos todas. Miami debe ser uno de los lugares más aburridos a los que he ido (puede ser que tenga que ver con mi ser de 14 años), y era la tercera vez que viajaba al extranjero (contando mi viaje a Buenos Aires a los cinco, del que no recuerdo ni pío, y el viaje sin vuelta a México), pero una de las cosas que más se me grabaron fue mientras estábamos sentadas en la playa y a unos pocos metros de mí reían un grupo de gringos. Escuchando mejor, imitaban un acento latino: “Jelou, ai am toquing laic a latino, ai dont nou shit abaut inglich”. Risas incontrolables. Mientras, me preguntaba si alguno de ellos sabía hablar español. No sabían.

Adelantamos más o menos una semana, y mi mamá tenía que ir a París de improviso. Tampoco nos quería dejar atrás –además de que recibimos nuestra mudanza en el intermedio de viajes–, así que nos embarcamos a Francia. Por el puesto que sostenía, no viajaba más de dos horas en turista, por lo que la pasaron a primerísima clase (no recuerdo cómo se llama la categoría, ni entiendo mucho cuántas hay, pero más o menos hace una idea), y nosotras –mi hermana y yo– nos fuimos en económico. Habíamos quedado que, al aterrizar, ella nos esperaría en la puerta para encontrarnos, así que con mi hermana tomamos nuestras cosas y nos encaminamos hacia la salida para encontrarnos a mi mamá con una francesa haciéndole preguntas. Mi madre se paraba en su característica postura cruzada de brazos, con una paciencia infinita. La francesa seguía atiborrándola de preguntas, cuestionando qué hacía en su país. No fue hasta que nos vio, sus dos hijas, que revisó en qué clase había viajado –quedamos que primerísima–, en qué compañía trabajaba –una agencia de medios francesa– y por qué había viajado a París –por motivo de LVMH–, que cambió su tono y se comenzó a dirigir a ella con respeto. Mi mamá tomó sus papeles y nos señaló la salida, paso certero y duro.

Recuerdo la confusión de la situación. Ella no habló más del incidente, más que decir “francesa culiada” –disculpar mi francés–, y seguir. Tomó sólo un momento de revisión para darme cuenta del motivo de la desconfianza: la piel de mi mamá.

Estas microagresiones suelen ser ignoradas, pasadas por alto. Después de todo, no le impidieron a mi madre llegar a donde está (aunque también lo atribuyo a ser una mujer de absoluto hierro y que ha trabajado como desalmada toda su vida), pero sí propagan los mismos prejuicios que se mantienen respecto al color de piel. Mi mamá es morena, el vestigio de herencia indígena. Sus ojos son oscuros; su cabello, grueso; su altura, 1,63 m. (justamente parte del problema es que quisiera hacer la descripción más poética, pero temo que suene exotizante). Mi papá es blanco como el papel (más bien rojo) y rubio como palo santo hecho ceniza, con ojos verdes casi grises y una altura que se acerca a la mitad de los unos ochenta –no estoy segura, el punto es que es alto–, como su ascendencia europea. Mi hermana y yo heredamos el fenotipo europeo en que ambas tenemos complexión blanca, ojos claros y redondos, y sobrepasamos el 1,70. Cuando nació mi hermana, una de las frases que escuchó en su cuarto de hospital fue “felicitaciones, le salió blanquita”.

A pesar de que estas anécdotas no se desarrollaran en México, muestran una cara del racismo general y las microagresiones constantes que lo conforman e impulsan (hablo de México, específicamente, dado que vivo aquí en este momento, pero puede ser extrapolado a otros lugares). No puedo decir tanto sobre racismo (el dominante) a un nivel personal porque, a primera vista, soy europea. Escribo este ensayo inevitablemente desde una posición privilegiada como extranjera de piel blanca, “de esas tierras lejanas del Cono Sur donde son más europeos”. Me han borrado mi identidad de latina a favor de llamarme “aria”. En sí, es una moneda de dos caras: me desprecian de una categoría con una herencia étnica común, pero me hacen caber en una que tiene, socialmente, un significado positivo. A esto se refiere como “racismo inverso” –conozco el debate respecto a si existe o no, pero lo creo un punto valioso para una sociedad como la latinoamericana, como mencionado en México racista, donde la identidad racial va más hacia el mestizaje, distinto a países "blancos"–. A pesar de que el impacto de este tipo de racismo no sea tan grave (dado que goza de privilegio) ni perpetuado por los medios, continúa siendo evidencia de la constante creación de un otro, de la constante clasificación de las personas. En el mito del mestizo, cualquiera que caiga fuera de este estándar se ve como un extraño. Pero la categoría de “mestizo” en sí es tan endeble que cualquiera está entrando y saliendo constantemente de ella. El “blanco” y el “prieto” son categorías móviles según quienes se encuentren el contexto. Siempre habrá uno más claro que será acuñado –por sí mismo, y por los demás– como el claro, noción con la que gana un privilegio. Pero es fácilmente destronado: en el momento en que entre alguien de tez más “límpida”, perdió su poder.

Hay una cuestión aspiracional de por medio. Múltiples veces he escuchado a gente decir “yo nací güerito, luego me oscurecí, pero era blanco”, intentando convencer que su color de piel no siempre ha tenido ese tono. Se aspira a haber obtenido rasgos más blancos en el bingo de la genética, lo que también se ve presente en un estudio donde niños deben asociar palabras con un muñeco moreno y uno blanco, atribuyéndole aquellos negativos al primero, y positivos al segundo. Hay una convicción aprendida de probar rastros de una raza de élite, por lo más pequeños que puedan ser. Esto es, según Federico Navarrete (autor de México racista), descrito como uno de los fantasmas del mestizaje.

En el mito del mestizo, hay varios puntos que abordar. En sí, es una afirmación que plaga a la identidad mexicana –nos referimos a ella específicamente en este texto, pero puede ser expandida a “latina”, con sus reservas–. Tiene tantos puntos conflictivos que generan, simultáneamente, un sentido de orgullo y autoagresión. Dentro del punto anterior mencionado, el mestizo se quiere alejar del indígena y aspira a acercarse cada vez más hacia el blanco. Pero es necesario comprender, en primera instancia, por qué se habla del “mito” del mestizo.

Basado en una unificación de la población, motivada por lograr un sentimiento conjunto de nacionalismo, se creó la idea de que había una mezcla común. Su función, contraria a la historia vendida de la necesidad de una identidad mexicana, era una agenda política y económica. La llegada de la modernización trajo la comunicación en el territorio nacional. Las carreteras, el telégrafo, el ferrocarril y la radio unificaron al país. Las consecuencias de esto fueron más allá de un desarrollo tecnológico y la imagen del progreso: hubo un impacto social y cultural que llegó hasta la propia imagen de la gente. Con un trasfondo ya cimentado de diferencias de casta desde la Conquista, ya existía una punzante diferenciación entre los habitantes. En una sociedad estratificada por siglos basada en el color de piel y ascendencia biológica, la modernidad propagó una homogeneización muy heterogénea. El indígena necesita ser “mestizado”, pero continúa siendo indígena. Dentro del libro, Navarrete menciona cinco tesis contra el mestizaje, con los que refuta la historia mal contada de la ascendencia del mexicano. Estas añaden al punto de que la clasificación del mestizo está completamente infundada, dado que hay pocos registros de mezclas con europeos durante finales del siglo XIX y principios del XX, producto de que no migraran tantos a México –como fue frecuente en Estados Unidos, Canadá y Sudamérica– y los que llegaron, se relacionaban entre ellos. Por lo tanto, la mezcla no fue tan amplia como se quiere creer. De hecho, también se señala que el grupo mestizo –desde el siglo XVI– fue mucho más reducido de lo que parece. Se cree que fue más amplio dado que serían los antepasados del mestizo actual, pero en sí eran un grupo que no crecería hasta el México independiente (donde no crecería tanto). Vale también decir que poco papel tenía el mestizo como identidad aparte, dado que este adoptaba la cultura de su madre o de su padre, según quien lo criara.

La modernidad armó una leyenda que le resultase beneficiosa. El mexicano debía ser liberal, laico y capitalista, debía hablar español –institucionalizado a la fuerza–, debía ser cosmopolita. Debía caber en un molde que no fue inventado aquí, sino que fue importado desde Europa y Estados Unidos, vistiendo la ropa del hombre moderno que, no obstante, era guadalupano y machista en el hogar. Este es el mestizo que evolucionó y se reforzó para llegar al mestizo del día de hoy. Se trata de una identidad que, más que una mezcla absoluta de razas, es más bien la adaptación de la herencia española. Se recuperó mucho más de los de allá que de los de acá, comenzando por la expansión del idioma español, el que era usado por las minorías de élite. La construcción del mestizo en sí está completamente disfrazada del racismo que conserva e impulsa. Pero, entonces, ¿cómo afecta esto a la sociedad actual?

El peligro del racismo en México es frecuentemente dado por alto. Se cree imposible dado que “todos somos mezclados”, entonces no se le adjudica realmente gravedad ni una noción de daño. ¿Cómo se puede discriminar a alguien que es “tan poco puro de sangre como uno”? Excepto que es algo constante y profundamente tejido en el discurso racial de la gente.

La creación de la clasificación del mexicano moderno llevó a algo más que ese personaje; obtuvo su antagónico. Para poder diferenciarse, necesita tener un otro del cual distinguirse. Este fue el indígena, la representación de lo que se quería alejar, mientras se acercaba más a la tradición del español. A través de los años, tal disparidad tomó vuelo para aterrizar en un México de profunda injusticia. Existe una ceguera general y una normalización de la violencia, y si nos detenemos a ver quiénes son los que están siendo desechados, encontramos a personas morenas, de bajos recursos y sin importancia para el discurso de la modernidad. Se quedaron fuera del molde. Son invisibles.

El mestizo actual ni siquiera prevalece siendo deseable, sino que se ha ido disminuyendo hasta convertirse en una excusa para justificar el privilegio de las élites blancas. Ahora es una conversación constante a la que no dan mucha importancia, pero que mantiene la dicotomía del orgullo y el odio hacia el propio color de piel. Se generan más “otredades” que nunca, incubando mayores clasificaciones y diferencias entre grupos sociales. Ha reforzado y perpetuado la discriminación en México, sumándose a las filas homófobas, sexistas y clasistas. Las tensiones entre las disparidades económicas y socioculturales han llevado a un estado de crisis donde gobierna la necropolítica y el desconocimiento de las propias víctimas. El color de piel y los rasgos llevan consigo un discurso preescrito en el inconsciente colectivo, donde conviven “naco” y “güero”, cada uno con el significado que le precede. Mientras que uno es la encarnación del peligro, el otro es la imagen de lo bueno y aspiracional.

La desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa son una prueba latente del punto al que ha llegado el discurso del racismo en México. No solamente por el acto de violencia cometido hacia a ellos, sino también de todos los demás que se han encontrado en el camino. En la busca de sus cuerpos, el gobierno encontró fosas comunes y celebró que no fuesen sus cadáveres quienes las llenaran, mientras algunos se preguntan: “¿Y ellos, quiénes eran?” Miles y miles de cuerpos se apilan como evidencia de injusticia, pero nadie los ve. Son cuerpos prescindibles. Se normaliza el crimen a la humanidad que se lleva a cabo sobre todo el país a diario. Basta con llamarlos “ladrones” para que su ataque y muerte sean justificables, porque su aspecto delata una supuesta naturaleza adjudicada a su color de piel y rasgos. Asumirlos como personas expondría al Estado como es: una entidad que le falló a su pueblo.

El racismo no es privado, es público. No hay leyes escritas que dicten que una persona deba ser juzgada de una manera u otra por su apariencia, pero sí las hay en el colectivo psicológico. Un Estado permisivo de muerte, crimen y violencia, el que es reforzado por la despreocupación de la gente, a favor de un privilegio lucrativo y las redes corruptas que dominan al país. El racismo es lo que ha permitido que exista, y por los sucesos de Ayotzinapa y por las 56 personas asesinadas por día en el 2016, tenemos más que suficiente evidencia de que es causa de masacre.

El Estado ha sido expuesto, el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes tiró la verdad histórica y puso otra verdad a la luz, y si no había evidencia de los obstáculos que se le ponen a estos organismos internacionales, lo hay hoy con Pegasus y #GobiernoEspía. Verdades duras en algún momento trajeron esperanza de una sociedad de justicia. Algo es claro: vivimos en una época de profunda crisis en todos los sentidos. Solamente a través de quitarnos los ropajes que nos entregó una sociedad confundida, dejando ir el mito de quienes somos, podemos escuchar lo que pasa realmente, y quizá entonces los gritos de quienes exigen ser oídos dejen de ser sofocados.

La imagen pertenece a Alex Webb.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.