Reventar refugios

No ficción

Reventar refugios

Siento las palabras doliendo a través de mi garganta cuando digo que se estima que dos de cada tres mujeres mexicanas han sufrido violencia sexual. Luego escucho las risas, persiguiendo a una voz que vocifera que no importa porque la mayoría son pobres. Una mujer dice que si has tenido muchas parejas sexuales mereces ser violada y el hombre que está a su lado -quien me saludó con la frase “vengo de golpear niñitas”- se muestra de
acuerdo.
Pienso en mis hermanas, en mis amigas, en las desconocidas de la calle y finalmente en las personas que están sentadas a mi alrededor escupiendo pendejadas. ¿Quiénes son estos últimos? Son el peligro del que quiero cuidar a todas las demás. Vengo a poner junto a la culpa sus caras. Aunque los argumentos no hayan servido nunca contra quien encuentra en la ignorancia una casa.
Se me ve la rabia porque la tengo. Y no es que sus comentarios se me metan en la piel… es que sus comentarios son contra lo que está dentro de ella: yo, mujer. El misógino viene torpe a defenderse, me pone la mano en el hombro y afina su voz hacia un tono grave forzado. Me dice que no lo malentienda, que para él todas somos unas princesas. Y no lo acepto. Porque yo de princesa no he tenido nunca nada y en mis juegos infantiles prefería ser el perro antes que usar una tiara. Yo no estoy esperando que él me salve… estoy salvándome de él.
Habla de caballerosidad y luego se burla de las que han sido penetradas contra su voluntad. Quiero reventar la boca que ríe de nuestro dolor y aún así elijo, en lugar de eso, reventarle el refugio que lo mantiene intocado a costa de que a nosotras nos toquen aunque no queramos.
Lo juzgo porque quiero, puedo y debo. Porque no es culpa de papi por mandarlo a una escuela violentamente retrógrada. Ni es culpa de mami por decirle que su deber es mantener hijos y mujer. Es su culpa. A los veintiséis, es su culpa. Basta ya de convertir las explicaciones en justificaciones: es su culpa.
Haré evidente, cada vez que me sea posible, la violencia en lo que dice. Le daré visibilidad a su misoginia, para que de ahí se siga una condena justa. “Yo sólo venía a divertirme y lo estás arruinando” me dice una mujer sentada al lado de él. Espero haberle arruinado también la absurda idea de que puede defenderlo sin ser cómplice de su mierda.
Alzar la voz siempre ha sido un riesgo. La latencia de la posible soledad. La probabilidad de ser indeseada. La seguridad de no ser bienvenido. Alzar la voz siempre ha sido necesario.
Hay que ser la presencia poco agradable cada vez que sus palabras atentan contra nosotras. Hay que reventar refugios, para que de las grietas brote consciencia. Y es que no hay derecho a navegar tranquilo en una bola de cristal si para flotar usa la sangre de las muertas.

Fotografía: ONU México

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.