Repartido, repetido, insoportable

No ficción

Repartido, repetido, insoportable

En el museo infantil había una cama de clavos en la que podías acostarte sin que doliera. Estaba hecha con muchas puntas afiladas de hierro que sostenían el peso de una persona sin perforar su carne. Si yo me hubiera acostado sobre un solo clavo, me habría hecho daño. Pero en esa cama no. Ahí daban una explicación de por qué un clavo solitario podía herirnos, pero al juntarlo con otros cientos de clavos se convertía en una cosa inofensiva.

Creo que me aprendí demasiado bien la explicación. Porque a veces cuando algo me duele, lo repito hasta la costumbre. Aunque la costumbre está muy lejos de tener propiedades sanadoras. Cuando el dolor se repite muchas veces, se parece a otra cosa. Se parece al sol que se presenta sin falta todas las mañanas. Y a las olas del mar que se mecen sin pausa en la orilla. Cuando el dolor aparece siempre, uno aprende a esperarlo como se espera lo inevitable. Y entonces mi cuerpo frente al espejo se prepara para el insulto y lo recibe de brazos abiertos. Y entonces yo, cuando veo venir la herida, no me aparto.

La resignación es la carne abierta que invita al cuchillo a pasar de nuevo. O al menos así se siente: como si el dolor al invadir mi cuerpo perdiera importancia, significara poco y no tuviera que ser expulsado. La resignación es el momento en el que le niego a mi madre que la vida está doliendo y finjo frente a mi padre que todo está bien. Porque las personas que hablan en la mesa de lo mismo todo el tiempo causan aburrimiento infinito en sus escuchas. Y el dolor, cuando no es novedoso, conmueve poco a los presentes.

No existe cuerpo sobre la faz de la tierra que no tolere cierto daño. Hay algo que se llama umbral de dolor: es el daño mínimo que se tiene que infligir a un cuerpo para que detecte que algo anda mal. A mí de pequeña me decían que lo tenía muy alto. El daño mínimo que necesitaba yo para querer huir, era en realidad un daño grande.

Mi umbral es la puerta de una habitación infinita. ¿Y qué importa si el cuerpo detecta tarde o temprano que algo anda mal, si los cuerpos habitados por el dolor pueden resignarse? ¿Y qué importa si fueron diez golpes los que hicieron falta para hacerme gritar, si al onceavo estuve dispuesta a quedarme quieta?

Pero yo no quiero, amor, ser la carne abierta que invita al cuchillo, ni hacer del daño costumbre o rendirme frente a él. Y ya no puedo, amor, ser la niña que pelea a puñetazos para que vean cuánto aguanta. No voy a esperar al dolor como al sol o a las olas, ni a fingir que la vida es una caricia perpetua. Podría, claro está, ver a la herida venir y no apartarme, detectarla tarde o no huir de ella nunca. Pero la resignación y la condena no son iguales. Y yo no me quedo porque no me da la gana.

Imagen de Lissy Laricchia

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.