Regeneración prodigiosa

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Regeneración prodigiosa

De nuevo me encontraba en la línea 9 del metro de la ciudad de México, esa que me lleva a casa de mi madre todas las tardes. El vagón contaba con pocas personas, íbamos más rápido de lo normal y todo funcionaba a la perfección, signos que le resultarían sospechosos a cualquier usuario de este transporte. También había un olor a humedad por todos lados y las paredes escurrían una sustancia viscosa, aunque francamente no le di mucha importancia. En dos estaciones llegaría a mi destino, tomé mi celular y vi el típico mensaje de UNONOTICIAS que decía lo siguiente:

“El genoma del axolotl, anfibio mexicano con 32 mil millones pares de bases de ADN, descubre más aquí.”

Me bajé en chabacano con la imagen alegre de un axolote dentro de mi cabeza. Con los mismos ojos negros y una mirada de niño, apareció una mujer que cargaba una bocina en su espalda. No entendí muy bien la transacción, sólo observé cómo se le acercaban varias personas. Intercambiaban lo que ella vendía por estos anfibios, todos de color anaranjado. Subiendo las escaleras para trasbordar hacía otra línea, un anciano con ojos blancos ofrecía cocadas a cambio de un axolotl. Otro sujeto, del que salían largas branquias azuladas desde su cuello, tenía su mochila llena de estas salamandras luego de haber vendido toda su mercancía.

Llegué a la línea azul para dirigirme hacia Bellas Artes. En el trayecto choqué con un niño al que le faltaba un brazo y que además, vendía mazapanes. Mi cuerpo percibió una ausencia, me disculpé y le compré un dulce por remordimiento.
Recibí el mazapán del medio brazo extendido por el niño. De éste salían unos pequeños dedos gelatinosos, en los que se transparentaban sus venas y arterias.

–Le cobro un axolotl por favor.

–¿De qué hablas? No tengo uno de esos, sólo traigo diez baros.

–Entonces déjelo así, se lo regalo. –¿Para qué quieres uno de esos?

–Los andamos buscando, son nuestros antiguos.

Tomé el vagón hacia Bellas Artes. La explicación del niño me dejó sin palabras. En Pino Suárez se subió otra persona que cambiaba audífonos por un axolotl de color negro. Ahí recibí otro mensaje de UNONOTICIAS, era de último minuto, con mucha más información de la normal y decía:

“La estructura dedicada a Ehécatl Quetzalcóatl en el corredor del metro Pino Suárez, está totalmente cubierta de ajolotes multicolor. Investigadores aseguran que se trata de un nuevo nacimiento gemelar de acuerdo a la mitología náhuatl, donde el dios Xólotl (hermano mellizo de Quetzalcóatl) se negó al sacrificio pero fue castigado con la muerte. ”

En la estación del zócalo un hombre ofrecía vendas deportivas por un axolotl blanco. Allende estaba infestado de personas con ajolotes colgando de su cuerpo. Algunos se comían entre sí para transformar sus extremidades en pencas espinosas. El corredor se llenó de pequeñas patas y colas que se retorcían. Otros anfibios se ponían en dos patas sobre la frente de sus huéspedes mientras levantaban cabeza, branquias y garras hacia el cielo.

Tras llegar a Bellas Artes cayó la noche y una lluvia que en cuestión de segundos, creó un pequeño lago en la parte hundida de aquel recinto. De pronto el agua me llegaba casi arriba de los tobillos, no era un aguacero, ni mucho menos había relámpagos, pero aquel flujo permitía que los vendedores se juntaran con sus antepasados. Ahí me di cuenta que el niño que me regaló el mazapán, ya no tenía medio brazo. Estaba casi restaurado con un resplandor morado, del que salían pequeñas plumas holográficas que rebotaban la luz del sol y la convertían en un ligera neblina multicolor. En un brazo la caja de mazapanes y en el otro, un arcoíris con venas.

Era ilógico que un animal destinado a la extinción, sea el origen de una plaga como los vendedores ambulantes. Personas que con un cruce de miradas te ofrecen desde material audiovisual, dispositivos anti-estrés, libros de autoayuda, hierbas, ropa y golosinas hasta instrumentos musicales, automóviles, prótesis, antidepresivos, bases de datos, armas, códigos de agencias gubernamentales, archivos del linaje masón en México y versículos coleccionables sobre Tenochtitlán.

Lo tienen todo a su alcance. Aunque estén obligados a correr amontonando su mercancía en caso de ser vistos por agentes policiacos, vuelven a tomar cualquier banqueta, esquina o avenida de la ciudad. Su supervivencia depende de cuánto ganen en la jornada, dejando a un lado la fianza por uso de suelo y la cuota por existir, pero se nutren de saberes, por esta razón no tienen el mismo destino fatídico de sus predecesores. Tal vez los no asalariados se traten de una versión mejorada y su relación con animales como las cucarachas o ratas se quede corta. Las palabras de aquel niño cobraban sentido poco a poco, los comerciantes iban a rendir tributo a sus ancestros. Les agradecerían por heredar una regeneración prodigiosa y por ser los suficientemente capaces para mejorarla. Ahora pueden aceptar la muerte, la transforman. No como el axolotl que prefirió huir del sacrificio.

Estos animales fueron los primeros habitantes del Centro Histórico cuando todavía era una laguna. Varias investigaciones han comprobado que al poner un órgano en la zona dañada del ajolote, ésta cambia de células. Pierden su identidad para crear una nueva garra y así sobrevivir. Aunque es irónico que se vean frágiles ante pesticidas y contaminación urbana. Hay toda una contradicción con estos anfibios.

Los comerciantes que día a día venden creándose nuevas apariencias, discursos y miradas, se forjaron de una inmunidad frente al impacto de cualquier bala. Su escudo está en vender, controlar y monitorear las armas que con descuido, otros usan sobre los herederos con branquias.

Algunos de ellos tienen una tendencia por crearse dibujos en la piel, agujeros en las orejas y usar pigmentos en el cabello. Esto los vuelve más identificables y en un proceso de maduración inconcluso, característica que también comparten con los ajolotes. Los anfibios alcanzan su etapa de reproducción sin ningún problema, no obstante, se encuentran en estado larvario toda su vida. Pero esto no significa una desventaja, más bien, hay un sentido de funcionalidad desde que nacen. Un vendedor ambulante está listo para ofrecer todo tipo de productos, maneja a su cliente desde la niñez. Se aprovechan de cualquier descuido natural o humano para crear oportunidades.

Ese día seguí caminando por la alameda. El agua me llegó hasta el pecho y fue ahí donde las personas salieron de sus autos. Sólo se apreciaban a varios ajolotes moviéndose en la profundidad. Los vendedores no perdieron el tiempo. Usaron las señales de transito que flotaban por sí solas, las juntaron y crearon un pequeño nido en el que uno se podía subir y ser llevado a su destino.

–No le puedo pagar el viaje, no tengo ajolotes

–No se preocupe joven, hoy les estamos rindiendo tributo. Le sale gratis

–¿De verdad?

–Si me rechaza, usted va a ser el amolado. El dinero mañana vuelve.

–Muchas gracias entonces

–¿A dónde lo llevo?

–Todo derecho, yo le voy diciendo.

El comerciante tomó aire y con ambas manos en aquel nido de plástico y metal, sumergió su cabeza, comenzó a patalear y avanzamos entre los arboles de la alameda. No era el único que gozaba de los productos y servicios de los vendedores, es más, a los policías les ofrecieron un equipo de buceo para trasladarse con facilidad, a varias personas les dieron impermeables y algunos brindaban libros terapéuticos para enfrentar la inundación, en caso de atravesar una fase de duelo. Ahí me di cuenta de la fragilidad de los comerciantes, están destinados a proveer y a no salir de su condición como marginales. Tal vez aprovechan esta situación y huyen de la muerte, como su ancestro que tras darse cuenta que debía de ser sacrificado para amplificar el poder del sol y de la luna, salió corriendo para convertirse primero en un maguey doble (mexólotl) y luego en un pez, ese mismo que se te queda mirando y te hipnotiza pero que al mismo tiempo, le es difícil sobrevivir. Ambos personajes están en una eterna competencia, ciclos que no terminan y ecuaciones que se reestructuran todo el tiempo pero en las que definitivamente nosotros, los menos empáticos y menos informados, salimos sobrando.


– Moisés Montiel

Autor de la imagen desconocido.