Reencuentros fugaces

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Reencuentros fugaces

De pronto llega esa sensación de extrañeza, lo cubre todo con su tinta singular. Hay días en los que me levanto y ahí está, en las esquinas de mi cuerpo; un deslave, un sentimiento que no busco comprender pero que se inmiscuye en cada grieta, en cada fragmento de piel ácuea. Me despierta. Hay noches en las que insomne escribo y de pronto lo siento, aquel deslice suave que me hidrata cuando escucho los pasos de mi papá sobre el ébano, la voz acariciante de mi hermana como una seda en el oído, el verdor en la mirada de mi abuela; todo se entremezcla en alquimias ilegibles, un sentimiento no de perdición, sino de absoluta tranquilidad que renueva en su gesto la luz y la oscuridad. A través de los años he aprendido que aquella vibración peculiar, ese goteo efímero, se traduce como una memoria; un destello que busca hacerse presente en cada resquicio, cada aroma efervescente que se dilata en la opacidad del aire. A ese sentimiento que a veces se torna lúgubre y desciende, a esa sonrisa que de a ratos se asoma como una pausa en el tiempo, a ese sonido tan particular que desnuda el sentido, lo reconozco como algo que he presenciado en el pasado y que regresa. Regresa cuando menos lo espero: pasos que palpitan fugaces hacia el reencuentro, la calidez, el hogar en el recuerdo.

A veces, cuando llueve me gusta contemplar el cielo a través de mi ventana, cómo es que de pronto se contrae o se dilata sin aviso. Desde pequeña he tenido una preferencia por la lluvia, nunca he sabido bien la razón, pero encuentro en ella paz. El ojo de nube, la humedad acalambrada, el hito arremolinado de la lluvia sobre la tierra empapada, me hace recordar que habito no un lugar físico, sino la fugacidad del instante. Me siento fugaz, regreso de pronto a esos momentos de mi infancia en los que me sentaba en mi cama a observar las gotas derramarse sobre mi ventana. Se escapa esa niña, me escapo. Observo la lluvia. El hogar no es algo físico, es algo que se asienta en el pecho, en las extremidades, y que nos toca como si fuésemos una cuerda más en la armonía del espacio.

Me gustaba delinear el surco que las gotas iban trazando en el cristal, sentía que una satisfacción peculiar como si yo me convirtiera en agua y mi cuerpo fuese tan liviano. Llueve, lluevo yo, y con cada trago de bruma que respiro me disuelvo en el aliento tenue de la infinidad. Me encanta ver la lluvia, escuchar los golpeteos del agua sobre las plantas, pero sobre todas las cosas, la fragancia etérea que se desprende como espectro de los pinos. Habito ese olor delicioso tanto como lo habité cuando era niña, habito la frescura del té mientras se resbala en mis labios, la espuma de un mar oculto en la mirada, el hálito de la lluvia enroscándose en la sal de mi boca. Saboreo ese olor a humedad. Vuelo, y mientras las gotas se deshacen en la elegancia del silencio, esa niña me toma de la mano, me convierto en aleteo.

Ahí está mi hogar, en la memoria que llueve y la marea que se arrincona en la arena de mi alma. Aleteo. Viene, va. El hogar es algo inconstante que de pronto se aparece en aquello que menos esperé, pero creo que ahí está todo: en esperar ser buscado y no buscar, en aprender a ser habitado y no sólo habitar. Hogar. Suspiro con ahínco y escucho la llovizna coagularse en la densidad remota del aire. Entonces en su premura llega el sentimiento a encender algo en mí tan familiar. Lo comprendo hoy tanto como ayer, el hogar no está sólo en los recuerdos o en el cuerpo, sino en lugares que nunca he visitado, pero que siento resonando dentro de mi pecho: una sensación extraña de regresar a ser esa niña, un reencuentro fugaz.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.