Reencuentro con mi cuerpo

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Reencuentro con mi cuerpo

La última vez que me sentí cómoda con mi cuerpo fue, quizá, a los doce años. Un día me miré al espejo y me separé de él. Me abandoné.

Creo que comenzó con el cambio a la pubertad. Mi paso a la adolescencia fue más tardío que el del resto de mis compañeras, y haberlo pasado en un colegio de mujeres somete a un escrutinio un poco más agudo que en otros ambientes. El cambio de uniforme en los camarines pasa a ser una forma de exposición, en donde me escondía para que no pudieran ver si ya estaba creciendo o no. Recuerdo una escena muy clara: sentada en el pasillo del colegio con las piernas estiradas. Llevaba calcetas largas y la falda del uniforme, pero no tenía medias puestas. Una amiga se sentó junto a mí, miró mis piernas y comentó, “creo que ya es tiempo que te depiles, ¿no crees?” De repente, mi cuerpo tomó distancia de mí. Me sentí vulnerable y avergonzada. De ahí en adelante, nunca fue fácil.

No soy la única; de hecho, todo lo contrario. Crecemos viendo a mujeres mirándose en el espejo y jamás encontrándose suficiente. Y nos empezamos a preguntar si nosotras somos suficiente.

De pequeña era silenciosa y tímida. De alguna manera, aprendí que mi valor recaía en mi inteligencia, y viví de esa manera toda mi infancia. Mi cuerpo no era una pregunta que cruzara mi mente, solo era. Lo disfrutaba cuando corría, hacía voleibol o atletismo y cuando bailaba. Éramos uno, y ahora cuando miro atrás me pregunto: ¿cuándo nos antagonizamos tanto?

La pubertad marcó un antes y un después. Mi cuerpo no solo era antes mi cómplice, sino que no era algo separado de mí. No era ajeno. Y de repente empecé a avergonzarme del paquete en que venía. Así lo veía, como algo externo y superficial. Me agarré de lo que tenía certero, mi inteligencia, y por alguna razón decidí que cuerpo y mente no eran compatibles. Me enorgullecía de estar sobre la superficialidad de la cosmética y el cuidado personal. Armé mi casa en mi cabeza y usé mi cráneo como paredes. Comencé a evitar las fotos y dejé de tocar mi piel. No quería reconocer mi cuerpo. Tenía mi mente, lo otro era un móvil.

Lo difícil fue cuando mi mente me traicionó también. Cuatro años después, tenía ataques de pánico y constante ansiedad. No podía enfocarme en clases, y no tenía voluntad para estudiar. Por el día dormía y por la noche me desvelaba, ahogada en pensamientos. A veces miraba a la gente y simplemente no podía escucharlos. Una pared nos separaba. Y mi mente me traicionó, porque la inteligencia que había llevado mi honor por años se desvanecía y se me escapaba. De repente, ya no tenía valor en absoluto. Para mí, no era nadie.

Hoy tengo veinte años, y me empiezo a sentir más entera. Un día decidí dejar la gaseosa, primero, por no estar de acuerdo con las compañías. Otro día decidí dejar la carne, porque nunca había sido fanática de ella. Y un día decidí que no podía vivir hinchada y avergonzada de mi cuerpo. Decidí traerlo a mi bando, porque para él yo siempre he estado en el suyo. Comenzamos a separarnos de nuestro físico para pensar que nos traiciona, pero siempre nos quiso. Hace dos semanas me caí y me raspé las rodillas, y hoy las miro sanas por el esfuerzo que hace mi cuerpo por sanarme, y eso me genera una gran ternura y simpatía. No fue fácil llegar aquí, y no creo que haya terminado el viaje, pero hoy confío más en mi cuerpo. A través de él, me aprendí a querer. Comencé a observar a mujeres brillantes e increíblemente capaces que se ponían crema para dormir. Crema, algo tan simple. Y las imité. Y con un acto tan pequeño, me reencontré. Volví a tocar mi piel. Me reconocí.

Hoy vivo en mi bando. Confío en mi mente y en mi cuerpo, y los hago un equipo. Sí, sigo sufriendo de ansiedad día a día, y no siempre me siento en mi piel, pero ahora reconozco mis patrones e intento salir del ciclo. Como solamente cosas que sé que me nutren, y busco maneras de desarrollarme física e intelectualmente. No es una o la otra.
Espero que, con los movimientos existentes, sea más fácil crecer para las niñas de hoy y del futuro. Espero que aprendan que su cuerpo es hermoso y poderoso, y que su mente es brillante y gentil. Espero que sepan que no son perfectas pero están completas. Y espero que crezcan y sepan que pueden ocupar espacio, que se estiren a todo lo que sus brazos dan. Ciertamente estoy esperando llegar allá.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.