Reconciliación

No ficción

Reconciliación

A veces cuento los pliegues que se forman en mi abdomen, cambio de postura, los vuelvo a contar. Busco la posición que mejor los esconda. Los mido, calculo con mis manos su grosor, pienso en la foto que me tomé a los diecisiete frente al espejo, donde no se alcanza a ver ninguno. A veces froto sobre las estrías las yemas de mis dedos para confirmar que no se borran con el roce. Miro fijamente la celulitis y pienso que parece que debajo de mi piel está la carne de una fruta cítrica, una pulpa irregular con partes hundidas.

Me enseñaron trucos para que mis piernas ocupen menos espacio, entonces cuando me siento mantengo los pies en punta sobre el suelo de tal modo que no se desparraman sobre el asiento. Me enseñaron a usar pantalones de tiro alto, para tapar la franja de grasa un poco más gruesa que rodea lo más bajo de mi torso. Me enseñaron a separar los brazos de mis costados para verme más delgada. Me enseñaron a vivir en un eterno intento de encogerme, hacerme más pequeña, ser flaca.

Hay una fotografía vieja en la que aparezco yo, en la playa, como a los siete años. Debe ser la escena triste más repetida en la historia de las niñas: la barriga hacia adentro, las costillas marcadas gracias a un par de pulmones desinflados y los ojos saltones por aguantar la respiración. Podría apostar a que casi todas estuvimos alguna vez frente a una cámara y alguien nos dijo mete la panza. He de confesar que aún repito el gesto, pero ahora trato de que no se note.

Creo pocas cosas y una de ellas es que el amor no se escapa, lo perdemos. Y debe haber sido más o menos cuando me tomaron esa fotografía, el momento en el que empecé a extraviar el amor que me tenía a mí. Hoy, a mis veintitrés, entiendo que, si bien el amor siempre puede ser hallado, esta ha sido y sigue siendo la búsqueda más desgastante de mi vida. Porque aún tengo que escarbar entre mis ideas para encontrar palabras un poco menos crueles que pueda decirme frente al espejo. Y a veces no me creo cuando me digo que me quiero.

Hace un par de días observaba la celulitis y pensaba son hoyos. Estoy llena de hoyos. Tuve que detenerme a mirarla de cerca para finalmente decir: no son hoyos, son hoyuelos, como los de las sonrisas, porque yo sonrío con toda la piel. Luego desplacé la vista hasta las estrías y susurré no son surcos, son caminos que apuntan hacia mi ombligo, que me recuerdan mi centro, que me señalan a mí. Acabé con los ojos puestos en todo mi cuerpo, y es doloroso enunciar el tiempo que me tomó (años, hablo de años) dar cuenta de que los hoyos, hoyuelos, surcos y caminos soy yo. Y no es necesario ser nada distinto a yo para mirarme con cariño. Porque yo basto.

Imagen de amandina.catrala

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.