Quizás yo nunca aborte, pero aborta tú si lo necesitas

No ficcióncrítica

Quizás yo nunca aborte, pero aborta tú si lo necesitas

El otro día ví en Instagram la transmisión en vivo de una entrevista a la escritora y columnista chilena Arelis Uribe. Uribe es autora del libro de cuentos Quiltras (muy bueno) y acaba de publicar Que Explote Todo recopilación de sus mejores columnas, las que tratan y defienden temas como el feminismo, la lucha de clases e ideas de izquierdas.

Alcancé a ver justo un momento en que la autora confesaba que uno de sus miedos era algo así como que el feminismo, al adquirir poder, se transformara en una suerte de hegemonía que termine dictando a la sociedad, es decir, que se transforme en aquello mismo que está intentando combatir, aquello que critica. Lo dice ella, que en sus columnas defiende de manera perfecta el feminismo, que alza la bandera de éste, que aboga por los que han sido aplastados por el sistema. Lo dice ella y gracias a su capacidad crítica y de análisis es fácil entenderle. No recuerdo sus palabras exactas, pero si que fueron perfectas para condensar algo que estaba pensando hace tiempo. Porque, cuando luchas contra un monstruo, ¿cómo haces para no convertirte en un monstruo también? ¿Existe un límite en tu discurso? ¿un punto donde se tuerce y se vuelve sobre ti?

En estos tiempos en que nos gusta hablar tanto de lo políticamente correcto, y se discute y condena lo que “está mal” y lo que “está bien”, que nos gusta que las cosas sean o blancas o negras, me parece que nos estamos acercando a un territorio peligroso. Porque siempre está la amenaza de la inconsecuencia, esperando en la oscuridad por su momento para salir y lucirse. Porque, cuando proclamas la verdad absoluta, ésta parece quedarse pequeña e inestable. Porque, en mi opinión, uno de los mayores problemas actuales es la ambición, la ambición de creer que tu manera de pensar es la única correcta, la ambición se exigirle al resto pensar y ser exactamente igual a ti. Y, en estos tiempos en los que tenemos una facilidad prácticamente ilimitada para opinar y compartir nuestra opinión, creo que tendemos a hundirnos y obsesionarnos con nosotros mismos. Es que qué bien se siente cuando te retwitean en twitter. O cuando le ponen me gusta al estado que escribiste en Facebook. Te hace sentir importante, dueño de una verdad absoluta. Una gran mente del siglo XXI. Entonces, entusiasmado por esto, te metes en estas eternas peleas en las redes sociales, peleas en las que te importa más soltar y lucir tu discurso que realmente escuchar lo que el otro tenga que decir. (“lo que el otro”, divertida asignación para lo nos resulta diferente, desconocido, lo deshumanizado por la distancia virtual).

Esta ambición y complejo de superioridad moral la podemos ver en muchas partes. Todos podemos contagiarnos de esta, basta tan solo un poco de descuido. Por ejemplo, lo que pasó hace un par de semanas en medio de la aprobación de las tres causales de aborto (wiiiiii). Generalmente, cuando se trata el tema del aborto, hay cierto grupo que se le opone con una pasión que me parece extrañas. Sus argumentos la mayor parte del tiempo se sostienen en creencias religiosas, certeza de que la vida comienza efectivamente en el momento de la fecundación, y otras cosas por el estilo. Y está bien, estas personas pueden creer realmente en aquello, no se los quito. Pueden creerlo con firmeza, sentirlo como su verdad. Y seguramente las mujeres que piensan así jamás vayan a abortar, y hay que respetárselo. El problema parte cuando pretenden exigirle al resto compartir estas creencias. Cuando quieren que un país entero actúe según su voluntad. Porque, ¿quién te crees que eres para imponer lo que piensas? ¿quién te crees que eres para tener influencia en la vida de personas que probablemente nunca te cruces? ¿Quién te crees que eres para imponer ideas católicas a gente no creyente, gente que jamás entenderá tu postura y a la que nunca podrás entender tu tampoco? ¿obligar a una mujer a tener al hijo de su violador porque a ti te parece lo correcto? ¿Obligar a la gente a tener hijos que después no podrán entrar a tus colegios porque estos solo aceptan niños de papás casados? ¿Hijos que estarán obligados a vivir en un país de mierda en el que los que lucharon para que nacieran ahora les dan la espalda?

Esto va más allá de que se apruebe el aborto o no, es sobre la ambición de algunos de creer tener el derecho de afectar la vida del resto, que su voluntad condicione al resto.
Al imponer su discurso como verdad absoluta, este se quiebra, se vuelve débil. Cuando tratan de imponérnoslo a la fuerza, descubrimos sus falencias e inconsecuencias.
Nadie les pide cambiar de opinión, pero si aceptar que no todo el mundo va a tener la misma.

En inglés, se le dice pro-choice a los que defienden el derecho a abortar, y creo que deberíamos usar ese término también en español. A favor de la elección. A favor de la elección de cada persona, cualquiera que sea. A favor de decisiones que quizás no entendamos o compartamos, pero que deberíamos respetar de todos modos.
Quizás yo nunca aborte, pero aborta tú si lo necesitas, porque es tu vida y mi manera de pensar no tendría que tener ninguna influencia en ella. Porque es tu vida y tu historia y nadie las ha vivido excepto tu.

Ahora bien, como mencioné antes, está actitud también puede provenir de otras posturas. Que lance la primera piedra al que nunca se le haya salido un “facho culiado” al ver actitudes que no compartes. Claro, a veces tenemos la razón, cuando derechos se están pasando a llevar (como el mismo caso del aborto), pero a veces abusamos del término. Cuando alguien se viste de cierta manera, piensa de cierta manera, estudia en cierta universidad o su familia es así. Claro, hay veces que realmente hay que pelear. Hay veces (muchas) que se pasa a llevar a millones de personas que no tienen voz. Pero a veces, al abogar por estas causas, también nosotros terminamos situándonos en un pedestal de superioridad moral.

Acusar a alguien de ser facista se nos da tremendamente fácil, y aquella palabra sale de nuestra boca sin que la meditemos demasiado. Pero, ¿qué es ser facista realmente? Pensar que tu manera de ser es la única válida. ¿Acaso no estamos cayendo en el mismo juego de los que criticamos cuando dictamos ciertas reglas de como la gente deberíamos ser? ¿Cuándo no perdonamos aquello que no es de nuestro gusto? ¿No estamos haciendo quizás algo parecido a lo que hacen las señoras pro vida? ¿No estamos actuando mirarnos de manera crítica a nosotros primero? ¿No estamos haciendo aquello mismo que Arelis Uribe dijo que temía?

Yo creo que el problema de seguir una ideología es cuando dejas que esta te nuble la vista, seguirla ciegamente sin capacidad de críticar de razonar. Apoyo a la izquierda, pero creo que no debemos temer criticarla cuando algo no nos parece bien, no deberíamos temer a la posibilidad de quedar como mal o falso seguidor, así es como las cosas evolucionan. Y, mientras no le hagan daño al resto y sus decisiones solo les afecten a ellos mismos (cosa que no siempre pasa y que sí que hay que cambiar) no le veo nada de malo dejarlos ser como ellos quieren ser.

Escribo esto con miedo y dudando sobre si debería publicarlo en Las Paltas o no, porque probablemente los justicieros sociales (grupo al que me gustaría creer que formo parte) u otras gentes de las que me importa su opinión me acusen de no ser lo suficientemente buena, de ser amarilla, facha etc. Porque sé y conozco la falta de tolerancia en los discursos, en la poca voluntad de escuchar algo diferente. Entonces me detengo y me doy cuenta que si eso ocurre, se comprobaría todo el punto que estoy intentando defender aquí.

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé