QUÉ BELLOS SON TUS SENOS DE HOMBRE

No ficciónColaboraciones

QUÉ BELLOS SON TUS SENOS DE HOMBRE

Desde pequeño siempre fui medio joto.

Mi primer beso fue con un compañerito en la primaria.
Estábamos platicando sobre los Power Rangers, solos, en la alberca de su casa con el calor de semana santa, sin una nube lejana saludando.

Habríamos tenido unos siete años y yo estaba insistente —y en el error— con que el verde se llama Toby, hasta que por terco me calló con un beso. Así, sin más. Un pequeño piquito en la punta de mis labios. Un beso robado que me arrancó de la tierra y palideció mi inocencia, hasta que el palpar del sol en mi carne dominó mis pensamientos. Por un momento fui el alborotado océano índico y al siguiente fui la Laguna de Términos, taciturna, comedida.

Hasta la fecha tengo contacto con él. Curiosamente creció a ser un adicto, por momentos bastante agresivo, yo sigo creyendo que igual y es por haber reprimido una posible homosexualidad. A pesar de todo esto, es de mis amigos más cercanos. El tema nunca salió ni ha salido a la mesa y ni lo hará.

Les vengo a contar secretos que creía llevaría a la tumba.

Un año después estábamos en el mismo escenario, pero con muchos más niños alrededor. Notaba puros pechos planos. Hasta en los niños gordos, todos tenían el pecho plano, menos yo. Yo tenía dos pequeñas, llamémosle, protuberancias o piquetes de mosquito. En seguida me puse la playera y le pedí a mi mamá que me llevara a la casa. Bastaron un poco de búsquedas para autodiagnosticarme una enfermedad y tener una noción ligera sobre como funciona el cuerpo humano.

Pues resulta que a Dios, por querer culpar a alguien antes de aceptar que la simple existencia a veces puede ser horrible, se le ocurrió joderse particularmente al 3% de los hombres en el mundo dándoles tetas del tamaño perfecto como para que Facebook decida censurar tu viaje a la playa. Se llama ginecomastia.

Se me hubiera caído el pito de paso.

Perdón, resumo: naces, creces, te crecen, te bullean, te quieres morir, intentas reproducirte sin esa parte horrible de tener hijos y, ahora sí, mueres; si tienes suerte, no en vida.

Creces y la inseguridad siempre pellizcándote. La envidia y la admiración son un medio excitable, que dependiendo de lo que estás volteando a ver es lo que sentirás. Yo envidio algo que siento que está a mi alcance, como las niñas que son las que deberían de estar creciendo esto, no yo. Admiro a los niños que no tienen que pasar por esto, por tener pechos tan bonitos, que tenían más músculo o hueso marcado. Creciendo en una isla, era inevitable ver gente sin playera todo el tiempo, el “No me gusta meterme al mar” se transformó en “No me gusta ir a la playa” y claro que me encantaba estar ahí, pero mi cuerpo me privaba de disfrutar, me orillaba a hacer las cosas solo, a estar, literal y figurativamente, de brazos cruzados.

Los otros niños comenzaban a notar que tenía tetas y no podían parar de joder. Unos sólo con preguntas, otros de forma más violenta. Alguna vez un niño trató de quitarme la camisa y yo me resistí, él, siendo mayor, me ganó en fuerza y me sometió, me la quitó y procedió a golpear mi espalda con un cinturón.

Dónde está mi religión que a mi también me torturaron por ignorancia ajena; me siento más grande que Jesús, porque a diferencia de él, mi Poncio Pilatos es a la fecha otro de mis mejores amigos.

Ya no había manera humana después de esto en la que quisiera quitarme la camisa y ni siquiera por las marcas de los golpes, sino por las tetas que lo ocasionaron.

Me negaba a creer que tenía una enfermedad que sólo afectaba a un pequeño grupo de pobres perdedores, así que me subía a mi pequeño trampolín de excusas para saltar a conclusiones pendejas.

Mi favorita era que seguro se hincharon de tantas veces que me los pellizcaron preguntándome marcas de cigarros, un clásico en el manual del bully. Mis idas a la tiendita constaban de comprar cualquier artículo por más innecesario que fuese con tal de ver el aura de cigarros que rodeaba al cajero. Raleigh, Dunhill, Marlboro, Camel, Lucky, siempre me pedían que recitara cinco marcas mientras unos me agarraban de los brazos y otros prensaban mi pecho. Igual y de tanto pensarlas empecé a fumar tan temprano.

Los apodos empezaron a tomar más fuerza que la violencia física. Aquel que haya dicho esa estupidez de “Sticks and stones may break my bones(…)” que venga y le parto su madre a puro aliento.

Cuando Killer Pollo estaba en su auge, el sketch de “Las Aventuras de Chicho: El Niño Con Senos” fue el mejor momento en la vida de mis bullies que incluso me cantaban la canción, más que nada lo hacían cuando ellos estaban en el segundo piso y yo no podía verlos, reproduciendo escrupulosamente lo que sonaba en mi cabeza cuando pensaba en mí mismo.

Anyway, el despertar sexual.

Siempre tuve más tetas que todas las niñas que me gustaron. A la primera que le confesé mi pequeño amor pre adolescente se rió, me dijo “qué horror” y al par de meses murió —una trágica historia para contar en otro momento— y este es el hincapié a un fracaso rotundo de pubertad.

Es curioso como podía sostener un lápiz entre el chichero pero nunca la mirada por más de seis segundos. Lo tenía contado, siempre volteaba abajo porque pensaba que mis pezones estaban parados y luego me jalaba la playera.*

*Es más, un gran ejercicio es voltear a ver a las personas y saber cual inseguras son dependiendo de que tanto se intenten despegar la camisa del cuerpo en un periodo de 30 minutos. Van a notar que hay mucha gente haciéndolo muy constantemente, probablemente sean exgordos, si no es que siguen ejerciendo.

A pesar de todo esto, tuve amigos. Amigos muy cercanos. Amigos que me enseñaron que existir no es tan horrendo como pensaba. Amigos con hermanos mayores que te cuentan las cosas que te cuentan los que crecieron viendo toda esta ola MTV de Jackass y American Pie. Que hay fotos de Vanessa Hudgens desnuda, que hay que imprimirla y cada quien se la lleva dos días a su casa.

Yo soy el mayor en mi casa. Con mis padres separados, era el único hombre ahí. Claro que no iba a preguntarle a mi mamá cómo carajo uno se pega una puñeta, mi papá me hubiera dado un zape, reído y hubiera seguido haciendo lo que sea que hacía. Sin familiares de confianza cerca, me acerqué al hermano mayor de mi mejor amigo. Cuenta la leyenda que este personaje alguna vez se masturbó dentro del salón durante la clase de inglés. Claro que él sabe qué pedo. Me contó trucos y mañas. Unas simples como: “Si te sientas sobre tu mano, esperas a que se duerma y lo haces, vas a sentir como si alguien más te lo estuviera haciendo” a otras más elaboradas que no quiero explicar a fondo pero involucran carne cruda y garrafones.

De lo que más hablaban los niños eran chichis, era lo que siempre querían ver y de lo que siempre tenían fotos. Les encantaba la mamá de Stifler. A mí me gustaban un poco más como Agyness Deyn. Me gustaba poder envidiarla, no por su físico, sino por la idea de que teníamos los roles invertidos. Ella podía ser feliz siendo plana, ¿por qué yo no podía serlo con tetas?

Digo, tampoco iba a decirle esto a mis amigos, qué oso.

Amar a alguien más sí es un tímido silencio, lo que Novo nunca me dijo era que amarse a uno mismo es un grito agudo, desmesurado e inquietante en lo más íntimo de mi cabeza.

Es muy difícil querer a nuestro cuerpo sin primero querer cambiarlo, más que nada por ser una lucha privada. No sé si sea justo decir que esto es compartirles mi experiencia. Una experiencia sería algo que fue una parte de mi vida y no algo que cargo (ja) conmigo siempre.

Por Rafael Rashid Kalife