¿puede existir el amor en los tiempos de internet?

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¿puede existir el amor en los tiempos de internet?

Ya no me gusta hablar por teléfono. Me acostumbré tanto a la comodidad de los mensajes de textos y de las conversaciones en whatsapp, que la perspectiva de llamar a alguien me pone nerviosa. El otro día, cuando comenté aquello, alguien me respondió que le pasaba lo mismo, y que era porque, al hablar por teléfono, no existe gran filtro o edición. Tienes que pensar, responder y reaccionar inmediatamente y de forma directa. La otra persona se dará cuenta cuando titubeas, cuando no sabes qué decir, cuando algo que dijo te molestó, cuando algo que dijo te dolió. Llamar por teléfono te expone más de lo que nos hemos acostumbrado. Comparada con los otros medios para comunicarse, las llamadas parecen menos seguras, más riesgosas.
Es que, en estos tiempos de redes sociales y tecnología, nos hemos acostumbrado crear a nuestro antojo el yo que queremos ser y que queremos que el resto vea. Estamos acostumbrados a mostrar esta versión idealizada de nosotros mismos, una edita, pensada y compuesta. Estoicos, intocables, inmutables. Nos da miedo exponernos de verdad. Nos da miedo nuestra propia vulnerabilidad. Nos da miedo entregarnos.
Entonces a veces sientes como si estuvieras cumpliendo un papel, y estás muy pendiente de él.. Como dije aquí en un post anterior sobre la identidad y las redes sociales, nos convertimos en espectadores de nosotros mismos.

Y, en una sociedad donde todos están obsesionados con el sonido de su propia voz, ¿cómo es posible llegar a escuchar realmente al otro? ¿Cómo es posible ver a alguien de verdad? ¿Amarlo de verdad?

El filósofo y semiólogo francés Roland Barthes publicó en 1977 Fragmentos de un Discurso Amoroso, ensayo que estudia la relación entre el lenguaje y los sentimientos de amor. Barthes comienza el libro diciendo que; “el discurso amoroso hoy es de una extrema soledad”. Una manera simple y rápida de resumir todo el asunto creo yo. Según Barthes, el discurso amoroso no es dialectico, no es la interacción de dos participantes, sino más bien consiste en dos monólogos internos. Es que existe siempre una distancia entre los amantes, la distancia que conlleva la naturaleza del lenguaje, de la subjetividad. Los amantes siempre tendrán problemas de comunicación. Entonces es un discurso de soledad porque consiste en un dialogo contigo mismo, con tus ideas sobre el otro, lo que quieres que sea el otro. El objeto amado no participa realmente. El amor según Barthes es más bien una evocación. Además, sumándole al problema, si es que ya existe una gran cantidad de información que no se dice, según Barthes lo que se dice tampoco es suficiente. Postula que el discurso amoroso se ha remplazado por una simulación, por una fórmula que se repite tanto que los signos pierden significado. Decimos “te amo” imitando cierto modelo que proponen lo que las relaciones amorosas deberían ser, y no nos cuestionamos demasiado lo que hay detrás de aquel refrán, “te amo”. Entonces se espera una respuesta que vaya acorde a la formula, yo no, yo también, etc, nuevamente limitadas por el modelo. Según Barthes, todo se podría resumir en una suerte de perfomance del acto de amar, la cual repetimos sin expresar realmente lo que sentimos o pensamos.

Ahora bien, toda esta problemática fue planteada en los años setenta, pero aun así podemos trasladarla a nuestros tiempos, e incluso amplificarla. Pues, si en ese entonces ya había problemas de comunicación entre los amantes, ¿cómo será ahora que nos hemos acostumbrado a reducir lo que decimos cada vez más? ¿Ahora que nos hemos acostumbrados a los mecanismos, a técnicas, a aparatos que hablan por nosotros? Ahora que dialogamos con nosotros mismos más que nunca, ¿cómo podemos tener la capacidad de escuchar al otro? Porque vivimos en los tiempos de lo rápido, de lo efímero, de las frases cortas, de lo desechable. Vivimos en tiempos de oferta y demanda, de constante movimiento. La distancia en la comunicación a la que se refería Barthes ha aumentado. La simulación del discurso se ha naturalizado.

Hace tres o cuatro años, hablé con alguien en una fiesta. Fue por casualidad. Hacía bastante rato que tenía ganas de irme, y luego de convencerme de que aquella noche sería igual a todas las otras en que uno termina un poco arrepentido de haber salido en primer lugar, llamé a mi papá para que me fuera buscar. (Era joven y nerd entonces. Lo último aun continuó siéndolo, pero bue). Generalmente, en las fiestas, siento que todos estamos siguiendo una pauta. Cuando alguien intenta comenzar una conversación contigo, ya sabes bien lo que va a decir y tú sabes bien lo que vas a responder y ya sabes bien como todo terminará. Pero esa vez fue diferente. Quizás fue porque nadie buscaba nada. Quizás nos encontrábamos con la guardia baja. Un comentario distraído y pasajero que dio pie a otro, todo mientras esperaba cerca de la puerta que mi papá llegara. Y de pronto me estaba contando sobre cómo robaba libros y que le gustaba mucho cierto escritor y que nunca se atrevería a escribir porque jamás llegaría a ser como aquel escritor y que una vez se metió a un taller de antipoesía y le dijeron que lo que escribía no era antipoesía y que mandó a todos a la mierda. Hablaba, hablaba, y hablaba. Y por un momento se me olvidó un poco todo, cosa rara en mí, porque siempre estoy dando vueltas en mi cabeza, preocupándome por algo o preocupándome porque sé que hay algo por lo que debería preocuparme pero se me olvidó que era. Pero en aquel momento dejé de pensar en mí y que el colegio y las profesoras malas onda y que quedaba poco para la universidad y que todo parecía ser pesado y terrible. Entonces sonó mi celular. Era mi papá que ya había llegado y me esperaba afuera. Tuve que interrumpirle para decirle que me debía ir. Él, sin nunca decirme su nombre, se guardó en mi celular y me hizo prometer que llamaría. Y como llamar por teléfono me daba vergüenza no lo hice y no lo volví a ver. Y ya ven, así es como suelen resultar las cosas.
Es raro. Después de cuatro años, aún recuerdo aquella noche a la perfección. Después de tantos cambios, tanto tiempo, tantas personas que llegaron y se fueron, aún recuerdo a aquella persona de hace cuatro años. Es que es tan raro cuando alguien es transparente. Porque, si es que algún gran daño nos ha hecho internet, yo creo que es el habernos vuelto demasiado conscientes de nosotros mismos y de la manera en que el resto nos ve. Por eso es tan poco común que alguien se exponga, que se muestre vulnerable, que deje entrar a alguien más. Porque nos acostumbramos a las corazas, a las defensas. Nos da miedo que nos lastimen, terminar en vergüenza, expuestos. Nos da miedo mostrarnos demasiado tal cual somos y que la otra persona se dé cuenta que no somos la idea que tenían de nosotros y cambien su opinión y se vayan. Entonces no hablamos cuando queremos hablar. No decimos lo que queremos decir. No llamamos cuando queremos llamar.
Unos dos años más tarde lo volví a ver en otra fiesta. Lo reconocí y me dio la impresión de que él también me reconoció. Era un grupo grande de gente, y de vez en cuando lo descubría mirándome y después quitando la vista. Luego de un largo rato, se me acercó y me preguntó si yo estudiaba literatura (aquella remota vez en que hablamos le dije que quería estudiar literatura cuando saliera del colegio) y cuando estuve a punto de decir que si, una amiga, hiperventilada por el alcohol, me agarró por el brazo y me dijo que la acompañara al baño porque debía contarme algún cahuín. Y, como no me atreví a decirle que quería hablar con aquella persona, no dije nada y la acompañé al baño y lo perdí de vista.
Quizás así es como funciona ahora. Quizás hemos perdido la capacidad de conectarnos con alguien más. Quizás, en los tiempos de internet, cada uno se mueve a su propio ritmo y se vuelve difícil, casi imposible, sincronizarse. Y simplemente nunca coincidimos en el tiempo, nunca estamos en la misma página. Y lo que pudo haber sido nunca fue.
Una amiga me dijo que todo este rollo le recordaba a la canción Mr Rock and Roll de Amy Mcdonalds. Desde que lo dijo el estribillo del coro no se ha despegado de mi cabeza;

y se encontrarán algún día, muy lejos, y dirán, ojala te hubiera conocido, ojalá te hubiera conocido antes.

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé