Por qué creo ser feminista

No ficcióncrítica

Por qué creo ser feminista

Por Amanda Teillery

En el último tiempo, el concepto de feminismo ha generado tanto diálogo como conflicto. Basta rasguñar el tema en alguna conversación y la gente ya salta y suelta atarantadamente comentarios y posturas con una efervescencia y rapidez que no te dejan un segundo para formular bien tus ideas. Es que últimamente, y con la explosión de las redes sociales, las discusiones consisten más en gente escuchándose a sí mismas que escuchando al resto. Por eso, tranquilamente, y mediante el amable instrumento que es la escritura, me gustaría tomarme la libertad de enumerar un par de razones por las que creo ser feminista. Digo creo, porque con tantos discursos y teorías es fácil contradecirse y confundirse, y también porque no soy muy amiga de la gente que proclama tener la verdad absoluta. Estas simplemente son un par de ideas de lo que para mí es el feminismo (si es que existe el feminismo). Y no, las razones no son que odio a los hombres, ni que las mujeres somos superiores y tendrían que recibir un trato especial. Aquellos son concepciones previas y estereotipos, en mi opinión, bastante básicos. Existe una cantidad enorme de investigaciones y estudios sobre el feminismo y la sexualidad, que me resulta un poco perezoso que la gente prefiera quedarse con aquel prejuicio sin primero indagar un poco más allá. Bueno, sin más, aquí empiezo.

Antes yo odiaba a las mujeres. Lo cual es un poco raro, ¿verdad?, siendo yo una mujer, habiendo crecido en un colegio de mujeres, en una casa con solo hermanas. La mayor parte de mi vida, el mundo había estado constituido casi completamente por mujeres. Entonces, ¿de dónde nacía esta aversión por mi propio género? Desde mi punto de vista, hay varios motivos; toda nuestra vida, nos han enseñado, no de manera explícita, a ver al resto de las mujeres como competencia, a ver a las demás como un reflejo de lo que deberías y no deberías ser. Y los parámetros que marcan esta competencia son nada más que estigmas y construcciones sociales de lo que una mujer supuestamente debería ser. Ahora voy parafrasear la manoseada pero terriblemente certera cita de Simone De Beauvoir; “una no nace mujer, pero se convierte en una”. Con esto, nuestra querida Simone se refiere a las concepciones sociales de lo que es ser una mujer. Las supuestas características femeninas no son inherentes en nosotras, sino las vamos adquiriendo, estimuladas por nuestro entorno.

Nos enseñan a ser mujer y nosotros debemos acatar las reglas. La competencia a la que me refería consiste en quien cumple de mejor manera estas reglas es más mujer. Los logros de las otras son un recordatorio de nuestros fracasos. Aunque cueste mucho admitirlo, ¿las mujeres llegan a sentirse, realmente, genuinamente, enteramente felices por otra mujer? ¿No siempre está aquella vocecita interior preguntándose por qué yo no? ¿No les ocurre, en el fondo, en lo más recóndito de ustedes?

Me parece que Milan Kundera en su novela La Identidad, lo dijo que de una manera muy buena. En la historia, el personaje principal, Chantal, reflexiona sobre el romanticismo. Se le ocurre que para las mujeres, el romanticismo es el amor en pareja, y es ahí donde, según ella, se entregan y comprometen completamente. Por otro lado, Chantal, cree que el mayor romanticismo en los hombres está en la amistad entre hombres, ahí es donde más fieles e incondicionales son. Puede que no sea completamente cierto lo que este personaje de Kundera piensa, pero creo que es acertado hasta cierto grado. Los hombres son mejores amigos entre ellos que las mujeres entre ellas (por lo menos yo lo creo).

Pero, lamentablemente muy tarde en mi vida, me di cuenta de lo irracional y tonto de mi odio. Les contaré las razones – primero: como indiqué antes, lo que no me gustaba o molestaba de otras mujeres era solo un reflejo de lo que no me gustaba y molestaba de mí. No me molestaba que ellas se arreglaran demasiado, sino que yo, por más intentar arreglarme, nunca me sentía satisfecha con mi apariencia. No me molestaba que fueran, desde mi punto de vista, tontas, sino que nadie valorara mis intenciones intelectuales. No me molestaba que hablaran mal de la gente, sino que tenía miedo de que hablaran mal de mí. Y la lista de ejemplos puede seguir eternamente. Me frustraba que ellas lograran cumplir con todos estos estándares que para mí eran inalcanzables. Me molestaba ser menos mujer que el resto.

Segundo: me di cuenta de lo terriblemente machista que era este pensamiento, el encasillar a todas en la etiqueta de “el resto” o “las mujeres”, como si fueran todas una misma cosa. Al pensar así, ignoraba sus características individuales, sus historias, sus personalidades. No las veía como seres individuales, sino como la construcción social de lo que la mujer era (la cual me desagradaba enormemente).

El feminismo también es para hombres, a pesar de la creencia popular. Se habla mucho sobre los efectos negativos que tiene el machismo en las mujeres, pero ¿se habla lo suficiente sobre lo dañino y agresivo que es el machismo para los mismos hombres? De la misma manera en que te enseñan a ser mujer, te enseñan a ser hombre. Hay ciertas normas que seguir para entrar en esta categoría, lo que afecta cómo los hombres se desenvuelven en su entorno y relacionan con el resto.

Pongamos un ejemplo. La pornografía. Hay varias discusiones sobre esta categoría de séptimo arte para adultos por parte de feministas. Y, ¿de qué tratan todas estas discusiones? Sobre la mujer. Y, es verdad, pobre mujer, en la pornografía la utilizan como un objeto, y ese tipo de cosas. Está bien, es verdad, no hay que negarlo. Pero, ¿alguien se ha fijado detenidamente del rol del hombre en la pornografía? ¿De su actitud, de su agresividad, de lo deshumanizado que es retratado? Leí en un estudio que más del 90% de los hombres ve regularmente pornografía antes de comenzar su vida sexual. Y, a la hora de ser sexualmente activos, utilizan lo que han visto en la pornografía como punto de referencia. Pensemos en los estándares bajo los cuales se rigen, lo que ellos piensan que un hombre debe ser, lo que les gusta a las mujeres. No solo crecen en ellos actitudes agresivas y autoritarias, sino también complejos e inseguridades ante no poder cumplir con que la sociedad le exigen a los hombres.

El feminismo (o por lo menos, según yo, el buen feminismo) no tiene como finalidad demostrar la supremacía del hombre sobre la mujer. El objetivo es suprimir las concepciones cerradas de lo que cada género debe ser, dejar de exigir ciertas normas de conducta.

Hay que romper esta jerarquía. Este punto se da vueltas un poco en lo mismo que he dicho con anterioridad, o mejor dicho, es una suerte de consecuencia de lo mencionado. Estos modelos de conducta han generado cierta autoridad del hombre sobre el cuerpo de la mujer. En el día a día, en la forma en que el hombre de sesenta años se toma la libertad de mirarle las piernas a la niña de 14 en el metro. En la manera en que te da un poco de miedo salir a caminar sola en la noche, de ponerte cierta ropa, de hacer cosas por tu cuenta. En la manera en que eres dueña de tu sexualidad hasta un grado nada más, en la manera en que tu cuerpo se transforma en una amenaza.

Por motivos y objetivos creo ser feminista, y creo que todos deberíamos informarnos un poco más sobre el tema.

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La ilustración mostrada en la imagen no es nuestra. Crédito al artista.

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé