Poco Ortodoxa

Salir del encierro

Una joven mira la calle a través de la ventana de un pequeño departamento pobremente iluminado por la luz del día. Su ropa y pelo no dejan ningún atisbo de piel a la vista, y su postura parece tiesa, como congelada.

“Poco Ortodoxa” ya es una de las producciones más vistas de Netflix y no hay duda del porqué: es un relato atrapante en el cual los aspectos narrativos se entrelazan y alimentan con los culturales. Esta breve nota de opinión, además de recomendar la serie y dar algún que otro spoiler, busca analizar ciertas decisiones que, desde lo formal, fortalecen el retrato de las diferentes culturas mientras apoyan a la misma historia.

La imagen que se describe arriba pertenece al inicio del primer episodio. Es un comienzo rotundo y con un peso simbólico importante para el personaje y el resto de la trama. ¿Por qué? Porque conglomera el espacio que Esty, la protagonista del relato, ocupa en su comunidad como mujer, a resguardo y sin ser notada. Es una escena cuidadosamente pensada desde el aspecto formal, con un contraste lumínico intencional y un ritmo pausado hasta que se devela el rostro de la joven. Fuera de todo eso y de nuevo en la trama, también es importante mencionar que Esty le da la espalda a su mundo y mira al exterior. Esta es la clave de su personaje, lo que la diferencia del resto y lo que no le permite encajar a pesar de desearlo con tantas fuerzas. Es cierto que, para cualquiera externo a la comunidad ortodoxa, es imposible no reparar en ciertas prácticas religiosas que resultan “exóticas” pero, inevitablemente, la alienación de Esty es un sentimiento que atraviesa otros contextos. Al final, uno se siente cerca de ella por esos deseos de pertenencia o de afecto.
Y acá sale a la luz otro aspecto de Esty: de haber recibido más aceptación la odisea per sé quizás no hubiese comenzado. No fue la falta de fe la que la apartó de su hogar, fue la falta de humanidad. Aunque más adelante es cierto que ella hace re-lecturas de la crianza que recibió y la forma de vivir que llevaba, la verdadera causa de su escape no es esa. Este personaje no es el retrato de una rebelde sin causa. Esty tiene múltiples capas que incentivan al espectador, si bien no necesariamente apoyar, sí a comprender más determinados aspectos religiosos a los cuales de otra forma no se abriría. Esta protagonista está tan bien desarrollada que, a pesar de tener un arco de transformación acelerado, es completamente verosímil y emocionante.
Eso sí, con su propios cambios, Esty encarna y enfrenta los de otras comunidades. Obviamente se hace un énfasis particular en la historia de los judíos jasídicos, pero los constantes flashbacks de Nueva York a Berlín generan un juego seductor para las interpretaciones del público. La capital alemana es representada como una ciudad cosmopolita en donde colindan una gran variedad de grupos que no han vivido el pasado oscuro del régimen nazi. Eso se contrapone a la vida de la comunidad de Esty en Nueva York. Ellos, a pesar haber pasado tres generaciones, viven con el trauma del genocidio, evento que los volvió todavía más endogámicos. En el detrás de escena, la directora y las guionistas hacen un énfasis especial en que Esty escapa al lugar del cual huyeron sus antepasados. Ella se vuelve en una figura de redención del pasado para seguir adelante.

Y, fuera de esta contraposición constante en la edición, hay ciertos planos, diálogos o situaciones que generan el mismo efecto fuerte de contraste. Un ejemplo claro de esto se da cuando Esty menciona con amargura que la mitad de su familia murió en campos de concentración y, como respuesta, una israelita dice en tono de broma que eso también aplica para la mitad de su país pero que ellos “están demasiado ocupados en su problemas actuales”. Yanky, el esposo de Esty, se vuelve el verdadero punto de comparación entre el mundo occidental y las prácticas jasídicas. Su mujer intenta amoldarse al nuevo entorno berlinés mientras él sortea la situación con herramientas que le son conocidas. Esto último produce choques que lo hacen ver como trasplantado, sensación que puede venir acompañada por pena, enojo, comprensión, o, en algunas circunstancias, incluso cierta comedia.

Por último está la importancia de la música como transmisora de emoción y cultura. Hay fragmentos de canciones religiosas judías y católicas, de piezas más clásicas e incluso se incorporan los géneros más modernos en los bares de Berlín. Pero lo que corona todo lo anterior es el final. Cuando le piden a Esty que elija una pieza para su audición en el conservatorio ella canta una melodía judía que interpreta con pasión. De todas sus opciones selecciona una que claramente remite a la comunidad de la que escapó. La misma que no le permitía cantar en público porque era considerado indecente y que la trató como defectuosa al no concebir rápido. Es notable que, al final, las raíces que la asfixiaban hayan sido su llave de entrada para tener una nueva vida.

En fin, por todo lo anterior (y más) se puede concluir que la serie es claramente muy recomendable. Resulta un relato conmovedor que invita a reflexionar sobre otras cosmovisiones del mundo y, además, al ser tan corta, no implica ni una gran inversión de tiempo ni un gasto de energía a largo plazo. Ideal para un plan de fin de semana o para aquellas personas que no deseen comprometerse con producciones que ya tienen numerosas temporadas.

-Guadalupe Lareo