Pescuezos, mollejas y moronga

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Pescuezos, mollejas y moronga

—¿Conocen un lugar donde vendan esquites?

—Hay uno muy bueno en Eje Cuatro, ahí a un lado de Bellas Artes. Te los dan con todo y tuétano.

—¿Esquites con tuétano?

—¡Qué asco!

—¿Qué es el tuétano?

—¿Nunca se han comido un trozo de tuétano?

—¡Es riquísimo! Yo sí los he probado, namás que conozco los de Coyoacán.

—Esos igual están buenos. Ahí me tocó el vaso con las granos de elote tatemados.

—Yo sigo sin saber qué es el tuétano...

—Yo sí sé lo que es pero me da mucho asco.

—¿Entonces ustedes son de las personas que no comen tuétano, moronga o pescuecitos?

—¡No!

—¡Qué asco!

—¿Mínimo han probado las patitas de pollo?

—¡Menos!

—No saben de lo que se pierden...

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Esta fue una de tantas pláticas navideñas que tuve el año pasado. En realidad nada del otro mundo. Cualquiera diría que es una cuestión de gustos, posturas y si nos vamos más lejos, ideologías. Pero a decir verdad, en mi familia la comida es un tema serio. Hasta la fecha no podría decir con exactitud si hay alguna fruta, verdura o platillo que no me guste. Desde pequeño comía de todo o más bien, me hacían tragarlo sin hacer caras. Al primer gesto de desagrado, mi madre nos gritaba a mí y a mis hermanos: “¡Se lo acaban que la comida cuesta y aquí nada se desperdicia!”

Dicen que los tiempos de crisis son tiempos de oportunidad y ante la escasez de una familia con 6 integrantes, empleos poco remunerados, una juventud al límite y desayunos de terror, decidimos rebelarnos de un sólo modo; dejar de comer. Las calabazas se las dábamos al perro y los licuados (de dudosa procedencia) terminaban en la taza del baño. Afortunadamente nunca me tocó probar los huevos tibios, pero mis hermanos me contaron que sólo cerraban los ojos y se los pasaban como si fuera pastilla. Decían que era como un líquido con grumos que si llegabas a tronar, liberaba un sabor metálico con textura pastosa.

A decir verdad, era más berrinche que otra cosa. Ya no teníamos problema alguno en comer todo lo que nos daban, pero con el tiempo, nos dimos cuenta de que se sentía bien tantita rebeldía.

Por supuesto que mi madre se dio cuenta y ante una crisis financiera (de la que ya no hablamos) se tuvo que poner creativa para no dejarnos morir de hambre y en parte, reafirmar su autoridad. Aquí entran las mollejas, la moronga, las patas de gallina, los pescuezos, las sobras del pan, las vísceras y la retacería.

De pronto en la sopa de verdura ya no había sólo zanahorias, brócoli y calabaza. También flotaba una que otra molleja bien cocida y una pata de gallina a un lado. El típico entomatado ya no era un guisado baboso de tomate y chile. Le habían agregado trozos de tuétano y retacería en lugar de carne de res que en realidad, era más cara.

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Al no comernos las calabazas, mi madre hacía los trozos gigantes de coliflor y los preparaba capeados en salsa de jitomate. La moronga que nos encantaba pero nos aburría, se transformó en un guiso de rellena asada con hierbabuena y chile jalapeño. Lo más increíble era el postre que nos daba cada mes o mes y medio aproximadamente. Guardaba todas las sobras de pan, les ponía leche, huevo, mantequilla, azúcar y lo metía en el horno de la vecina (porque no teníamos en nuestra casa) para hacer un pudín que en ese entonces, no sabíamos exactamente de qué era. Sabía delicioso.

Nos acostumbramos a comer de todo, sin hacer caras, sin estar de berrinchudos. Luego de algunos años, me di cuenta de que muchas personas tenían la misma historia. Primos que comían tortitas de papa y cilantro, para reemplazar las milanesas de pollo por ser tan caras. Tías que en su niñez, no tenían acceso a la leche por las mañanas pero que le agarraron un gusto muy especial al té de manzanilla. Y sobre todo, amigos y amigas en la primaria que tenían las mismas experiencias que yo pero con diferentes recetas.

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Nunca nos percatamos que siempre hubo alguien atrás. Alguien que vio todos los días para que tuviéramos algo que llevarnos a la boca. El precio que pagamos fue muy alto. A la fecha, conozco a muchas personas que no pueden decir si algo les desagrada y terminan comiendo por educación. Hasta hace poco pude ponerme a prueba y confesar que no soporto las enmoladas. Mi mamá se sorprendió. Dijo que siempre me las comía con gusto y en efecto así era. Pero algo cambia cuando comienzas a diferenciar lo que te gusta y lo que no. Lo que quieres para tu vida y con lo que definitivamente ya no puedes lidiar. Habrá ocasiones en las que es necesario tragarte todo sin hacer caras. Tal vez porque la situación lo amerita, porque no hay de otra o porque es lo único que tienes para comer en todo el día.

Pero también descubrí que las circunstancias y las carencias te hacen más propenso al complicado acto de ceder. Hoy por hoy me sigo comiendo las enmoladas aunque no me gusten. La verdad es que no tengo idea de si será lo último que me lleve a la boca y definitivamente, hay otros temas donde la rebeldía es mucho más necesaria.