Para brotar hay que echar raíces (en algún lado)

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Para brotar hay que echar raíces (en algún lado)

Hace pocos días me di cuenta de que nací en un país que ya no existe y me encantaría que esta expresión se limitara al hecho de que nací en la República de Venezuela y ahora tiene un “Bolivariana” antes del nombre real, o que la frase fuera un chiste sobre que el Distrito Federal ahora se llama “Distrito Capital”. El día que yo nací podía decirse que los militares llevaban poco más de 32 años sin estar en control absoluto del país (salvo por la excepción de los intentos de golpe de estado del 92); los derechos de la mujer eran algo que se discutía con seriedad y no una excusa para entrar a reuniones de cancilleres, y las relaciones sin plazos, no estaban de ningún modo condicionadas al lugar a dónde uno iba a migrar. En este país, los amigos que iba a tener ya habían nacido o estaban próximos a nacer y, en su gran mayoría, tenían el mismo plan que yo: crecer.

Hoy, el estatus de cada quien es incierto. Muchos se fueron antes y empezaron nuevas vidas. Algunos nos quedamos y empezamos nuevas relaciones con los que fuimos decantados por la experiencia de ver nuestros proyectos fracasar y seguimos soñando siempre con el mismo lugar. Poco a poco, con el tiempo, todos asumimos que el mejor lugar para estar era cualquier país siempre y cuando no fuera Venezuela. Cada persona, cada amigo, cada ser con el que me relacionaba se convertía en una raíz que me cortaban y, cual bonsái, sentí que crecía con ramas cada vez más pequeñas y frutos apenas visibles al ojo humano.

He tenido el privilegio de viajar y visitar a muchos de los que se han ido. Los he visto crecer, hacer nuevas amistades y convertirse en mejores personas. Puedo decir con certeza que al hacer conexiones duraderas y plantearse un futuro, muchos de ellos han sobrepasado mi propia capacidad para “ser mejores que uno mismo”. Lo que todavía me falta por hacer es tener dónde establecerme y recibir mis primeras visitas de amigos que llevo tiempo sin ver. No estoy seguro de por qué me ha tomado tanto tiempo hacerlo. Quizá tengo miedo de irme y nunca sentirme en casa, como la escritora Suki Kim, quien se ha mudado constantemente desde que se fue de Corea. Quizá replantearse la vida y el futuro es algo que no se puede hacer con facilidad más de una vez en la vida. Quizá ningún suelo es tan fértil para mí como aquel en el que eché mis primeras raíces. No sé siquiera si se trata de una combinación de todas estas cosas. Lo único que me queda es seguir diciendo que lo único que me queda es seguir hacia adelante.

Estas son las cosas que sé de crecer y las dudas que me he planteado. Me repito constantemente que “nadie es profeta en su propia tierra” y que “el hogar está dónde está el corazón”, aunque me cuesta pensar que me pueda importar un comino ser profeta cuando ya me avergonzaron los profetas que conocía y no veo el sentido que mi hogar esté con mi corazón si mi corazón está con cada uno de los que se marchó. No obstante, hay algo que sé con certeza y es que no creo en Dios, pero sí en el infierno: tiene petróleo y está al norte de Suramérica.

Jupasa