Pancito pal alma (guatita llena, corazón contento)

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Pancito pal alma (guatita llena, corazón contento)

Amo el pan. Vengo del segundo país que come más pan, entonces entenderán la sorpresa de los mexicanos frente a mi amor a él, equivalente a mi propia sorpresa a que no lo tengan constantemente en sus casas. Aquí es tortilla. Pero no vengo a hablar de eso. Vengo a hablar de pan.

Me encanta cocinar, y lo que más me fascina hacer son masas. Tuve una época densa de repostería, en la que probaba diferentes recetas y combinaciones (cupcakes de earl grey con cobertura de limón, pastel de zanahoria cubierto de queso crema y blueberries, etc) y horneaba para sacarme el estrés de encima. Lo más chistoso es que realmente no soy una persona dulcera. Me empalago con una facilidad impresionante, y en la mayoría de mis recetas, bajaba el azúcar que pedía al menos un tercio. Pero me encantaba hacer repostería, y tenía que ver con otra cosa, tanto como la razón por la que me fascina hacer masas. Hay algo honestamente mágico en todo el proceso.

Tengo escritas diferentes recetas de panes en mis libretas, pero ahora no como ni cerca de la cantidad de pan que solía comer. Mi fijación los últimos meses ha sido probar hacer masa madre, y aún no lo he intentado, pero lo haré pronto. Mientras escribo, hay una masa de pan en el refrigerador fermentando, fruto del libro que compramos hoy (Pan casero de Ibán Yarza). Y ahora, sentada pensando qué escribir, pienso en que lo que más me emociona de las masas son todas las opciones que ofrece y los maravillosos resultados que obtiene.

Cocino desde una base de fe. No es broma, en general todo lo hago al ojo, incluidas las masas. Soy mala con las medidas y nunca sigo una receta al pie de la letra. Saco algo, incluyo otra cosa, erradico la canela. La parte más bonita de hacer pan es creer en la masa. Meter las manos en la harina y el agua y que se pegue; amasarla y que gane elasticidad y forma. Se puede sentir cuando falta agua, se nota si está demasiado mojada. Dejarla reposar y luego tocarla, con una textura completamente distinta que antes. Y luego meterla al horno: magia.

Hornear pan requiere de mucha fe, sea en la masa, en el horno, en uno mismo. Los resultados varían y los sabores florecen. Y creo que, esperando ahora que la masa se fermente, el día a día puede parecerse mucho a hacer masas. Quizá mi amor hacia el pan viene de mi propia cultura, y que nada supera a una tostada con palta o mermelada y un tecito. Pero al prepararlo, se aprende que no hay una sola forma de amasar ni una receta única.

Sea centeno, trigo, o incluso harinas de nueces, cada una tiene dimensiones y posibilidades distintas. Un poco más o un poco menos de agua, con o sin levadura, horas o días de fermentación. Confieso que recién me voy en instruyendo en todas los caudales de las masas, y asusta un poco el echar todo a perder; aun así, tengo unas ganas tremendas de salir a comprar harinas.

La maravilla está en la variabilidad. Y, en general, las masas no me traicionan. A veces no quedan como esperaba, a veces me sorprenden. Pero con un poco de amor, salen buenas. Y así también la vida. Amaso con las manos mi pancito de mañana, y aunque no salga tan bueno a veces, lo hice con ganas. Y la próxima vez será mejor.

Al final cocinar conlleva una suerte de meditación, reflexionando qué procesos e ingredientes llevaron a un mejor plato. Y, del pan, lo que más me llevo es que el gran secreto es el tiempo. Dejar reposar y que se desarrolle y crezca. Sea así la vida. Disfrutar las masas que uno hizo con tanto cariño, y practicarlas hasta que un día salgan deliciosas, así como crujen las baguettes en Ratatouille.

(Adiós, me fui a hacer una once shilensis).

Imagen de James Ransom en Food52.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.