Orquesta

Ese día, deambulaba con la sensación de que mis ojos aún no estaban abiertos. Se precipitaba en mí una melodía suave, la silueta imprecisa del extravío. Frescura. Recuerdo. Había algo en aquel día, en aquella tonalidad, que simplemente se desdibujaba irreconocible. Envuelta en bruma espesa, caminaba sin rumbo, remojando mi rostro en la premura del viento. Saboreaba la armonía del espacio que se expandía, suspiraba la infinidad inscrita en el aire y pensaba: “sigo sin abrir los ojos”. Escuchaba con atención la pausa acalambrada, los guiños de la tarde. No comprendía. Tenía mis pies sumergidos entre los escollos. No sabía exactamente en dónde me encontraba, pero el aroma era tan frío y los sonidos una flor.

Fragmentos de roca áspera calzaban mi piel, permanecían entumecidos entre mis dedos. La textura de las pequeñas rocas en sí no me molestaba del todo. De cierto modo me había acostumbrado a su inexacto trazo; ya había estado ahí antes, sólo no recordaba exactamente el día, la fecha, tan sólo aquella sensación de fina eternidad que se incrustaba en mi verbo y como prófugo se refugiaba en mis párpados. Se resbalaba ahí un sueño, pero nadie más podía verlo, escucharlo. Nadie más podía pronunciarlo. Sólo la deshora, el destiempo. Sí, ya había estado ahí antes: un lugar sin nombre, una cuerda intocada, un lugar que se tensa y se destensa como las vibraciones de un violín. Escucho los deslices del agua sobre la piedra porosa, por ahí se cuela el sonido dulce de la orquesta, transmuta, retorna.

Miraba el mar, la plenitud que causaba en mí, su cadencia enroscada en el oleaje perdido del cuerpo, un signo, una nota fresca. Algo se despierta, era la marea: eco que se disuelve en el haz de la mirada, se revolcaba dentro como una intermitencia. No sabía cómo definir aquel instante que recuerdo con lucidez porque había algo que no podía tocar. Recuperaba algo que yo era incapaz de detectar, regresa; quizá era el filo de la piedra descalza, una síncopa sabor a sal. Viene. Va, como algo tan familiar, una rima: tiempo inédito que resbala en mi pecho, mis manos. Se entreabre la boca. Mis ojos permanecen cerrados, pero ¿cerrados a qué? La música continúa. Delicia. ¿Y yo? Me ando a su deriva. Camino.

La elegancia del lugar me asombraba, la nitidez del agua, el color penetrante del ocaso. Tenía en mis oídos los sueños del mundo, un mundo oculto, pero a mis ojos no más que un aleteo. Sabía que había estado ahí antes, sabía que mucho tiempo atrás, había aprendido a escuchar su voz, su cuerpo invisible recorriendo los segundos. Porque es su melodía la que me hace recordar aquel lugar que nunca he visitado. Ojos cerrados.

“En algún lugar al que nunca he viajado, felizmente más allá de toda experiencia, tus ojos tienen su silencio:

en tu gesto más frágil hay cosas que me rodean o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.” - E.E. Cummings

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.