Oda al Punk

No ficción

Oda al Punk

Vamos a ser sinceros, el mundo es una mierda. En cada rincón en el que haya gente existe algún tipo de miseria, y si me pusiera a enumerarlas pasaría el resto de mi vida frente al teclado.

Desde pequeños sentimos la presión de las crueldades cotidianas, y poco a poco nos vamos endureciendo en respuesta a sus injurias. Los pulmones se acorazan de hielo para poder recibir el frío aire que la indiferencia desprende. Los ojos se convierten en brasas para poder resistir el fuego incandescente de las miradas desconocidas. La piel se cubre de púas para repeler las espinas que se ensartan en nuestra piel con cada golpe del destino. La lengua y el esofago se llenan de cicatrices y callos, para resistir las palabras corrosivas que terminan siendo ácido en el estómago. El alma se drena de inocencia, y en su puesto viste una armadura que se ancla al enterrarse en nuestro núcleo.

Y lo peor de todo, es que lo disfrazamos. Nos enmascaramos con formalidades ritualizadas para esconder la vergüenza que viene con el dolor que conlleva la vida. Creamos un ambiente en el que nos podamos lavar las manos del dolor, tanto propio como ajeno, al pretender que no existe. Tratamos de pasar desapercibidos al camuflar nuestras formas endurecidas entre las durezas del día a día, confundidos entre el mosaico de miseria del que nos protegemos. Pero en los años 70, una tribu errante de seres tan furiosos como bondadosos decidieron que la mejor manera de subvertir al mundo cruento que se viste de amable es vestirse con espinas y ser benevolente.

Estos seres decidieron voltear el sistema. Se cubren de púas, negros funerarios, colores antinaturales, y así destruyen el frío de la indiferencia al llamar la atención de quien los vea. Botan el ácido interno a gritos, y con guitarras y tambores lo convierten en música. Su voluntad indomable cobra vida en la tinta que inyectan en el cuerpo que les tocó, para convertirlos en reflejos de su personalidad en vez de su biología. Estos llamados delincuentes (o Punks), exteriorizan la negatividad del mundo tanto para evidenciarla como para evitar que se asiente en sus corazones.

Los Punks, demonizados por los enmascarados, hacen la resistencia y la protesta parte de su día a día. Se rebelan contra el sistema que nos hiere y exige que nos escondamos al externalizar sus horrores y al extender sus manos abiertas a todos los que quieran vivir de manera distinta. Ellos ven que en un mundo sin compasión, la acción de ser bondadoso, amable, y considerado es un acto de rebeldía.

Marcelo Federico Bertorelli Reyna

Marcelo Federico Bertorelli Reyna

imagen de Matthieu Bourel