nunca quise que me sacaran a bailar

No ficcióncrítica

nunca quise que me sacaran a bailar

Nunca quise que me sacaran a bailar. Desde mi primera fiesta, cuando tenia trece años, aquella a la que llegué maquillada y perfumada, jugando a ser una niña grande, con una idea abstracta en la cabeza de lo que las fiestas eran, imaginaciones vagas inspiradas en Disney Channel y la revista Seventeen. Mientras crecemos, a las mujeres nos meten en la cabeza idealizaciones del romance, de escenas dignas de películas gringas, todo siempre noble y sincero. Lo que no nos cuentan es que el mundo no es realmente así, entonces de pronto te encuentras de golpe con algo que rompe con todas tus ilusiones. Aquella noche en que fui por primera vez a una fiesta me di cuenta que la vida no era como High School Musical. Vestida con ropa aun infantil y con un poco de bigote de la fanta que había bebido antes de que mis papás me llevaran, me quedé congelada en la puerta de la entrada del gimnasio, impactada por el perreo intenso y el reggaetón a un nivel que parecía reventar mis oídos. No me esperaba algo así. No me esperaba que aquellos niños (porque eran niños) sexualizaran así a las niñas, que las acosaran, que las toquetearan sin su consentimiento. Que las revisaran como mercancía hasta decidirse a sacarlas a bailar. No me lo esperaba porque nunca me había visto a mí misma ni a mis amigas (ni a nadie realmente) como objeto sexual. Y parecía que cuando entrabas ahí en eso te convertías, en eso te reducías; en si eras comible o no.

Nunca quise que me sacaran a bailar porque no era como en las películas, y, sobre todo, no era como yo quería. Tímidamente me encogía y murmuraba una manera rápida de zafarme.
Esto puede sonar un poco coloriento, pero creo que fueron en aquellas instancias en las que los niños aprendieron a ser machistas, en que les enseñaron y los presionaron para perseguir una hipermasculinidad tóxica. Y creo que fueron en aquellas instancias en las que las niñas aprendieron a ser sumisas y callar. Por mucho tiempo pensé que la culpa la tenía el reggaetón y lo odie con todas mis fuerzas. Pasé años pensando que ya, que ya tenía que acabar esta moda, que no podía durar para siempre (ya van casi diez años de eso y aun continúa y hasta mi amada Shakira se fue para esa onda). Una de las peores sensaciones para mí era estar entrando a una fiesta o reunión y escuchar desde el interior la voz de Tito el Bambino. Como una niña incomprendida de las películas pensaba que había nacido en la época equivocada, que todo habría sido más simple si mi adolescencia hubiera transcurrido en el 2000, 2001, donde todo era más ameno al ritmo de Axe Bahia.

Nunca quise me sacaran a bailar, porque se sentía como algo violento, como una invasión, como una despersonalización. Porque se sentía como una prueba (en la que fallar suponía un castigo; que el niño en cuestión hablara mal de ti y se riera con sus amigos, que el niño en cuestión te dijera puta o fácil, que el niño en cuestión te dijera cartucha o rígida).

Nunca le dije a nadie que todo ese rollo no me gustaba al nivel de darme ansiedad. Inventaba excusas tontas para no ir a las fiestas (siempre era el cumpleaños de mi abuelo o de mi tío). Me daba vergüenza decirlo, el que no me gustara aquello de lo que todos disfrutaran, el sentirme aparte, el sentirme diferente. La revelación vino años más tarde, conversando con mis amigas del colegio, ahora ya universitarias. Les comenté lo angustiante que me resultaban aquellas fiestas, lo poco que quería que me sacaran a bailar. Mis amigas, sin darle mucha importancia a lo que decían, me respondieron que a ellas tampoco les gustaba, pero que se obligaban a ir para encajar. Ósea, y esto me explotó la cabeza, yo no estaba sola, éramos varias. Éramos varias que nunca nos atrevimos a decir realmente lo que sentíamos.

Pareciera que, como mujeres, nos hemos acostumbrado a aceptar en silencio situaciones que nos incomodan, a no atrevernos a decir cuando algo no nos gusta. A que nuestra voluntad siempre quede en segundo lugar. A que siempre le demos el gusto a los hombres, a que ellos tengan una suerte de poder sobre nosotras. A que queramos ser queridas y aceptadas a toda costa. Porque aparentemente, para una mujer, lo peor que le puede ocurrir es no ser querida y aceptada.

En Las Paltas he escrito harto sobre mis experiencias, sobre todo en el colegio, sobre los miedos, las angustias, la sensación de soledad, la sensación de que nadie me entendía. Toda mi vida pensé que era la única, que estaba sola con mis sentimientos. Pero en último tiempo me han sorprendido muchos mensajes de personas con las que fui al colegio, personas con las que nunca hable demasiado y con las que no fui muy cercana. Personas que yo creía no tenían nada que ver conmigo, que vivían en una galaxia opuesta. Me escriben diciéndome que se vieron reflejadas en lo que escribí, que sintieron lo mismo en algún momento, o que no sabían que lo habían hecho porque ellas mismas no se lo permitían. Yo que pensaba que tenían vidas perfectas, que nunca se sintieron fuera de lugar, que nunca les afectó nada. Que nunca podrían tener problemas como los que yo tenía. Quizás si hubiéramos dicho algo las cosas hubieran sido diferentes. Quizás hubieran sido más fáciles. Quizás hubiéramos evitado que nos lastimaran, que nuestro espíritu se rompiera, que el corazón doliera.
Pero no lo hicimos. No hablábamos. Nunca hablábamos.

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé