nunca me caí muy bien a mi misma: una historia de amor

No ficciónmemoria

nunca me caí muy bien a mi misma: una historia de amor

No recuerdo cuando fue exactamente la primera vez que sentí que cargaba con el peso de ser yo, la primera vez que me di cuenta (con pánico) que estaba atrapada conmigo misma para el resto de mi vida.

No fue en la infancia, de eso estoy segura, porque cuando eres niña aún no estás tan conciente de ti misma, de tu cuerpo, de lo que te diferencia del resto.

Quizás fue la primera vez que vi una manchita de sangre en mis calzones. Quizás fue cuando todas mis compañeras de curso descubrieron al sexo masculino (colegio de niñas, ya tu sabe) y empezamos a competir, a compararnos, a medir nuestras ventajas y desventajas, a tomar conciencia de lo que nuestros podían significar. Quizás fue en aquella primera fiesta, en la que los niños te revisaban de arriba abajo antes de sacarte a bailar, como si fueras un producto. Quizás fue cuando escuché a dos niños hablar de una amiga, riéndose por su físico, y me invadió el miedo y le recé a todos los cielos que por favor que nunca hablen así de mí. Quizás cuando me dijeron que a los niños no les gustaban las niñas que contaban chistes (y yo me sabía tantos chistes). Quizás fue cuando me miré en el espejo y por primera vez me decepcioné de mi imagen y me pregunté por qué yo no podía ser como las niñas lindas que le gustaban a los niños. Quizás.

Probablemente comienza en la adolescencia, cuando entras en este tenebroso juego que es ser mujer, cuando te empiezan a bombardear con reglas y ordenes. ¿Cuántas posibilidades habrán muerto en nosotras cuando nos impusieron quienes deberíamos ser? ¿Cuántos posibles versiones de ti rechaste por la necesidad de ser aceptada? Siento que en la vida se me han pasado mil posibilidades que quizás ya nunca volverán. Yo era la niña callada y tímida, pero ellos no sabían que yo iba a hacer cosas grandes (si me hubiesen dejado).

Me acuerdo que en mi último año de colegio estaba conversando con dos niñas más chicas que yo luego de una actividad extra programática. Estaba sentada con ellas, que debían tener unos doce o trece años, en la entrada del colegio, esperando que sus mamás las vinieran a buscar. Me hablaban con el entusiasmo y la soltura que solo niños pueden tener, pensando que hablar conmigo era un privilegio y felices de mi atención, ya que creían (erronamente) que solo por ser mayor que ellas yo debía ser muy bacán. Y de pronto, una de ellas mencionó que aquel año tendrían la fiesta de graduación de octavo básico. (la fiesta de graduación, pensé y me vinieron a la mente flashbacks de elegir vestidos y hablar mal de los vestidos que tus amigas eligieron y jugzarnos entre nosotras solo por el hecho de poder conseguir pareja, todo aquello en una edad demasiado moldeable e impresionable como son los trece años). Fue como si me dijeran que iban a saltar a un oscuro vacío. Me dio miedo por ellas, un sentimiento casi maternal que desconocía, la necesidad de advertirles, protegerlas, porque seguramente ellas desconocían en lo que se estaban metiendo. Pobrecita, pensé, ya vas a empezar a dudar de ti y a juzgarte y a ser demasiado dura contigo misma. El mundo te va a convencer de que lo bueno que tienes jamás es suficiente, e intentará quebrar tu espíritu para obligarte a comprar el último catálogo de forever 21 y el nuevo shampo de Sedal que promete aclararte el pelo. Te va a empezar a convencer que no eres suficiente y te vas a empezar a odiar.

Me pasa lo mismo ahora, años más tarde, cuando veo niñas vestidas de uniforme de colegio en la micro que miran intimidadas cuando otra niña más flaca y más rubia entra y entonces se sientan encogidas y con aire de melancolía. Me da un poco de ternura, pero más que nada pena, porque se lo cruel que pueden llegar a ser consigo mismas. Fue más o menos entonces cuando me pregunté por qué aquello me chocaba tanto, si llevaba haciendo lo mismo conmigo desde siempre. Fue más o menos entonces cuando me di cuenta de la hija de puta que yo había sido conmigo misma toda mi vida, recordándome constantemente todo lo malo que había en mí, todo lo que debía cambiar, haciéndole siempre caso a los demás, intentando complacer a gente que obviamente no valía la pena. Fue más o menos entonces cuando decidí que ya era hora de dejar estos juegos y empezar a quererme. Claro que aquello es más difícil de lo que suena. Es difícil, requiere tiempo, tiempo para sacarte de la cabeza todos aquellos paradigmas y preceptos que la sociedad te implantó en la cabeza a la fuerza. Toma tiempo y fuerza volver a quererte, volver a aceptar todos aquellos detalles de ti que el mundo repudió. Es como reencontrarte con alguien del pasado que querías e intentar recuperar todo el tiempo perdido.

En una entrevista, le preguntaron a la escritora Zadie Smith qué cosa cambiaría de ella, a lo que respondió que nada, argumentando que la autoindulgencia y el autodesprecio era algo para las mujeres más jóvenes y más lindas. Ahora, Zadie continúa siendo joven (tiene cuarenta años), pero quizás ya llegó a una edad sabia para darse cuenta que las mujeres pierden mucho tiempo escuchando las mierdas que la sociedad les dice. Zadie sabe.

Para una mujer, el acto más radical y revolucionario es quererse a sí misma.

Y deberíamos reconocer a las mujeres que se atreven a hacerlo. Reconocer a las mujeres que encuentran la fuerza para levantarse todos los días y hacerle frente al mundo, para quererse a ellas mismas y al resto de las mujeres. Es un acto de valentía ser tu misma, a pesar de lo que la tele y el internet te dice. Es un acto de valentía encontrar el valor que tienes y que el mundo ha maltratado. Deberíamos reconocer a las mujeres que se atreven. A las que todos los días se les vuelve una lucha, y aún así no se rinden. A todas ustedes que lo hacen . Las celebro y las quiero.

(aquí abajo les dejo a Beyonce, experta en la materia de quererse a uno mismo)

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé