Nostalgia

Escucho las campanas y cierro los ojos. Hay algo puro que se perpetúa en su canto, me tranquiliza. No lo sé. Escucho cómo viaja el sonido por mis brazos, abriendo paso lentamente entre mis labios, sobre la comisura de un verbo extinto que sin embargo despierta en mi tartamudo paso: la infancia. Permito que la distancia entre cada golpe se arrincone en la delicia de mi piel, trazando una memoria áurea en los deslices del cielo, hilos de luz dorada que me acaricia con dulzura. Lo recuerdo.

Recuerdo perfectamente la sensación, la calma entretejida en el aire, en la silueta de los extraños que nos miraban con extrañeza al caer del ocaso. Escuchábamos con atención la intermitencia, cada campanada tiene un sabor distinto y eso siempre lo supimos. El sonido por nuestros cuerpos, como una alquimia incomprensible, hallaba entre los indicios del ensueño su cauce natural. Fluíamos en su relieve inexacto y nos incorporábamos en la sinfonía de su patrón. Quién lo hubiera dicho. No sabíamos mucho sobre la religión ni por qué a ciertas horas resonaban los campanarios, pero nos llenaba el eco, nos hacía comprender: somos todo y a la vez no somos más que brío, la ceniza que se incrusta en el vacío. Somos todo y nada, palpitaciones, ritmos, inconsistencias.

Nos gustaba pensar que aquellas campanas eran un camino. Siempre que salíamos a jugar al bosque y el caer de la tarde se cernía sobre nosotros como una cera blanda, aquella voz aterciopelada nos indicaba que era momento de regresar. ¿Regresar a dónde? Nunca lo supimos, ahí estaba la magia. Aquella lengua tardía que invadía el llanto, la delicia, nos indicaba en cada rincón olvidado que podíamos recordar, ahondar en una tranquilidad que no era encendida sino con el rumor nítido del campanario.

Las campanas eran para nosotros suspiros y sabíamos que podíamos estar en paz, no por la religión a la que aludían los suspiros, sino porque a pesar de que su lenguaje era desconocido, lográbamos entender su poesía aún en el más grávido de los silencios. Había algo en aquella respiración distante que nosotros comprendíamos como nuestra. Se guarecía en el pecho su repique incesante, desembocaba en lo más alto del cuerpo. Plenitud; eso era todo lo que podíamos definir en medio de lo indefinible.

“¿Qué escuchas?” Me pregunta ella.

No respondo. Sólo cierro los ojos. Persiste en el párpado una ligereza inexplicable.

. . .

Ahora, mientras espero sentada con los oídos anhelantes, quedo muda. Imagino el pequeño templo con sus imperfecciones y sus agrietados lujos, me desintegro, vuelo. Algo se termina, pero no puedo comprender qué. Sólo lo sé, lo puedo sentir en los céfiros de la mañana, el aliento nocturno. Mi cuerpo se refresca. Escucho el campanario, abro los ojos, me deshago en su infinito celaje. Me siento caer.

Respondo:

“Es hora de volver, volver a construir.”

(Fotografía de: Alessio Albi)

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.