Nostalgia Circular

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Nostalgia Circular

Migrar fue sinónimo de muerte para mi corazón cobarde que se quedó en casa. Tenía la sensación de que nos estábamos dejando, de que faltaban ganas de encontrarnos, de que queríamos estar muertos aunque fuera sólo un poco. “¿Quién ha sido a la persona que más te ha dolido perder?” me preguntaron una vez. Rápido respondí: “A mí”.

He defendido desde entonces que se vale perder el sentido de vez en cuando. Es una de esas cosas a las que les busco los motivos porque ya pasaron. El caso es que, desde hace dos años, me he vuelto adicta a la nostalgia al punto de preferir las noches sin luna para poderla extrañar.

Se supone que el duelo tiene cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Se supone que perdemos la felicidad y la volvemos a encontrar. Pero no todos los duelos funcionan así: mi nostalgia es circular. Me hace sentir las etapas amalgamadas y constantes.

En el círculo de mi nostalgia, la negación es querer olvidar. El día que me fui de Venezuela publiqué un Tweet: “Los despegues me aterrizan”. No es casualidad que me haya quedado dormida justo antes de despegar.

Negarme es decirle a un muerto “No eras: eres” con la convicción de que es verdad. Es escuchar en el autobús una conversación ajena en la que alguien dice “la gente se muere” y reprochar el silencio “sólo si los dejamos de recordar”.

En el círculo de mi nostalgia, la ira es saber que hay que vivir con la herida en la piel y no querer. Es intentar escribirle una carta de despedida a la melancolía y no poder. Es la impotencia ante el insomnio, la cicatriz que hay que ver. No siempre elegimos libremente la recordar: a veces no lo podemos evitar.

Érase una vez un suicida en mi historia y la culpa que me come porque siento que lo pude haber salvado. Y si me dicen que es una etapa está bien, pero fue hace casi cuatro años. Ira es escuchar que otras personas lo lograron: “yo no me suicidé gracias al amor de un vivo”. Y su viva pude ser yo, pero al parecer a los muertos los amo mejor.

En el círculo de mi nostalgia, la negociación son destellos felices. Tuve un profesor que hablaba siempre de la palabra saudade. Significa algo así como melancolía alegre. A veces me pasa que al recordar me río. Otras veces sueño con el pasado y los perdidos.

Hay días en los que mi negociación consiste en creer en Dios sólo para que exista el cielo. Eso me calma.

En el círculo de mi nostalgia, la depresión es sentir el abismo. A veces me da la impresión de que la solución es hacer que el vacío me trague y deje así de ser vacío. Pero no pasa.

Depresión es el hueco en el pecho cuando veo la bandera de Venezuela colgada sobre la cabecera. Es la piel erizada que me arde cuando escucho Alma Llanera. Son los cachetes que se mojan sin permitir mediación de la razón. Es el recuerdo repentino que tambalea mis pasos. Depresión es lo que siento cuando escribo lo que Marcelo al leer describe como “sangre en papel”.

En el círculo de mi nostalgia, la aceptación es elegir vivir con el recuerdo y no a pesar de él. Es entender que la memoria opera en el ahora según cómo miramos hacia atrás. Aceptación es entender que somos rompecabezas de almas. Que somos un poco de lo que tenemos y un montón de lo que ya no. Es saber que la vida no se va a sentir nunca igual y no está mal. Me pasa cuando escucho de mi boca brotar un “¡Viva México!” y no entro en pánico por posible pérdida de identidad.

Mentiría si dijera que sé cómo pasar la página: me molesta la pretensión tácita de olvidarla. Porque si lo logro… ¿cómo entiendo el final? Mi nostalgia es un duelo circular en el que seguiré dando vueltas mientras el corazón me alcance, porque me regala una ilusión de eternidad.

Y es que al final del día, vivir es elegir cómo agonizar.

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.