Colaboración: Fabián no murió, lo asesinaron

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Colaboración: Fabián no murió, lo asesinaron

Ya no se a cuántas marchas he ido. Este lunes había una grande así que cuadré con un amigo para llevar bombas de pintura y estar al frente. Tuve que verificar primero que no habían alcabalas de donde las teníamos guardadas a donde íbamos a salir. Las metí en mi morral junto a la máscara, los lentes, el casco, el guante, entre otras cosas.
El principio de una marcha es muy optimista, hay mucha gente, se cantan consignas, gritas "Maduro coño de tu madre" un par de veces. Caminas y caminas mientras sientes la adrenalina poco a poco pasar por tus venas porque sabes lo que se viene. La primera señal es ver la nube de humo blanco a lo lejos, luego llegas a un punto donde la gente dejó de marchar y está siendo espectadora de la guerra. Te aguantas un momento para ponerte la mascara y todo lo ya mencionado, un momento para taparte la cara y proteger tu identidad. Empiezas a acercarte con el corazón palpitando fuertemente y un par de mujeres mayores te dicen "cuídate por favor" "dios te bendiga" "hijo protégete" y de vez en cuando te regalan un rosario o te echan agua bendita.
Llegas al frente y todo se mueve más rápido, estás pendiente de las bombas lacrimógenas para devolver las que puedas, te cubres detrás de los que tienen escudos de madera o latón, esperas a que la ballena ataque y se acerque lo suficiente para lanzarle bombas de pintura o molotovs y luego retrocedes. Así varias veces. Hay días que se aguanta más que otros, pero este lunes en media hora ya nos estaban corriendo a través de una cortina de humo.
Escapamos y después de un rato llegamos al distribuidor de Altamira, donde agarramos un terreno alto (el puente y los alrededores) y seguimos resistiendo. Nunca había decidido quedarme hasta tan tarde, normalmente después de que nos corren la primera vez ya me iba.
En el distribuidor pasaron unas horas de tensión en la que les lanzábamos piedras y ellos una que otra lacrimógena a nosotros. Así hasta que los guardias trataron de lanzarnos las motos por el puente para tratar de corrernos pero la resistencia fue fuerte y solo con piedras, escudos y un grito de guerra los hicimos devolverse a la autopista. Empezó a llover fuertemente lo cual le dio más coraje a los chamos porque eso disminuye los efectos del gas. Después de una media hora nos lanzaron las motos por segunda vez. Como nos había servido una vez los volvimos a correr aún con mayor fuerza. No tienes idea de como se siente correr bajo una tormenta con un escudo en una mano, una piedra en la otra y gritando al unísono con cientos de personas hacia la guardia nacional de tu país, pero esta vez los chamos tumbaron a un guardia de la moto, le quitaron la escopeta a otro y en medio de la locura empezamos a oír tiros. Empezaron a gritar "¡Están tirando plomo!" Todos echamos para atrás y me fijé como montaron a un chamo inconsciente en una moto para llevarlo a una clínica.
Pensé que ya era el momento de retirarse así que nos comenzamos a devolver hacia la plaza altamira por donde habiamos dejado el carro. Pensaba que ya se habia acabado todo cuando gritan que agarraron la plaza y vemos una linea de motos bajando hacia nosotros. Cuando te emboscan de esa manera deja de haber sentimiento de grupo o de trabajo en equipo, todos corren a donde puedan salvarse. Me pongo los lentes empañados y empieza la cacería de brujas.
Después de unas cuadras estábamos corriendo por la acera de una avenida cuando las motos se nos acercan por la calle. Vi como una se nos pega a un lado mientras corremos y el guardia que va atrás de la moto nos señala como diciendo "ellos" mientras nos apunta con la escopeta. Aún corriendo me estaba mentalizando para recibir un tiro de perdigón a quemarropa pero me doy cuenta que no termina de disparar porque estamos corriendo junto a un grupo de mujeres y hombres ajenos a la marcha.

La técnica que emplean es siempre la misma, cuando tienen a los chamos como a nosotros viene una moto y se para en toda la acera frente a ti para así rodearte. Cuando eso pasa nos lanzamos al primer cruce que vimos a la izquierda y en ese momento perdí toda esperanza al ver que lo que había era un callejón cerrado por una reja demasiado alta como para saltarla. Nos volteamos y el callejón está rodeado por cuatro motos cada una con dos guardias encima. Lo único que pensé en ese momento fue la arrechera que iba a agarrar mi papá cuando le dijera que me habían agarrado.

Lo siguiente pasa todo en apenas unos 6 segundos.
Uno de los guardias empieza a gritar "¡Salgan por aquí!" Señalando a uno de los lados de la acera. Lo primero que me vino a la mente inocentemente fue: "¿Será que este carajo nos está perdonando?" Pero al instante entendí que se lo estaba diciendo a un grupo de mujeres que habían corrido junto a nosotros. Les estaban diciendo que salieran por ahí para poder agarrarnos. En cuestión de un segundo nos lanzamos al hueco entre la pared y la moto por donde estaban saliendo y por milagro nos escurrimos junto a ellas. No se como no me agarraron por un brazo, ni si nos persiguieron después de eso, yo no volví a voltear, corrí como nunca había corrido en mi vida. Agarramos el siguiente cruce a la izquierda como a 20 metros de donde estábamos y al fondo pidiendo refugio a todo el mundo el encargado de seguridad de un pequeño centro comercial nos dice que nos vayamos al sótano.
En unos minutos nos encontrábamos sentados en un bar tomándonos una birra perplejos ante la suerte que habíamos tenido ese día. "Cuando no toca, no toca" pensaba. No soy muy religioso pero desde ese día cargo un rosario blanco que me dio una mujer antes de la marcha, siento que es más para recordarme de a que me estoy enfrentando.
"No se tiene suerte dos veces" me dicen, pero estas protestas no se pueden acabar y ya soy parte de esto, seguiré marchando hasta salir de esta dictadura. Porque ese día no me agarraron a mi pero si a muchos más como yo, y si hubiera sido al revés quisiera que ellos siguieran marchando por mi libertad.

Fabián Urbina. (17 años) El chamo que vi inconsciente en la moto no lo logró al llegar a la clínica. Ese día fue asesinado a punta de disparos por un guardia.

Miguel García