Niñas como papis

No ficción

Niñas como papis

Un cuento de disfraces sin Halloween.

“¿Te peino?” Levanto la mirada, tanto como los niños tienen que levantarla (a ese punto en que llega a doler el cuello), y viendo a mi mamá, asiento. En una mano sostiene una taza de té; en la otra, un cepillo y ligas.

Se sienta en el borde de la cama y me hace pararme enfrente. Estudio el suelo mientras ella batalla con los nudos de mi pelo largo y lacio. El dobladillo de mi vestido roza los dedos de mis pies, y juego a doblar ligeramente mis rodillas para que toque el suelo. Los tirantes se alargan hasta la mitad de mi pecho, y tengo que arrastrarlos hacia atrás para que me queden cómodamente. Mi atuendo no tiene mangas, por lo que los lados se frotan con la parte inferior de mis costillas.

Una voz infantil resuena por el pasillo: “¡Jezer! ¿Estás lista?” Vuelvo a mirar mis pies aún descalzos y una repentina urgencia vibra a través de mi cuerpo, a pesar de que el nombre llamado no es el mío. Solo reacciono a gritar de vuelta, “¡Tonina, no vengas!” Me tapo la boca con las manos, consciente de mi error. Estamos en personaje: ella es mi papá, a mí me tocó mi mamá. En la puerta aparece mi hermana seguida de mi papá. Él sostiene la cámara de video, registrando toda la escena. Mi hermana se ve notoriamente chistosa: el pantalón, dos veces su largo de piernas, se alza hasta sus axilas. La camisa le llega a las rodillas, y su pelo está recogido hacia atrás, peinada con agua, con lentes redondos coronando su traje. Trata de avanzar, pero los zapatos son demasiado grandes para seguir su paso.

“¿Cuánto te falta?”, exclama, fingiendo zozobra. Intenta cruzar sus brazos a través de las largas mangas de su saco, con poco éxito. Respondo un tímido “no sé”, y espero a que mi mamá termine de trenzar mi cabello. En poco, me declara lista. “¿Me puedo poner tu chal?”, le pregunto a mi mamá, sujetando la delgada tela en mis manos. Ella solo sonríe y asiente. Me calzo sus tacones: unas sandalias negras que se alzan unos cuantos centímetros. Suerte que siempre caminé en puntas de los pies, por lo que no tenía necesidad de apoyarme en ellos. Desfilamos, mi hermana y yo, al descanso de la escalera, dando órdenes de último minuto como suelen hacer los padres.

“¡Pueden ver monitos hasta las 12 de la noche! Y díganle a la Paty que les dé Hércules”, ordena mi hermana con satisfacción. Mi papá mira a mi mamá y murmura un burlón “de nuevo…”

Trato de pensar en la antítesis de lo que dirían mis papás al dejarnos una noche para salir a cenar, mas todo lo que se me ocurre me resulta demasiado inocente, por lo que declaro: “Pueden dar una fiesta, pero solo por un ratito.” Pienso qué más decir, sin mucho éxito. Mi hermana asegura que volveremos a las siete y media de la noche, a lo que mi mamá, en personaje, responde preguntando la hora.

“Las siete y media de la noche”, replica mi hermana, aun mordiéndose los labios para impedir una sonrisa.

Desfilamos escalera abajo, cuidando no tropezar con los ropajes múltiples veces nuestra talla. Nos reímos de manera descontrolada, y mi papá intenta mantener quieta la cámara, pero las sacudidas continuas de su carcajada no ayudan.

“Chao, chao”, nos despedimos al unísono. “No se duerman muy tarde”, dice una; “Volvemos en un ratito”, la otra. Ambos intentan mantener la seriedad mientras nos miran marcharnos.

Cerramos la puerta detrás de nosotras, saliendo a la noche fría y oscura. Nos paramos, riéndonos disimuladamente: uno de esos momentos de complicidad que solo los hermanos tienen. Sin realmente ir a ningún lado, nos damos vuelta hacia la puerta.

“¿Tú tienes las llaves, verdad?”, digo, nerviosamente, pensando que nos quedaremos afuera para siempre.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.