mujeres machistas

No ficcióncrítica

mujeres machistas

Un recuerdo. Tenemos trece años. Estamos en clases. La profesora dice que a los hombres no les gustan las niñas que dicen garabatos, las prefieren educadas y tranquilas. Nos lo dice a nosotras, un curso conformado exclusivamente por mujeres comenzando su pubertad, revolucionadas por la atención masculina.  Quizás la profesora tenía buenas intenciones, educarnos a su manera, o tal vez hasta de verdad quería que tuviéramos éxito con el sexo opuesto. Pero el mensaje implícito fue; no digas garabatos, no porque no quieras, sino porque a los hombres no les gusta. El mensaje implícito era que había que darles el gusto a los hombres.

Quizás ahí fue cuando comenzó todo. Quizás había comenzado hacía tiempo y no nos habíamos dado cuenta. La cosa es que no puedes analizar realmente una situación cuando aún  estás inmersa en ésta, necesitas distancia.  Necesitas perspectiva.

En aquellos tiempos vivía por inercia, como si hubiera una orden natural que manejara el curso de las cosas y uno no pudiera hacer nada. Entonces hacías lo que todos hacían, te vestías como todos se vestían, hablabas como todos hablaban,  te peinabas llenando tu pelo con horquillas.

Y de repente  llegaron las fiestas. Aquellas fiestas en un colegio privado, a la que van alumnos de otros colegios privados, en las que no se permitía alcohol y las que  terminaban a más tardar a las dos de la mañana. Esos eran los tiempos en que se hablaba de “los hombres” como unos seres aislados, casi míticos. Al estar en un colegio de solo mujeres,  al entrar a la pubertad el sexo masculino era algo abstracto y era fácil caer en glorificarlo. Y aquellas clásicas fiestas de colegio era una de las pocas oportunidades para comenzar a intimar con “los hombres”.

Hace poco, una amiga del colegio, ahora de veinte años, me comentó la ansiedad que le provocaba dichas fiestas. Porque una iba a la fiesta con un objetivo, que “los hombres” te sacaran a bailar, y si aquello no ocurría, podías considerar tu noche un fracaso. Ella me comentó el estrés de arreglarse, elegir ropa, intentar verse bonita, porque si no te sacaban a bailar, significaba que no te encontraban linda. Y de repente comenzamos a ver quiénes eran las más solicitadas para bailar y a querer estar con ellas en las fiestas, al mismo tiempo que se empezaba a dejar de lado a las que no tenían mucho éxito. De pronto, las que recibían la atención masculina habían adquirido un nuevo y extraño poder.

Y así fue como empezamos a clasificarnos, juzgarnos y valorizarnos según la aceptación que teníamos del sexo opuesto. Claro que eso se hacía sin pensarlo realmente, sin darse cuenta, poco a poco naturalizando aquella manera de pensar. Aquella práctica se volvió muy común, y trajo también efectos colaterales; competencias, problemas de autoestima, complejos, depresiones  y desórdenes alimenticios, entre otras pequeñas cosas.

Quizás, y yo creo que es lo más probable, los hombres de nuestra edad no tenían la menor idea de cómo los cosificábamos. Quizás ni nosotras la teníamos realmente, era algo que parecía inherente en la realidad.

Se medía tu valor como mujer según tu éxito con los hombres, los amigos que tenías, a cuánta gente de los colegios privados de moda conocías.

Y así se crearon las jerarquías, quienes eran mejores que otras. Quienes tenían el derecho a juzgar y bajo cuáles preceptos. Y mierda como juzgaban. La primera vez que experimenté el machismo, fue en un colegio solo para mujeres. Ahí fue la primera vez que me sentí examinada y juzgada.

Creo que aquella idiosincrasia propia de aquel colegio en que estuve nos marcó y afectó de diferentes maneras. Yo por ejemplo, decidí aislarme, distanciarme de aquel juego que no me gustaba. Y por lo mismo, nunca fui considerada realmente una igual por el resto. La Amanda no va a fiestas, la Amanda no pololea, la Amanda es rara,  la Amanda no es nadie. Era como si toda mi identidad se anulara completamente por no actuar bajo los parámetros pelolais de aquel ambiente.

Pero no quiero endemoniar al resto. Creo que todas fuimos víctimas de nuestro entorno. Todavía, ya llegando a las veinte primaveras de edad, algunas de mis antiguas compañeras se valoran según su relación con los hombres. Todavía hay algunas que, a pesar de ser inteligentes, divertidas, talentosas y un millón de cosas buenas más, se sienten en menos por no tener un hombre que las pesque. Todavía hay compañeras que controlan lo que tienen que decir, que no decir, cómo actuar, para gustarle a un hombre. Secuelas de aquellas enseñanzas del colegio.

Mujeres juzgando a  las otras mujeres. Mujeres compitiendo con otras mujeres. Mujeres viendo a otras mujeres como rivales.

Por más propaganda feminista que se haga, si no se cambia aquello no se llegara a ninguna parte.

Amanda Teillery

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé