Mosquito.

No ficciónmemoria

Mosquito.

Tenía ganas de dibujarte para sentirme mejor, como si fuera una persona talentosa triste de las películas que retratan a su ex solemnemente para ayudarles a cerrar un ciclo, pero mi falta de talento hace que tengas cara de pendejo en mis intentos. Me hace sentir mejor. En la vida real eres ultra guapo, pero tal vez deba buscar guapura en otra parte.

Tu recuerdo es como un mosquito que pulula alrededor de mi cabeza. Ahí está, siempre sonando y cuando me relajo un poco, no lo hago completamente, porque sé que puedes regresar. Siento que todavía te estoy escuchando a lo lejos y PUM, llega clarito un recuerdo de ti. De repente te acercas, tan cerca, y duele. Es también irritante, como el pinche mosquito que quiero cerca, porque añoro cada recuerdo. Me pongo a ver fotos de ti y te busco en Instagram y así andas cerca. Será que soy masoquista que disfruto de la compañía de un mosquito.

Te vi y tenías los ojos llorosos. Al principio no. Al principio te alcancé en el cubo (un lugar de comer en la universidad) y te agarré la mochila (tenías tu brazo inmovilizado) y me dijiste que no querías que te tuviera lástima. Me sorprendió eso porque no te tengo lástima. Nos sentamos a comer, ahí sí tenías los ojos llorosos, y te pregunté qué pasaba. Decías que ese no era el lugar para llorar, era para comer. Me sorprendió como eras categórico para ocultar tus emociones.

Hoy le puse pasta de dientes a tu cepillo por accidente. Estás presente en mi vida aunque no estés.

Ayer hablé con mis ganas de verte y buscarte y abrazarte. Me dijeron que estaban ahí porque te extraño, pero también porque le tengo miedo a estar sola, osea que le tengo miedo a la muerte. Me dijo que íbamos a estar bien y que lo ideal era mantenerme ocupada cuando me dieran ganas de verte. Hoy leí y así no te busqué para ir a la terraza (otro lugar de comer) a verte desayunar. Luego hice trampa y busqué tu ubicación en el mapa.

Pronto se me acabarán los datos de tus eventos y sólo me quedará imaginar lo usual. Que nadas. Que juegas videojuegos. Que haces diligencias y manejas en tu carro.

Estamos en la misma clase y ponen el video de movimiento de Jorge Drexler y dice “Si quieres que algo se muera, déjalo quieto”. Una amiga me dice que una herida sana más lento si la sigues tocando, y también duele más. Estoy pensando en dejarte quieto, matar nuestra relación y sanar mi herida.

Ayer chocaron el carro en el que iba, fue un golpe muy ligero, pero me asusté mucho y me puse a pensar que me podía morir sin haberte hablado por algunos días. La idea me pareció tan triste que te escribí un correo. Cuando no me respondiste decidí matarte, porque el tú del que estaba enamorada ya no existe y no puedo pretender que sí. Es mejor así, plantea la facilidad de que ahora es imposible la ilusión de regresar y que sea como antes.

Todos los días pienso en ti por alguna pendejada muy particular, es como si te estuviera buscando en mi cotidianidad.

Voy deshojando mis recuerdos de ti en todas partes, como las jacarandas.

Estuve un rato hablando demasiado de ti hasta que me dijeron que hablaba demasiado de ti y eso me funcionó porque no me había dado cuenta de lo irritante que estaba siendo, tan irritante como mis constantes pensamientos que te involucran. Mi mente se harta de mi poca creatividad y mi obsesión de solo pensarte. Y te pienso y no te veo y te pienso obsesivamente y se va desdibujando tu cara y tu voz es cada vez más bajita y las cosas que dices son frases repetitivas que siempre decías y las repito en mi mente y terminas volviéndote como un juguete de botón que repite siempre lo mismo, te vuelves un personaje plano repetitivo, una canción que se deforma, un dank meme, los videos de bee movie de cinco horas y tu cara se deforma y tu cuerpo se deforma y tu voz se deforma y tú ya no eres tú, eres algo perteneciente a unos recuerdos que cada vez que pienso se deforman más. Ya no existes y yo, la que te conoció, tampoco existe.

Compartimos clase todos los viernes y el viernes pasado te sentaste a mi derecha y sentí como si mi amigo imaginario se hubiera materializado al lado mio. Pero a diferencia de mi amigo imaginario, no me veías a los ojos, y además tenías gripe. Había una distinción, al fin, de mi personaje plano y muerto. Tu enfermedad te volvió un ser humano real. Al final de la clase me regalaste unos churritos de amaranto y hablamos como por dos minutos acerca de nada y no lloré tanto como las últimas veces que te vi porque ya mi cuerpo se va acostumbrando a no estar cerca tuyo y mi cerebro está tratando de generar nuevos caminos que no lleven siempre hacia ti.

Me bloqueaste de whatsapp pero fue como por uno o dos días porque ya estoy desbloqueada y me sigues buscando. Me mandaste un post en Instagram y me mandaste un par de correos por gmail pidiendo favores y ambos tenemos nuestras ubicaciones en Google Maps. Tal vez debería quitarte mi ubicación pero ver la tuya me hace sentir que estás vivo en alguna parte, aunque no seas tú sino otra versión de ti. No tengo excusas válidas para dejarla pero tampoco quiero quitarla.

Sigues existiendo pero de manera tan distinta que te vuelves una persona aparte.

Estoy sentada en una mesa y te veo detrás de mi hablando con otras personas y decido evadir tu mirada. Cuando me paro, voy a saludarte. Para mi sorpresa, me das una carta. Voy hacia mi clase, y antes de entrar, leo la carta. Lloro porque dices que quieres regresar y que tal vez te equivocaste en terminar conmigo. Tal mosquito, vuelves justo cuando pensé que no vendrías.

Regreso a ver qué aprendo con las nuevas picaduras de mosquito.