Miedo al retorno

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Miedo al retorno

La infancia es toda el agua, no hay pérdida más grave
y más feliz
que conocer el mar.

Me daba miedo regresar. Últimamente ella ha estado un poco enferma y me daba miedo reencontrarme con aquella sensación de incertidumbre que sellaba mi pecho. Cuando estuve lejos, la distancia me recogió en su viraje y de pronto comencé a sentir que iba a la deriva de un navío que no buscaba destino alguno, tan sólo resentir el silencio, el agua hidratando su cuerpo. La incompleta marea me llevaba en su sigilo, me hacía respirar y sentir que estaba suspensa en una tierra alterna, en un lenguaje que no acostumbro suspirar. Sí, me gustaba mucho imaginarme que mi existencia en el mar se convertía en ese espacio alterno donde no había fin ni frontera, tan sólo el consistente paso del oleaje arremolinado en los huesos, en la piel distendida sobre la cama cristalina. Miraba el cielo, la elegancia casi imperceptible de las estrellas remojando mis párpados con su centelleo inconstante y no podía más que sentirme plena, tan llena de asombro y consuelo. Me daba mucha calma sólo entrever la profundidad azulada con la que se reflejaba su brillo y penetraba la opacidad del mar. Sin embargo, entre mis dedos se deslizaba aquella preocupación inédita que era incapaz de verbalizar. De algún modo, me sentía atada de las manos porque entendía que estaba lejos y disfrutaba mucho esa lejanía desenrollada en cada fragmento de piel, pero al mismo tiempo en mis sueños se postraba aquella figura oscura que yo no podía nombrar. ¿Ansiedad, preocupación, temor? No lo sé. Quizá es sólo un sentimiento nuevo que no había podido definir.

Tiempo después comprendí que sentía empatía por el agua a mi alrededor, la liquidez, la infinita moción de las olas irregulares buscando atracar en la arena, en un puerto desconocido o quizá en otro cuerpo inusual. Miraba la espuma que brotaba de las olas y encontraba una cierta fascinación por el cómo de pronto el cúmulo níveo de burbujas se ocultaba y sin aviso volvía a recrearse en la superficie nebulosa del mar. Me llamaba la atención cómo el barco entrecortaba la espumosa blancura y no podía más que imaginar su textura. Sentía empatía por la espuma, por las burbujas, los céfiros decadentes que de a ratos acariciaban mis mejillas, por el color ilusorio del agua y su incierta transparencia. Porque estando allá, yo me sentí tan transparente, como si la luz fuera capaz de atravesarme, como si me convirtiera en ventana. Con ella, me siento como una ventana que permanece abierta, donde la luz, el espacio, la marea y la sal se adentran en mí con una familiaridad afín que soy incapaz de comprender y que no busco comprender. Ella no ha estado bien y el miedo que me invadía allá en aquel universo alterno donde las estrellas se acostaban en mis ojos, es el miedo que de repente regresa a mí ahora mientras la miro a ella como miré el cielo cada noche. Siento empatía por su mirada y su debilidad, por su vulnerable verbo, su cuerpo intermitente. Ella es mi mar, profundizo en sus ojos y me siento plena, infinita. La encuentro en la simplicidad, en la calma inmarcesible que se desata como un día de otoño donde la caída y el derramar conciso de las hojas me lleva, o quizá como un día de verano: calidez y brisa morena.

Ella es la mujer a la que más admiro, porque jamás había encontrado en otra persona la peculiaridad que la define: en ella pude ver mi infancia y mi vejez, ambas coexistiendo como en una realidad paralela. Me mira como a través de una ventana; como si en mí ella reconociera lo que ha sido su muerte y su vida. Me daba miedo regresar, porque no quería reconocer que cuando la miro a ella, me miro a mí misma. Espejo.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.