Mi partido es los cínicos

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Mi partido es los cínicos

Un maestro señaló, en una clase, la obsesión mexicana por techar. “¿Han visto esta manía por techar todos los patios?”, decía agitando las manos; una manía por cerrar la arquitectura anterior, lo que los deja en una brecha entre un espacio interior y exterior. A esa imagen yo la comparo con la manía local por institucionalizar. Hay cada entidad administrativa y cada puesto para cada cosa, un entramado burocrático enredado e interminable para lo que sea. Más de una vez buscamos en un índice o preguntas frecuentes alguna respuesta para la duda que apremia, para terminar pasando de un ejecutivo a otro, dando vueltas por el menú telefónico.

Se trata de una observación de carácter. Hace un año, mientras me enseñaban historia de México –desde México Antiguo hasta aproximadamente Lázaro Cárdenas–, el maestro daba saltos en el tiempo para entender la actualidad: es decir, la tremenda maraña que enreda toda la estructura del país. Nos explicaron cómo los nudos se fueron apretando y la guerra contra el Narco: los partidos, los gobernantes, los cárteles, y el momento en que todos ellos pasaron a ser lo mismo.

Y por dónde empieza el cambio, dije, o pensé, y ese pensamiento siguió dando vueltas por mi cabeza y tomando lugar en cada rincón. En esta tierra tremenda, entre los riscos y la sierra; entre la selva y los bosques y en medio del desierto; entre tantas carreteras y tantos pueblos con nombres parecidos cuyas sílabas cambian de orden y se escapan de nuestras cabezas, o se camuflan bajo los prefijos de nombres de santos abandonados como San Juan; entre todos los patios techados que dejaron de estar a la vista, pero tampoco son parte de algo. Entre todos los huecos tapados.

Pero quizá es la insistencia en el cambio como un camino que de repente florece lo que nos hace más ciegos al final. Existe una prevalencia de la idea del candidato perfecto aunque la escena no lo favorece. Buscarlo impulsa a los discursos cerrados, las ideas preconcebidas y los símbolos estáticos, pensando que existen enteros cuando solamente tenemos bloques quebrados. No creo que nos toque ver que se refortalecen ni cómo brotan nuevos. Nos tocó algo más duro: verlos caer.

La derecha, la izquierda y el centro son símbolos cuya consistencia caducó. No estamos seguros de qué significan siquiera, y si las elecciones en México algo prueban, es que difícilmente en los partidos conservan las ideas que los identificaban antes –el Frente, por ejemplo, con aquella extrañísima unión entre el PAN y el PRD–. Se tratan de nombres que se modifican con su contexto, donde para unos (especialmente en habitantes del Cono Sur), la derecha simboliza terror, mientras que la izquierda lleva el adjetivo en otras partes (por ahí en otros lados de Sudamérica). Y aquí ambos fueron una coalición, hablando de títulos, dado que es fácil dar nombres y asumir un todo de un solo concepto, de la misma manera en que se lanza “populismo” como migas para palomas (y ahí van todos volando, comiendo del pan que sea).

No digo que se trate de un cinismo inactivo; todo lo contrario, debemos ser los cínicos más involucrados. No voy a mentir, hay cosas que se quedan, la idea de la derecha me da roña. Pero quiero entender las maneras en que funciona el pensamiento de aquellos que divergen del mío, y prefiero asumir de casualidad cuando encajan con algún personaje mis tendencias izquierdistas que no tienen nombre: no, no se llaman Morena, Partido del Trabajo, Partido Socialista, Nueva Mayoría o Frente Amplio, ni tampoco “chaira” o “comunista” (aunque me intentase molestar el maestro de Etimologías llamándome la primera en quinto de preparatoria, y yo solo asentía, pues no me ofende y así no me cierra a su idea).

Pero cínica sí. Tampoco digo que no se pueda creer en un cambio o algo mejor, sino que “cambio” está íntimamente ligado con la idea de un mejoramiento estelar instantáneo, y en esta cuadra sobretechada lo veo difícil. Así que cínica en el sentido de escéptica que lleva a ser crítica, porque no basta con creerle a las estructuras a medio caerse y tratar de poner un palo para que se mantenga en pie y una lona para esconder las fisuras. Soy cínica frente al “cambio” porque suena a remodelación, y el tejido está demasiado enredado para entender y remediar donde se escaparon los puntos.

Creo en el desencanto, en el que hace rasgar los tapices y mirar adentro de las grietas. El que hace levantar los techos y causa que los patios salgan a la vista y que la lluvia estropee los interiores. En espacios abiertos y no conceptos cerrados, y en que lo único que nos tocará de algo mejor será imaginarlo, porque primero está la tarea dolorosa de ver todo lo demás caer. Pero hay un privilegio en poder ver dentro de edificios abiertos. Una transparencia que desgarra, pero que no esconde. Huecos destapados, fosas encontradas, todas las tramas que se escondían en construcciones techadas.

La claridad rasga y duele. Deshacer nos dejará deshechos. Y menos mal, porque cada día hará más falta mentes sin tramas ni conceptos únicos, si un día queremos que exista algo distinto. Algo nuevo.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.