Mi diagrama arquitectónico

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Mi diagrama arquitectónico

Por alguna extraña razón, el día de hoy me acordé de una frase que me dijo mi padre hace algunos ocasos. Era un típico verano del 2000 en los Viveros de Coyoacán. Recuerdo lúcidamente cómo caían dulces hilos de luz sobre nosotros, las ardillas visitando niño tras niño en busca de los cacahuates más suculentos, y de los árboles sublimes que tapizaban los párpados de todos, en la atmósfera se podía percibir una esencia poética digna del premio Nobel. Ahí nos encontrábamos mi padre y yo jugando básquetbol. Al verlo pude ser testigo de su tierna mirada paterna, llena de amor, ilusión y respeto, porque veía a su hijo de cinco años encestar en una canasta que le llevaba unos 2 metros de ventaja. Lo que él presenciaba cuando su hijo metía una canasta tras otra era a David ondeando su honda y lanzando la piedra que recibía Goliat en medio de sus ojos. Tal era la precisión de mis tiros, que el gigante fue cayendo lentamente como el silencio que genera un árbol a la mitad del prado. Yo al volver a ver sus profundos ojos negros podía notar el destello que salía de ellos, ese destello que caracteriza al 90% de los padres que creen que sus hijos serán el próximo Cristiano, Messi o Jordan de su generación y que los van a llenar de orgullo y riquezas o mínimo que van a pagar su Porsche y asilo rodeado del dulce y caótico mar de Miami.

Al terminar mi pelea con el gigante bíblico, mi padre se acercó y sintió la necesidad de volver ese momento, en una de esas típicas escenas de películas o telenovelas entre padres e hijos, donde el padre va a llenar a su hijo de una sabiduría que cambiara su vida y que es tan valiosa que romperá las barreras del tiempo para poder llegar con sus hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de sus hijos. La frase que me tocó a mí fue “Negro, tu cuerpo es tu templo más sagrado, cuídalo mucho”. Para ser sincero, no entendí un carajo, yo sólo asentí y puse cara de que esa frase me había cambiado la vida, pero lo hacía porque quería que me comprara cacahuates para poder seguir la tradición del asistencialismo de ardillas. Mi padre compró mi expresión y, pensando que me había dejado una frase para mi legado, se fue muy contento a complacer mis caprichos.

18 años después, me vuelvo acordar de esa frase y me doy cuenta de que es una maravilla, el cuerpo es como un templo, y en lugar de visitar a Juan pestañas, me puse a pensar en la frase que me había heredado mi padre.

Primero que todo me pregunté, ¿quién diseñó mi templo? ¿Qué materiales usaron? ¿Por qué motivo lo construyeron? Así que tuve que empezar con los arquitectos de mi fachada: mis padres. En unas vacaciones en Costa Rica, fue que decidieron empezar a hacer mi diagrama arquitectónico, lo que me parece impresionante, es que ellos me diseñaron de una manera azarosa, sin control ninguno sobre su creación más importante (en ese momento era lo más importante de mi madre porque no había nacido mi hermanita, y de mi padre el segundo porque tenía una media hermana mayor) y todo arquitecto está atado, en ese sentido, al verdadero jefe: la genética, y él hace lo que quiera con nuestros templos, pero nadie está consciente de ello y hacen como si tuvieran el control total sobre la fachada de sus hijos, como si ellos pudieran decidir cuánto puede medir, el color de sus ojos, de tez, que mejor no se parezca al famoso tío Javier porque era muy feo. Nadie tiene control de ello, pero me imagino que es mejor pretender que sí puedes diseñarlo, se debe sentir padre jugar a Dios aunque sea nueve meses.

Otra cosa que me parece muy interesante es que, antes de mis padres, hubo muchos arquitectos en los que se inspiraron para su diseño final; por parte de mi madre estaba la firma Cházaro, proveniente de las lejanas tierras de Drácula y que por miedo a este decidieron venirse a México y encontraron sus segundo hogar en las cálidas aguas del río Papaloapan. Ahí decidieron volver su firma más grande y juntarse con los Jarochos de la zona, y así sucesivamente, pasaron africanos, franceses, chilangos, menonitas, más jarochos y cientos de empleados más, hasta que cientos de años después dieron con mi madre. Por parte de mi padre, no tenemos que dar un salto al otro charco, su firma de arquitectos "Ríos" proviene de las hermosas tierras de Oaxaca, particularmente de la sierra de Zoogocho, lugar famoso porque los niños aprenden a solfear antes que leer. Mi abuelo, el más infame de los arquitectos, decidió buscar expandir su firma a la ciudad de Oaxaca; encontró a muchas prospectas, pero al encontrar a mi abuela decidió que quería crear dos templos con ellas, lo que mi abuela no sabía es que al terminar estos dos proyectos, mi abuelo renunciaría a la firma y nunca más lo volvería a ver. Todos estos eventos y miles más de los que no tengo conocimiento, que fueron diseñados por los arquitectos más famosos de la historia de la humanidad, el azar, coincidencia, destino o como prefieran llamarlo tuvieron que pasar para que mis padres se encontraran y decidieran empezar la obra negra que terminaría siendo yo.

El 8 de octubre de 1995 pusieron la primera piedra. Al principio, ellos también fungían como albañiles, pero le fueron pidiendo ayuda para mi construcción a familiares, maestros, libros de maternidad, Cri – Crí, Disney, Mozart y los Pumas para que ayudaran con el proceso. Tuvieron muchos inconvenientes en lo que yo iba agarrando forma, la estructura tuvo muchos problemas, tenían que resanarme todo el tiempo, que si me había enfermado, que si no quería comer, que si lloraba, que si no crecía como debía crecer, que si no caminaba como los demás niños, que si casi termino incompleto como la Sagrada Familia por caerme de un segundo piso, por suerte mis padres supieron sobrellevar todos estos desastres naturales, supieron cómo tapar todas esas grietas, malos trabajos de albañiles, cambios de estructuras, terremotos, lobos feroces que gustaban de derrumbar casas con soplar muy fuerte.
Pudieron vencer todo y 18 años después por fin el templo de su hijo se había desarrollado por completo, el complejo Santiago Guillermo Ríos Cházaro medía 1.68, de tez morena, con un frondoso árbol negro en forma de afro que cubre todo el techo, bien proporcionado, nada de que se inspiraron en el cubismo, sin problemas de pie de puente u otro mal absurdo que se le parezca; de hecho, muchos críticos de arquitectura los felicitaron por su magnífico trabajo (o eso es lo que me dicen para hacerme sentir mejor). Y era hora de pasar la administración a moi.

Yo en realidad nunca pedí que me construyeran, pero ni modo de recriminarles tantos años de esfuerzo, así que no tuve de otra más que tomar las riendas. Ahora era mi responsabilidad mantener en óptimas condiciones el mayestático templo que habían levantado. Todos estos años no he hecho un buen trabajo, es más, creo que he tenido el mismo rendimiento que el sexenio de Peña Nieto, así de triste. Primero empecé a utilizar la chimenea por primera vez y me la paso fumando más que James Dean, sólo que a él los doctores se lo recomendaban. El interior se ha puesto negro y putrefacto por el carbón, además de que se impregnó un olor que no se lo deseo ni a mi queridísimo presidente. Luego, todos los fines de semana abro mis puertas para celebrar fiestas paganas dignas de Dionisio que llenan el edificio de dulce néctar de Bacardi Blanco, a tal punto que toda la semana quedan goteras. Se baila en exceso, provocando temblores que dañan la estructura. No como bien, dejo que mis peregrinos sean creyentes de McDonalds, tacos de canasta o Coca-Cola.
El horario de visitas es terrible, siempre dejo toda la noche abierta las puertas, y duermo en promedio unas cinco horas.

Para acabarla de molar, no le doy el mantenimiento que merece. Antes hacía ejercicio diario, pero de tantas grietas, goteras, moho en las paredes, oxidación de varillas, etc, decidí posponerlas. Y cuando trato de volver a repararlas, lo dejo a la mitad, dejo que empeore más. Soy un pésimo administrador y lo peor es que soy consciente de ello, deberían hacerme juicio como a todos los políticos del caso Odebrecht o exiliarme por ases fechorías más grandes de las que han salido de la boca de Vargas Llosa los últimos años. Yo merezco la mayor de las condenas.

Lo que más me parte el alma, es que mis padres son conscientes del daño que le he hecho a su David. Lo peor de todo es que mi padre perdió por completo ese destello de sus ojos, está consciente de que no va haber Porsche o asilo producto de mis hazañas en el coloso de Santa Úrsula o en el Palacio de los Rebotes.

A pesar de todas estas desgracias, yo he podido sacar mucho jugo al templo que construyeron con mucho esfuerzo, dedicación, sudor y amor mis padres, y los demás albañiles que fueron parte del proceso. Y a todos ellos les doy mi eterna gratitud, por haberme dado el regalo más hermoso que uno puede recibir en esta vida, un cuerpo en su máximo esplendor, sin ninguna falla de la que realmente me pueda quejar.

Ahora que soy consciente de lo que significa la frase de mi padre, espero hacer un mejor trabajo como administrador. Hacer una remodelación completa, empezar a regular las fiestas paganas, cerrar la chimenea por un rato, cambiar el Bacacho por ríos de agua, intercambiar los peregrinos creyentes de los McDonalds y grasas saturadas en devotos de una comida balanceada que mínimo incluya una hoja de lechuga y volver a lo que generó que escribiera todo esto, a esas tardes en los Viveros donde mayor provecho le puedo sacar a la máquina más perfecta en la faz de la tierra, algo que me encanta por cómo purifica tu templo y alma (vaya que lo necesito). En una de esas no he perdido el toque de tirar gigantes con una honda y todavía este a tiempo de volverme el Michael Jordan que todo el Multifamiliar Miguel Alemán esperaba. Todavía no pierdas ese brillo en tus ojos, padre. El Porsche y el asilo no están del todo perdidos.

Santiago Ríos