Mi abuela

No ficción

Mi abuela

Mi abuela octagenaria paseando a mi perra de 10+ años. Las dos moviéndose lento, pesado, caminando una cuadra y devolviéndose. Fueron compañeras inesperadas, que por alguna razón se encontraron y aprendieron a convivir. Cuando dormimos a Nala pensé mucho en mi abuela. ¿Ahora quién la iba a acompañar?

Cristina se para a las 6 de la mañana a diario a hacerse un café. Es inquieta y siempre tiene que estar haciendo algo. Lava los platos, riega el jardín, sale a caminar, lee. Se lamenta: ella pensó que su vejez sería otra. Ella iba a vivir en su país, cerca de sus hijos y nietos. Un día salió de vacaciones a visitar a sus hijos y fueron ellos los que le plantearon que ya no era buena idea regresar. ¿Cuántas abuelas tenemos regadas por ahí? Esperando a sus hijos, arrancadas de sus tierras. Con ayuda de sus manos, enumera a sus hijos y las ciudades en las que están viviendo. Luego te dice cuándo fue la última vez que habló con ellos y qué les está pasando. Le importa mucho la unidad familiar y estamos todos separados. Vive pegada a los noticieros de Venezuela. Se mueve de cuarto en cuarto con su celular escuchando atentamente. Se sirve una copa de vino y me ve con mirada pícara. “Tú no regañas a tu abuela cuando la ves tomar un vino”, dice, a lo que yo siempre le respondo “¿Para qué? Si eres inmortal”. Me ve con pánico y pide en alto que por favor no. Dice que ya fue suficiente.

Me siento tensa cuando decide recoger la mesa y equilibra los platos con los vasos de vidrio y los cubiertos. Es como yo, avara y floja: lo carga todo a la vez. Suena un estruendo cuando los mete al fregadero. También es como yo: terca. Heredé su nombre y un par de sus manías.

Es extraño pensar en todo lo que vivió para llegar hasta aquí. Una vez llenamos juntas unos de esos libros de preguntarle cosas a tu abuela. Después de un rato se cansaba de responder. Decía que por qué tenía tanto interés en su vida. Ahí descubrí que de pequeña le llamaban serrucho, y que era muy traviesa. No se llevaba muy bien con sus hermanos y una vez les cortó las pestañas. Los pobres no podían cerrar los ojos. Me contó del barranco al final de la cuadra en el que se asomaban a ver si había algún muerto. De cómo era amiga de los amigos de su hermano y se subía a las azoteas a jugar con ellos. Estudió medicina. Se casó con mi abuelo Pepe. Tuvo hijos. Enviudó. Viajó mucho. Y ahora su nieta escribe esto en internet.

¿Mi nieta va a escribir algo de mi en internet? Mi actualidad en un futuro a mi nieta le parecerá vieja. Me pondré como una pasita, no sé dónde viviré, ni qué haré. Pero pensaré en mi abuela, en cómo me dice que voy a vivir mucho porque lo heredé por los dos lados. En el café que se prepara cada mañana. Y en su mirada.

Nadie nos habló de la vejez. Se invisibiliza, se aparta e ignora a los viejos, se glorifica la piel sin arrugas. Nos recuerdan que vamos a morir. Que vamos a necesitar ayuda.


Rendición no. 2 : vejez