Me creces en el pecho

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Me creces en el pecho

P, cuántas veces te he escrito, cuánto te pienso; tantas palabras tuyas que se han hecho mías en mi verbo desmayado. Tanto que quisiera mirarte, tocarte, escuchar tu voz tan ligera desdoblándose por mi piel distante y alumbrada.

Hoy, sin embargo, te escribo porque desde el día en que te fuiste no había podido escalar un árbol. Quizá no lo había hecho por temor a sentirte tanto, o saborear tu recuerdo con los dedos como solía hacerlo antes de tu partida. Tu invisible trazo se calca en mi mar, en mi bosque, en todos los lugares que soy y que tú estás. Te escucho murmurar en mi sueños como si de pronto tu cuerpo se hiciera secreto veloz y vivo que carcome la lumbre en que me encuentro, te encuentro. Escalé un árbol y descubrí que una vez más me inscribí en la caricia de tu piel, en la corteza firme y vieja de tu presencia. Deslizaba mi mano enternecida por las hendiduras y los dobleces del árbol y sentía que cada vez más profundizaba en tu ausencia, en tu cálido e invisible tacto que besaba el mío conforme los dos sin buscar comprender, nos desnudábamos. Y así, en esta vulnerabilidad, en esta piel tan expuesta y este sabor tan delicado y dulce entrevisto en mis labios es que te llamo, murmuro entre los hilos de luz y sombra lo mucho que te extraño, que te siento tanto crecer en mí.

Escalé una voz que me pareció tuya, una nota, un guiño en los ojos que se asimila tanto al que tú tienes ahora. Recuerdo que me gustaba leerte en voz alta, subirme hasta la copa y recordar tu recuerdo, desnudar, dislocar. Hay veces en las que paso por el que solía ser nuestro espacio y no puedo evitar sentir que me cortaron algo. Que el día en que te fuiste, te llevaste contigo mi raíz, mi tallo, el deslave de hojas renombrando la tierra con tu desvelo y dulzura, mis ramas entrañadas en tu verso. Ese día, creí que había dejado de crecer. Creí que ese verdor tan peculiar en que se esconde tu reflejo se desvanecería con el tiempo. Pero hoy te miré mirarme y me sentí bosque otra vez, te miré mirarme y me sentí mía.

Te escribo hoy porque sentí mi infancia, porque mientras corría y reía y volaba por la maleza dormida, yo despertaba. Te escribo esto porque escalé tu cuerpo, porque le entregué mi llanto y mi risa al cielo, a la ligereza oculta en el viento, porque renací en mí, en ti, en la corteza que se deshace con cada toque y con cada sueño suave que nos llueve y acoge.

Te escribo porque quiero contarte que creo que me enamoré y que aún estoy enamorada. Se siente tan bonito.

Te escribo porque quiero decirte que estoy leyendo un libro de poesía que te gustaría.

Te escribo porque el otro día que me miré, no pude reconocerme y me sentí extraviada.

Te escribo porque conocí a un hada y ella suena muy hermoso.

Te escribo porque cuando no toco el piano siento que cargo fantasmas en mis manos.

Te escribo porque me crecen árboles en el pecho,
porque me creces en el pecho.

Te escribo.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.