Máscaras de arcilla

Ficcióncuento

Máscaras de arcilla

A los niños les gusta hacer máscaras y moldes de sus caras. Les enseñan a hacer papel maché y cubrir globos que no corresponden a la forma de su relieve infantil. Las decoran con plumas, lentejuelas y sus colores favoritos; se las ponen y aplastan su nariz. Sus ojos se asoman por dos agujeros que corresponden en altura, y obligan a que las pestañas se apoyen levemente en su borde. Apenas pueden ver. Pero alegan que alcanzan a mirar.

Se las quitan para respirar. Su nariz ya está achatada y ahogada por el olor a cola asentado en su cabeza. El sol toca su piel y sienten un ardor dentro y fuera; sopla la brisa y se lo lleva. Están en calma.

Los niños usan máscaras para jugar. Se las quitan cuando la necesidad llama y la comida no puede atravesar el material. A veces son poco prácticos y deciden dormir con ellas para poder soñar. Sueñan cuando duermen, y cuando despierten, siguen en disfraz. Pueden seguir actuando, el rostro cubierto también los hace creer que su cuerpo está pintado de otro color.

Nunca entendí el hacer máscaras con globos; los globos no tienen nariz. Oscurecerla bajo ellas esconde lo único que invariablemente apunta hacia adelante. La nariz también tiene esas facultades que a veces nos suenan poco favorables, como el tener una muy grande y hacerse tremendamente presente. Quizá por ello dicen que las narices forman carácter: no es fácil traer máscaras con esa óbice en medio.

Las máscaras de arcilla se deshacen con el tiempo. El viento las roe y van desapareciendo. Si un día se sueltan, se hacen añicos en el suelo. No es que no crea en las máscaras, es que ya no me embobo con papel y pegamento. Ahora solo uso máscaras de arcilla, esperando deshacerla en un tropiezo.


La imagen no me pertenece.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.