Mareada

Llevo como dos días con un dolor de cabeza constante que noto en la mañana, me voy acostumbrando y empeora en la tarde. Eso ha estado mezclado con mis mareos.

Desde que llegué a México me han afectado cosas aleatorias. Principalmente la altura y la contaminación. Yo estaba acostumbrada a ser de esa gente con suerte, que nunca se marea y rara vez se enferma. De hecho al llegar a México mis padres optaron por un seguro más barato. No sabían lo que les esperaba.

Acá, hay días que me levanto animada y en la trayectoria a la cocina me empiezo a sentir débil. Hay días en los que no logro “funcionar”. Eso me cuesta. Si uno de estos días cae en un momento en el que necesito hacer cosas con mi vida, es un poco desastroso. A uno le da rabia sentirse débil. A mi, por lo menos. Estoy en la edad, tengo 20, se supone que debería ser una persona activa (o que al menos no se canse de todo). Cuando me quejo de mis mareos me siento como una mujer encorsetada de alguna historia antigua. El problema es que no tengo un corset para quitarme.

Me gusta culpar mi mareo en cosas externas porque sino me siento peor. Si me siento débil y hay contingencia, no me da tanta rabia como si me siento débil en un clima perfecto, porque ahí probablemente es mi culpa.

El cuerpo tiene formas peculiares de demostrar algunas cosas. Es importante darse cuenta de las verdaderas razones de nuestros problemas físicos. Sí, puede ser por factores externos, pero también podría ser algo que va más allá de eso. Por ejemplo, he tenido épocas con mucho más mareo por cosas como ansiedad, o con malestares físicos por estar en alguna relación poco saludable. La somatización existe y a veces la ignoramos porque nos acostumbramos. La vulnerabilidad física puede ser una muestra de algo que anda mal en otro aspecto.

A veces la solución no es un masajista o unas pastillas, a veces deberíamos mejor pagarle a un psicólogo.