Magia para pensar

Elegí estudiar filosofía teniéndole una fe enorme a la verdad, y ahora me resulta penosa mi pretensión de encontrarla. La esperanza de hallar refugio en certidumbres perfectas, es aferrarme a un imposible.

Tengo ganas de creer y las ideas en las que navego me abandonan dejándome náufraga. Tengo ganas de creer y no siempre tengo en qué. A veces envidio a los niños: la inocencia y la ilusión son un regalo.

Cuando yo era más pequeña mi mamá inventó una historia sobre mi familia y nuestra casa. Decía que vivíamos en un castillo disfrazado de granja. Ella era una maga, mi papá un caballero dragón, la primera de mis hermanas una princesa, yo un centauro, la tercera un hada y la menor un duende. En mis insoportables años de pubertad me pareció ridículo. Ahora no.

Cada vez que algún vecino quemaba monte para sembrar, significaba que había una fiesta de brujas. Como el caballero dragón debía protegernos, mi papá salía de la casa y esperaba a que el fuego se apagara. Mientras tanto la menor de mis hermanas, con su capacidad de creer intacta, miraba el humo hasta que desaparecía. La recompensa del caballero era volver y recibir los abrazos agradecidos del duende por habernos salvado una vez más.

Había un puente levadizo y debajo dormían Lista Calixta y Fiera Feroz, dos pastores holandeses que se convertían en cocodrilos cuidadores por las noches. De los libros salían mariposas volando y entre las macetas aparecían regalos. La cocina era el sitio de elaboración de pócimas, y yo galopaba por las colinas con los brazos abiertos gritando “¡Soy un centauro!”.

Nunca supe si las caras sonrientes de las visitas enmascaraban sorpresa ante nuestra locura o eran genuinas. Pero ahora me importa muy poco.

Así nos explicaba el mundo mi mamá: con magia que alguna vez acusé de ser mentira, y ahora deseo sea cierta. Cuando me siento incompleta creo en las historias del castillo embrujado. Recuerdo el hogar donde los cuartos estaban escondidos tras libreros y cuadros, los gatos tenían nombres de magos, y a las potrancas las bautizábamos “alegría” y “paz”.

Cuando la realidad me tumba pienso en bajito que mamá la maga puede cambiar a los malos, papá el caballero puede apagar los odios, Camila la princesa puede repartir bondad, Rafaela el hada puede cumplir nuestros sueños, Magu el duende puede hacernos creer de nuevo, y yo el centauro podría sentirme completa otra vez.

A veces veo las noticias y pienso que tal vez el mundo se disfrazó de guerra un rato. Que estamos jugando al hambre y los soldados porque nos hechizaron. Pero que en el fondo es un lugar de gente buena.

La magia de mi mamá fue una analogía precisa y una ilusión preciosa. Porque hay que conocer al menos con la punta de los dedos lo que se quiere ser para elegir caminos. De niña aprendí cómo se siente ser feliz, y ahora guardo en mi memoria melancólica un sorbito de utopía que me marca el norte.

Creer en algo me parece cada día más necesario. Las verdades rigurosas e irrefutables no le son indispensables a la felicidad. A la filosofía y otros campos sí. Pero busco con magia salvarme un poco de la frustrante búsqueda infructífera que esta carrera suele resultar.

Estudio argumentos y aún así tengo sed de cuentos y ficciones que me regresen las sonrisas previamente arrebatadas por mis conclusiones lógicas. La fantasía puede hacer más amena la vida.

De mí no se esperan creencias sin fundamentos sino racionalidad. Y yo sigo dejando divagar mi mente por lugares reconfortantes que me regresan la fuerza necesaria para volver a pensar un mundo roto que me apuñala con sus trozos.

Quiero pensar que no tengo que renunciar a ninguna. Que es posible que la magia me siga dando alegría y la filosofía me siga poniendo los pies en la tierra. No estoy dispuesta a encerrarme en una carrera que podría matarme de pura tristeza, ni estoy dispuesta a sumergirme en creencias que me hagan ignorar lo que me rodea.

Porque podemos saber sin dejar de creer.

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.