Love Killer

Colaboraciones

Love Killer

En el verano del 1999 con mi familia nos mudamos a una casa inmensa en la provincia de Buenos Aires. Habíamos vivido durante años en un departamento modesto en el centro de lo que en ese momento se denominaba: Capital Federal.

Tras el cierre definitivo del negocio de mi viejo, las cuentas no cerraban y las deudas eran muchas.

Villa Ballester, fue el lugar en donde, por medio de una subasta, mi papá invirtió los últimos ahorros que le quedaban, en una casona, que estaba más cerca de ser demolida, que de
ser habitada.

– No saben lo grande que es, dijo cuando llegó a casa con la escritura en la mano.

– Cada cual va a tener su dormitorio, nos dijo a mí, y a mi hermano que en ese entonces, dormíamos como en la tercera clase del Titanic.

Aún recuerdo la cara de espanto que puso mi mamá el día que nos llevó a conocerla.

– Pero, esta casa hay que tirarla abajo y hacerla de vuelta, viejo, dijo mientras trataba de no tropezarse con la vereda destruida.

– Pero mirá los detalles, son hermosos, se justificaba mi papá señalando unos azulejos.

– Sí, del año de Matusalem, querido.

– Bueno, no te viene bien nada a vos, mientras ellos discutían, con mi hermano, decidimos darle una primera mirada a la casa.

Para mí era como la casa de Casper. Pisos de madera, paredes altas y descascaradas, cuartos con puertas que comunicaban a pasillos que terminaban en un patio interno con salida al exterior.

– Es un laberinto, le dije a mi hermano, que estaba muy entretenido armándose con unas macetas un arco de fútbol para poder patear.

Después de unas semanas de limpiar y de acomodar todos nuestros muebles, nos instalamos a vivir.

Nunca fui una chica con suerte, más bien todo lo contrario. Como hermana del medio siempre tuve que adecuarme a todas las situaciones, sin ser protagonista.

La ropa que usaba era heredada, no era buena para el deporte como mi hermano, no era alta, ni flaca, para colmo a los nueve años me diagnosticaron una miopía nivel Borges.

Usaba unos lentes culo de botella y mi mamá me obligó a usar aparatos.

Sin embargo, a partir de la mudanza, mi suerte empezó a cambiar: en la casa nueva mi habitación era la única que tenía una instalación para poder conectar un televisor con cable.

– Cámbiala de cuarto, dijo mi hermano al enterarse de la joya valuada que yacía en aquella pared.

– Sí, viejo, el nene tiene que ver los partidos, opinaba mi mamá haciendo un buen uso de su manual de machismo ilustrado.

– Además ella ni ve tele, está todo el día leyendo, mírala, insistía mi hermano y mientras le señalaba a mi papá el libro que tenía en la mano.

Mi papá no era el tipo más justo del mundo, y pocas veces obraba a mi favor, sin embargo
ese día marcó la diferencia.

– Esa pieza, la eligió ella primero. Si vos querés la tele, te pongo la cama ahí y se acabó, le dijo a mi hermano que desalojó el living pegándole patadas al aire.

Ahí estaba yo, había observado toda la escena desde una esquina, sin emitir opinión. Pensaba que iba a tener que mudar todas mis cosas a la habitación de mi hermano, que dicho sea paso, no me gustaba ni un poco, porque había una ventana que daba a la calle y me daba miedo, pero no. Por primera vez, había ganado yo.

Mi papá se acercó, me dio vuelta el libro que tenía en la mano y me dijo:

– ¿Leés al revés vos? Mañana te pongo la tele, pero ojo con lo que mirás, hasta ese momento, lo más osado que había visto en la televisión habían sido los besos que Andrea del Boca se daba con el galancete de turno. Y tampoco los veía, porque el único televisor estaba en la cocina y mi mamá cada vez que sospechaba que una escena subida de tono iba a aparecer, tapaba la pantalla con un repasador.

La tarde que mi papá trajo el televisor, yo estaba en la casa de unas compañeras de la escuela. Unas pibas de familia alemana que mi mamá amaba porque tenían el pelo rubio y eran altísimas. A mí no me caían bien, en la escuela se reían de mis anteojos, me ponían la traba cuando caminaba por el aula, y decían que mis lápices de colores eran de pobre, porque no eran de marca. Mi vieja me obligaba a ir a jugar a su casa, pero después de ese
día ya no me invitaron más.

– ¡Cómo puede ser! ¡Con lo buenas que son con vos!, me gritaba mi mamá mientras me agarraba del brazo.

– Ellas me molestan, respondí a los gritos, con algunos cabellos rubios en la mano.

– ¡Te tendríamos que haber metido pupila en un colegio!, gritaba mi vieja para que la escuche todo el barrio.

– Vas a pagarle las muñecas a estas chicas con la plata de tu alcancía, sentenció mi mamá. Habían armado una fiesta con sus Barbies, y decían que como yo no tenía el pelo rubio, no iba a poder jugar.

– No te puedo creer, le decía mi mamá a la madre de las tres blondas indeseables mientras veía a las Barbies descuartizadas.

– Y hasta las piernas les faltan, no las encontramos, dijo una de las indeseables.

– ¿Dónde las pusiste?, me preguntó mi mamá a los gritos.

Yo que hasta ese momento había permanecido en silencio, levanté el dedo y señalé un terreno baldío que había al lado de la casa.

La mamá de las tres rubias, que ya estaba cansada de estar en la puerta, le dijo a mi mamá
que no se haga tanto problema. Pero al terminar la conversación remarcó: tu nena acá no
vuelve más.

Mi vieja estaba indignada, yo chocha. Me subió al auto y si hubiese tenido una campera para taparme, como cuando alguien queda detenido y se lo lleva el patrullero, lo hubiese hecho.

Llegamos a casa y mi vieja me dejó sin cenar, me mandó al cuarto donde mi papá con mi tío Luis trataban de conectar el televisor.

– ¿Te quedas a cenar, Luis?, le preguntó mi mamá.

– No, que es tarde che, ya lo instalé, eso sí, como el televisor es viejo, vas a tener que cambiar de canal con la videocassetera. De paso podes ver películas, me dijo mi tío que no estaba enterado del cagadón que me había mandado.

– Ella no cena, le aclaró mi mamá a mi papá.

– Eh, ¿qué pasó?, preguntó mi papá.

– Les rompió las Barbies a las chiquitas estas divinas de la otra cuadra.

– No son divinas, interrumpí.

– ¿Las alemanas?, preguntó mi viejo.

– Sí, respondimos al unísono con mi mamá.

– ¿Por qué?, me preguntó mi viejo agarrándose la cabeza.

– Porque me molestan, las odio.

Mi papá que ya estaba en orside por lo de la tele, esta vez, no se metió.

Cerró la puerta de mi pieza y me dejó el control remoto de la videocassetera sobre la mesa de luz.

Esa noche no pude dormir. No sé si de la culpa o del hambre. No había enterrado las piernas en ningún descampado. Las tenía yo, guardadas en la mochila.

Pensé en devolverlas, pero al rato me acordaba de todas las cosas que esas tres me hacían a diario y no, la verdad que no tenía ni un poco de ganas de hacer una buena acción.

Me acerqué al televisor, y empecé a recorrer los canales de cable que había después del horario de protección al menor.

No había repasador, ni estaba Andrea del Boca. Hice zapping hasta que llegué a unos canales donde pasaban música. En uno justo estaba el video de la nena que está vestida de abeja en un acto y todos se ríen se ríen de ella. Me gustaba esa canción, me acerqué para bajar el volumen, porque no quería recibir otro reto.

Mi tío, había conectado la videocassetera al televisor, para poder cambiar los canales y mi viejo había puesto un VHS para grabar al otro día el partido de Boca.

Al terminar la canción de Blind Melon, empezó otra. Al principio pensé que era la canción de la película de Cementerio de Animales, la habíamos alquilado con mi hermano hacía unas semanas, pero a mí me dio tanto miedo que me tapé con la almohada casi toda la película.

Pero no, la canción era otra. Me acerqué al televisor y subí un poco el volumen, no podía despegar los ojos de la pantalla, esperé hasta el final, para poder anotar el nombre de la banda, pero en ese momento escuché pasos. Apagué todo y me metí en la cama.

– ¿Estás despierta?, dijo una voz entreabriendo la puerta.

– Sí, respondí haciéndome la dormida.

– Te traje un poco de ensalada con pollo. Era mi papá, que le había dado lástima el castigo dietético de mi vieja. Me levanté y puse una silla al lado de la mesa de luz. Mientras, comía, mi papá revisaba el televisor.

– Uh, quedó grabando esto, se gasta toda la cinta así, hablaba solo mientras sacaba el vhs de la videocassetera.

– Quería dejar todo listo para mañana que es el partido, y como no llego me pierdo el primer tiempo.

– Se debe haber grabado cualquier cosa, qué macana, se lamentaba mientras volvía a colocar la cinta.

En realidad, la culpa era mía. Había apretado sin querer la tecla de REC. Y se había grabado todo el video de la nena disfrazada de abeja.

Mi viejo no sospechó. Rebobinó la cinta, apagó todo, se llevó el plato de comida, y cuando se despidió, lo hizo diciendo: acá no ha pasado nada.

Al otro día mi mamá me levantó temprano para ir a la escuela. Preparé la mochila, donde estaban las piernas de las muñecas, la cartuchera, los cuadernos y salí.

– Les vas a pedir disculpas a tus amigas, me ordenó ella de camino a la escuela.

– No son mis amigas, le respondí sin mirarla a la cara.

– Más te vale que cuando te venga a buscar, lo hayas hecho, me amenazó antes de entrar.

Apenas crucé el umbral, ahí estaban, las tres esperándome en el patio.

– Ahí viene la Rompejuguetes, me dijo la más alta.

– Seguro trae los lápices de pobre, para hacer los dibujos de pobre que hace siempre, dijo la del medio.

Me acerqué, abrí la mochila y saqué las piernas de las muñecas. Las tiré al piso y les dije recorriendo la circunferencia de mi cuello con el dedo índice: no soy una rompejuguetes, soy la asesina de las Barbies.

En mi cabeza todavía sonaba la canción que había escuchado la noche anterior.

Esa mañana me suspendieron. Una de las hermanas le dijo a la directora que yo hacía ritos satánicos con las piernas de las muñecas y que había jurado que las mujeres teníamos pelos en la entrepierna.

Era cierto, hice una descripción basada en el video que había visto, muy gráfica y desmintiendo así los cuerpos ficticios de las Barbies.

Por supuesto, me sacaron la tele del cuarto y jamás volví a ver el VHS que tenía el video de esa banda.

Con el tiempo, olvidé la canción y el episodio de las muñecas.

Hasta ayer, que ordenando cajas, encontré la videcassetera. El único cassete que tengo, es el del partido de Boca que mi viejo puso a grabar esa tarde, y que arranca un minuto después del video que vi aquella noche.

La canción se llama Love Killer, y la banda, Killer Babies.


Esdian.