Los Vientos

En el frío de mi primer octubre, le pregunté a un local porque habían cadenas en lajaceras, él me dijo “Esperate a que llegue el invierno”

No Entendí

Nunca había vivido un invierno y, francamente atemorizado, me puse a preguntarme qué clase de misterioso propósito tenían aquellos pesados corotos para protegerlo a uno del frío. Traté abrazarlas a ver si eran calentitas, pero al no poder despegar la mano me di cuenta de que eran todo menos calientes. Al tomarme un trago para calentarme lajmanos gélidas y lubricar las neuronas entorpecidas, decidí que estaban para que los carros no llegaranatropellar los pobres peatones cuando se resbalen en el yelo del pavimento.

Hasta que llegó enero, y la costas italianas servían de pista de patinaje para que lojvientos me zumbáran con tal fuerza que ni tiempo tuve de sorprenderme cuando yaejtaba volando hacia el tráfico. Laj cadenas me sacaroel aire de los pulmones, y por primera vej me identifiqué con el clásico periódico que se pega a los postes de luz en las películas de torbellinos. Entre bocanadas interrumpidas diaire, entendí la importancia de la dura pedagogía del viento y la vital salvación de la cadena. Justuantes de colapsar en lacera me acordé de la última vez que me sentí así.

Atraído por el tecleado de metralleta en mi primera conferencia de MUN, me senté al lado del bondadoso huracán que se presentaría como Cristina. Me extendió la mano, y sindecir hola ni cómo estás niotra vaina, interrumpiendo el intenso tiki-tiki del tecleado, me preguntó: “¿No te encanta el sonido que hacen las manzanas cuando las muerdes?” Y entre ojos peláos y cruzáos me puntualizó la pregunta con una mordida ágil y salvaje.

No fue la primera vez que alguien me había moviduel suelo de los pies, perual ver la carcajada que me soltó después al decirme “No sé porque te dije eso. Tal vez creo que eres de los que les gusta ignorar las formalidades” Me di cuentae’que fue la primera vez que alguien me había recogido justo después. Nuencontré que hacer sino reírme con los pulmones vacíos del impacto que fue conocer a la volante personalidad enfrente mio.

Esta diosa de los vientos parecía soplar haciendo morisquetas de cachetes inflados como si fuera lugar común. Pero lo que me me captivo de manera permanente e irrevocable, fue el hecho de que siempre volaba para agarrarte y seguirte arrojando por los aires, comuen un baile de dos paracaidistas unidos por una cuerda en mitad diuna tormenta. Entrel culillo que sesiente al caer y subir indefinidamente, empecé a dar pasos en las nubes cada momentuen el que no estaba prestando atención.

Después de meses de silencio la distancia me impidió poder sentarme al lado diella una vez que recobre el coraje para montarme por segunda vej enesa montaña rusa. Lo bueno es que para ese entonces yaejtaba acostumbrado a lanzar mensajes al viento sin esperar respuesta, y sinesplicación alguna mande un link de Youtube de una canción que no recuerdo. Cristina respondió como si no hubieran pasado dos minutos desde que mordió la manzana.

Sin darse cuenta, esta figura mágica me enseño que volar es asunto diolvidarse del piso. Gracias Cristina, Feliz cumpliaños.

Marcelo Federico Bertorelli Reyna

Marcelo Federico Bertorelli Reyna

imagen de Matthieu Bourel