Lenguaje y sus precarizados

ensayoNo ficción

Lenguaje y sus precarizados

I.

En academias, universidades, en el cotidiano: todo a quien ha alcanzado el lenguaje inclusivo ha generado una respuesta. Algunos lo aceptan, otros lo rehúyen; en otros, se piensa pero se tiene un uso limitado del mismo, debido a que todavía no se pueden hacer escritos periodísticos, de opinión o académicos sin una cierta resistencia. Hay quienes lo ridiculizan, llevando al extremo el uso de las “x” o insistiendo en la pronunciación del fonema de la letra en lugar de la intención del sonido de la “e” en su lugar, y resistiéndose a entender el fundamento detrás.

¿De dónde sale tal rechazo? ¿Quiénes están siendo señalados en su uso?

La promesa es que todos. El amago de la inclusión es llegar a una horizontalidad, subir a los que estaban por debajo y aparecer a los que no tenían espacio. Dar nombres. Pero la verticalidad implica alguno hay arriba, un privilegiado, y el horizonte pide que baje de la tribuna. Ser igual significa ganar la ventaja de la que se fue privado al desventajado, y, paralelamente, deshacer la del aventajado.

La dificultad de ello recae en el pesar de la pérdida. Ser privilegiado y alcanzar la verdadera igualdad, el existir de forma horizontal, significa tener que renunciar a las ventajas que lo pusieron en aquel lugar. Pero, por otro lado, también toma el ser realmente capaz de ver al otro. Es decir, no solo observarlo abajo, desde el pedestal. Sino verse a sí mismo por encima de todo y observar la relación que conlleva. Poder verse a uno en relación al otro, y evidenciarse como dominante o violentado.

¿En dónde entra el lenguaje? ¿Qué es lo que está vulnerando para ser respondido de tal forma, y a quiénes están nombrando, o dejando de nombrar? Y, más allá de eso, qué entramados, internos y externos, desafía desplazar?


II.

The question that preoccupies me in the light of recent global violence is, Who counts as human? Whose lives count as lives? And, finally, What makes for a grievable life? (Butler, 2006)

Al entrar al apartado de preguntas frecuentes en el sitio web de la Real Academia Española, se encuentra el título “Las ciudadadanas y los ciudadanos, los niños y las niñas”, donde señala que la separación en la denominación de géneros es generalmente innecesaria, debido a que el femenino está implícitamente incluido dentro del masculino.

En mi experiencia universitaria personal, la mayoría de los salones están conformados por mujeres, hasta que un hombre entra en el cuarto y “todas” rápidamente pasa a ser “todos”. Eso toma. Una presencia entre veinte. Y si yo entrase en un cuarto lleno de hombres, nada cambia; seguimos siendo todos. Soy una más en un espacio de unos.

En el mismo salón inicial, un maestro dice “chicas” al ver la mayoría de rostros femeninos mirándolo de vuelta. Depende de quién sea si le sigue un “perdón, chicos” cuando nota la presencia de uno o dos compañeros, o “perdón, verán, son minoría”, a lo que ellos suelen asentir por la ligera tendencia en la carrera de ser quizá un ser deconstruido en alguna medida.

El problema que causa, el revuelo que despierta la idea de un lenguaje neutro responde a esta misma realidad. A que, de repente, al entrar a un cuarto una presencia masculina no modifica toda la estructura de un lenguaje. Un no visto.

Por ello, cuando se viralizó la noticia de una empresa que se negaba a pagar a sus empleadas debido a que el convenio señalaba a trabajadores, la RAE respondió en forma de tuit que “Quizá la insistencia en afirmar que el masculino genérico invisibiliza a la mujer traiga consigo estas lamentables confusiones”.

Pero bien sí fue considerada la palabra “tuit”, porque no está cuestionando al lenguaje y la performatividad del mismo en el punto que duele. Porque al decir “todxs”, no se está vulnerando un término; se trata de una estructura.

Del pensamiento dicotómico

El pensamiento occidental está constituido por la diferencia, el uno y otro, la dicotomía. Tanto como existe día/noche, blanco/negro, bien/mal, una de las primeras dicotomías se conforma de hombre/mujer.

En Ser persona en el sur, se muestra en la dialéctica en entre el sur y el norte. El norte se conforma como dominante y colonizador que genera su avance hacia el sur, tanto en una cuestión geográfica como real-histórica. De acuerdo a Enrique Dussel, la práctica de dominación se da tanto en un sentido ecológico, cultural, ontológico, económico y político, apoyado en el fundamento práctico del pensamiento. Y aquí, entonces, recae en lo social. Tanto como se desenvuelve como un locus geopolítico, podría hacerse un paralelo en un locus identitario.

La penetración del norte en el sur se ha vuelto un ejercicio más sutil de la dominación. A través del ejercicio del poder suave –la transgresión cultural mediática– y la colonización interna –las múltiples organizaciones constituidas por el primer mundo a beneficio del tercer mundo–, que se ejerce a través del amago de la igualdad. Existe en los ideales de libertad y fraternidad una gran capacidad de inclusión que, más que crear espacios para aquellos disminuidos (“los otros”), son integrados dentro del uno y así invisibilizados.

Tal es señalado como producto de la razón metonímica. Se define metonimia como “Tropo que consiste en designar algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o viceversa, el autor por sus obras, el signo por la cosa significada” (DLE, 2017). En tal sentido, el pensamiento dicotómico, configurado por la contraposición de conceptos, contiene una jerarquización implícita que vuelve al primer nombrado el “uno”, y a la oposición, “el otro”. De tal manera, resulta debatible que los opuestos ocupen el mismo espacio, sino que el segundo existe como un exterior constitutivo derridiano. Entonces la ilusión –y digo ilusión por justo el ideal que persigue– de la igualdad sufre un desfase entre idea y realidad: la inclusión generó a un otro que solo es visto en la medida de los unos. Mujeres que desaparecen a la luz de un hombre.

Asimismo, se debate la posibilidad de inclusión de los otros en el lenguaje. Parto desde la dicotomía ya existente; es decir, el entendimiento del género como una cuestión binaria y dividida, hombre y mujer, debido a que son aquellos que sí son nombrados. Así está construido a un nivel estructural, a tal nivel que la idea del tercer género implica que hay un primero y un segundo, incluso trayendo la jerarquía de ambos consigo –que sería encabezada por el masculino y seguida por el femenino–.

Pero este tercero existe como un no visto incluso más profundo, aquel que ni siquiera tiene cabida en la construcción semántica.

El dolor de uno mismo

Un cuerpo no binario es una materialidad sin nombre. Existe, se desarrolla como tal, lo ejerce en el espacio, pero no está mencionado en él. Si el femenino se disuelve en el masculino, uno que no pertenece a ninguno solamente queda afuera de tal relación, como el externo invisible que, al mismo tiempo, constituye la frontera.

De acuerdo a la Ética de la liberación que propone Enrique Dussel, el dolor es materialidad ética. Es decir, se necesita prestar atención a los quebrantos de la materialidad, las faltas del mundo tangible, para cuestionarse los puntos estructurales que infligen ese sufrimiento. Se trata de la realidad de la víctima, y en el caso de todos aquellos que caen fuera de la dualidad binaria, es no ser reconocido como cuerpo, y así, como persona. Un cuerpo precario. Esa materialidad reconoce un dolor allí identificable para quien lo sufre. Es imposible para el sujeto ignorar su ejercicio, la coacción externa que configura su mundo cotidiano. Entonces se reconoce como el doliente. Pero no es igual para quien no lo sufre, que si bien es partícipe de la violencia ejercida, su cuerpo no es violentado, por lo que la materialidad no se lo exige.

Quizá la respuesta más natural frente a una polémica es preguntarse “¿cuál es mi opinión frente a esto?”, lo cual suele responderse incluso antes de hacerse el cuestionamiento, usualmente racional. Una línea valórica y de raciocinio le precede y genera una postura antes de saber siquiera dónde se encuentra uno mismo. Pero hace falta un locus identitario. Para Adela Cortina, reconocer la injusticia implica sentir el sufrimiento del otro. Sin embargo, tal no puede hacerse sin reconocer el lugar que se ocupa.

Conocer un locus identitario tomaría tener la capacidad de verse a sí mismo. Para Michel Foucault, la ética constituye el cuidado de sí, lo cual no tiene que ver con una preservación egoísta, sino que una remediación grecorromana de la manera de construirse un lugar en el mundo, y de apuntar a la liberación. Según el teórico francés, “uno no puede cuidar de sí sin conocer. El cuidado de sí es el conocimiento de sí, (…) pero es también el conocimiento de un cierto número de reglas de conducta o de principios que son a la vez verdades y prescripciones”. (1984) El paradigma ético cristiano –que configura al mundo occidental– apunta a la renuncia de uno mismo, por lo que no nos encontramos a nosotros mismos. No nos vemos, y en ello, desconocemos el lugar que ocupamos respecto a los otros. Conocerse, entonces, implica dolores, dado que es evidenciarse en una relación de poder. Si bien el sufrido se reconoce por la violencia de su materialidad precarizada, el dominante es ciego a sí mismo. En este caso, para la sociedad patriarcal, aparece en dos sentidos: el reconocerse como violentador, como privilegiado, como dominante, y el dolor de ser menos. Ser precarizado. Y, más importante, verse a uno en relación a otro.

Reconocer un locus identitario obliga a un juego de verdades. A identificar, observar y admitir el espacio que se ocupa, y las estructuras, la traza histórica el entramado cultural que lo construyó. Ser hombre y mujer cisgénero en un mundo heteronormativo. Ser hombre, esencialmente, en un orden patriarcal. Ser nombrados en un artículo, un adjetivo o un sustantivo, y configurar el lenguaje, transformar la presencia en una materialidad.

Precarios y precarizados

El lenguaje es materialidad. En él se nombra la realidad y se forjan espacios, y así como tiene un orden y tradición, también contiene una transformación. Los idiomas que hablamos hoy llevan también consigo una traza histórica y conllevan una estructura que los cruza. En aprenderlo y enunciarlo, estamos atravesados por él. Judith Butler, se refiere a la performatividad del mismo; la noción de que el lenguaje nos precede y nos trasciende, proceso por el cual tanto se refuerza como se transforma. Y así, la iterabilidad del mismo construye y deconstruye, trabaja y legitima la estructura, la descompone, la vuelve a componer, y en ello, también el pensamiento que la enuncia.

“Por este ‘yo’ que lees es en parte una secuencia de la gramática que gobierna la disponibilidad de las personas en el lenguaje. No estoy fuera de este lenguaje que me estructura, ni tampoco estoy determinado por el lenguaje que hace este ‘yo’ posible”. (Butler, 1990)

El “yo” se materializa en la forma en que se enuncia. El título original de Cuerpos en disputa de la misma autora contiene en él un oportuno doble significado: Bodies That Matter, tanto en que la palabra matter se refiere a “importar” y “materializar”. Hay cuerpos que importan –alzados en la estructura– y cuerpos precarios –cuerpos desechables, viejos, discriminados, menos válidos–. De ahí el lenguaje inclusivo. De ahí la idea de que en una “x” se enuncien cuerpos contra-sexuales de Beatriz Preciado. (2002) Más allá de la designación de los sujetos como masculinos, femeninos o perversos, para que el último sea nombrado y con él su espacio.

De ahí mismo que surja el revuelo que ha provocado. Una verticalidad necesariamente implica que haya alguien arriba y otros abajo, y si bien la horizontalidad pide que se alcen los disminuidos –cuerpos precarios–, también exige una renuncia al privilegio, por lo que los que se yerguen encima tendrán que bajar y ceder espacio donde puedan existir todos los sujetos.

La Real Academia Española ha peleado los nuevos términos del lenguaje que no vienen de la usual mescolanza histórica de las migraciones y sincretismos culturales –cabe decir que no siempre fueron aceptadas, sino que asimiladas solamente con el paso del tiempo–, como los que han surgido de las redes sociales y se han trasladado a la jerga cotidiana. Sin embargo, “tuit” sí está en el diccionario. El lenguaje inclusivo, por su lado, genera un golpe más grande: enunciar a todxs significa el abandono –o la transformación– de una estructura. Es dejar de reconocer al hombre que entra en el cuarto y el impacto de su presencia.


III.

Ciertos actos constituyen tanta parte de la realidad que el cuestionamiento del mismo parece ridículo. La aparición del lenguaje inclusivo ha generado tal respuesta entre las personas en formas de burla y escarnio, posando la interrogante de por qué reestructurar toda la conformación de un idioma, cambiando las “a” y “o” por “x”, cuando ya es un acto cotidiano el modificar las dos primeras dependiendo del contexto. No se trata de la tradición del fonema. Se trata de la tradición de la estructura.

La ridiculización surge como un acto de defensa frente a una propuesta que cuestiona a la estructura actual. Va más allá de una u otra palabra nueva, de un acento en “solo” y “esta”. Y en una institución formada por una gran mayoría de hombres, la idea de la aparición de una forma del idioma que deja de enunciarlos y priorizarlos suena aberrante. Los desaparece entre los demás cuerpos, volviéndolos un precario porque antes fuese el dominante. Y trae consigo el dolor de verse allí, desde arriba, como el ejecutante de violencia tácita de la relación de poder, en desaparecer el femenino en el masculino y no enunciar al resto del espectro.

Vale mencionar que no se trata de un arremetimiento contra el género masculino, ni que tampoco sean ellos solo los ejecutores. Me refiero al masculino por la estructura patriarcal heteronormativa, donde sí son los privilegiados, pero en el acto de ella estamos todos por el mismo pensamiento que nos ha configurado. Se puede tomar de ejemplo este mismo ensayo, y la forma en que está escrito sin ninguna consideración al lenguaje inclusivo.

¿Pero no es eso una prueba de ello? ¿De todas las instancias donde nos vemos como legitimadores del mismo en nuestro impensado comportamiento? De cómo esta fuerza, confirmación, transformación y violencia es más sutil que un golpe, y que en lenguaje existen golpes mismos que nos llaman, nos enuncian y encuentran; y que, si tenemos algo de fortuna, nos llevarán a encontrarnos con uno mismo. Solo entonces nos podremos dibujar en el horizonte con los demás.


Referencias

  • Butler, Judith. (1990) El género en disputa. Editorial Paidós. España.
  • Butler, J. (2004). Precarious life: The powers of mourning and violence. London: Verso. Chicago (15th ed.)
  • DLE, metonimia. Extraído de http://dle.rae.es/srv/fetch?id=P7kP7xl el 24 de noviembre de 2018.
  • EL FILOSOFO PEREGRINO (2013). “Debate Enrique Dussel VS Adela Cortina, Con Participación De Leonardo Boff. Part. 2 De 5.” YouTube, YouTube, www.youtube.com/watch?v=6uIAUm8EzY8. Extraído el 20 de noviembre de 2018.
  • Foucault, Michel (1994). La ética del ciudado de sí como práctica de la libertad. en Estética, ética y hermenéutica. Barcelona. Paidós.
  • Patiño Domínguez y Sevilla Zapata (coords) (2015). Ser persona: Diversas perspectivas. Universidad Iberoamericana. Ciudad de México, México.
  • Preciado, Beatriz (2002). Manifiesto contra-sexual. Editorial Opera Prima. Madrid, España.
  • RAE, Los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas. Extraído de http://www.rae.es/consultas/los-ciudadanos-y-las-ciudadanas-los-ninos-y-las-ninas el 26 de noviembre de 2018.
  • Raúl Fornet-Betancourt, Helmut Becker y Alfredo Gómez-Muller. (1984). La ética del cuidado de uno mismo como práctica de la libertad. Italia. Revista Concordia. Extraído de http://www.topologik.net/michel_foucault.htm el 26 de noviembre de 2018.
Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.