Lectura para amantes fungales

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Lectura para amantes fungales

I have come to the conclusion that much can be learned about music by devoting oneself to the mushroom.

– John Cage, Music Lover’s Field Companion


Por alguna razón –o por ninguna razón aparente–, un domingo a la mañana se apareció 4’33 en mi mente. Recordé cómo la habían interpretado aquel grupo de amigos de gallardos pseudointelectuales, en un pequeño auditorio cavado debajo de la escuela preparatoria. De todos los eventos que ocurrían en esos dos días del espacio cultural escolar, ese era probablemente el menos concurrido, asistido siempre por el maestro de matemáticas, el de fotografía y los padres.

Con tan fiel y reducida audiencia, resulta lógico pensar que, cuando salieron al escenario tres de los jóvenes músicos a fingir el inicio de un espectáculo, todos sabían de qué se trataba. Nadie quedaba en el misterio de la pieza. El piano se abría y se cerraba. No duró cuatro minutos y 33 segundos; en un evento tan poco popular, el tiempo era tan limitado como su público, así que solo alcanzó para un movimiento. Si bien la audiencia sabía qué estaba presenciando, con sus hijos y alumnos sobre el escenario, inmóviles, con instrumento en mano y el silencio para rellenar, ahora me pregunto si ellos mismos sabían de qué se trataba su acto. Probablemente no. Porque no era sobre silencio.

Observaba la escena tras bambalinas. Nos mirábamos con sonrisas cómplices. Parecido a entonces, inmóvil, sin música, sin nadie hablando alrededor, me quedé contemplando los sonidos que me rodeaban. Podría estar tocándose una pieza en ese instante. Ya sabía que la pieza no se trataba de intelectualoides adolescentes tocando compases vacíos y las risas contenidas tras de escena y en el público, pero entonces surgió una duda. Una rápida búsqueda cibernética me llevó a descubrir otra dimensión de la obra: se trataba de hongos.

John Cage ganó un concurso sobre hongos en 1958 en la televisión italiana. Su conocimiento al respecto lo hacía capaz de saber que un Lactarius Piperatus solamente puede disfrutarse cocinado, debido a que quema la lengua cuando está crudo. Se inscribió a una clase sobre variedades de hongos silvestres y corrigió las equivocaciones del profesor, únicamente por la posibilidad de que sus compañeros pudiesen envenenarse con una variedad que erróneamente ejemplificaba como comestible. Al terminar la clase, el maestro le preguntó por qué estaba allí si sabía tanto del tema, a lo que Cage respondió que “nunca se puede saber suficiente sobre hongos”. Encontró una variedad alrededor de su casa en California, y cuando resultó ser comestible, se alimentó exclusivamente de él durante una semana. Puede sonar propio de alguien ligeramente locuaz, pero no veo diferencia entre eso y escuchar la misma canción una y otra vez en el mismo marco de tiempo.

El hongo es una escultura sonora de Duchamp. Cage lo engulle. Mi conocimiento sobre hongos es muy limitado: portobellos, cremini, champiñones, ostra. Un día pedimos ramen con tres variedades distintas, ninguna cuyo nombre pueda recordar. La prueba y el error nos llevó a descubrir que la forma de comerlo era partiéndolo de forma vertical, en concordancia con sus fibras, sino se resistía, resultando en un festival de caldo volando sobre blusas blancas. La experimentación nos apremió entonces, pero podría recoger un hongo en el bosque y morir fácilmente.

En medio de la exploración con hongos –aquella de naturaleza culinaria–, saltó una canción desde el ruido de fondo. La voz parecía conocida, y entre preguntarle a Siri o quedarnos con la duda, nos inclinamos por no saber. Pero la música ya llenaba el espacio del cual antes había sido solo un accesorio. Su voz se nos había unido a la mesa, un tercer comensal, otro acompañante, atragantándose entre palabras y un plato de hongos y ramen.

En su ventura por poder distinguir entre aquellos que pueden resultar mortales, deliciosos o incluso alucinógenos, Cage estuvo una vez a 15 minutos de la muerte. Le sirvió un plato de –lo que pensó que era– linterna de pantano con vegetales a sus invitados, y en su entusiasmo por plantas silvestres comestibles, comió abundantemente de su propia preparación. Más tarde, durante el póker, comenzó a sentir cómo su garganta quemaba, lo que llevó a retirarse de la mesa para una ronda de vómito y diarrea. Después de que el remedio casero de leche y sal no pudiese ser retenido por su estómago envenenado, terminó con una hospitalización y un lavado estomacal. El doctor declaró que cuarto de hora más hubiese bastado para matarlo.

La vejez lo mató finalmente, no los hongos, por lo que se sienta en nuestra mesa a comer su ramen sin contenerse. Ahora nuestro foco está sobre él y nuestros platos vacíos. Los sorbidos de las demás mesas continúan su propia composición a nuestro lado, quizá la que unida con los nuestros invocó a un músico muerto.

4’33 era Cage sentado en el bosque conduciendo el sonido de los hongos, él y su orquesta mental. Descubrió que componer está simplemente definido por el acto de escuchar, y cuando salieron los jóvenes intelectualoides al escenario, se preocuparon más por sus figuras inmóviles que por la pieza musical. Uno sostenía el violín límpidamente con una mano y una media sonrisa se dibujaba en su rostro, contento con la imagen de los músicos que no tocan. Pero sus pensamientos de satisfacción sonaban por encima del alrededor acústico, no dejan espacio para la orquesta.

Tenían un vacío que no se podía llenar con imágenes. Se mantuvieron tan estáticos que no se dejaron alterar por el hueco que crearon. Frente a mí, Cage inspecciona las mismas láminas de hongos que nos habían causado problemas, y con una mano los parte a lo largo, dejando ver las fibras. El vacío interno que la música intenta llenar es solo hambre de hongos.

Cage calla. El restaurante comienza a despejarse de comensales. Los fideos han desaparecido, y en su plato sólo quedan hongos diseccionados, alargados en el cuenco como cuerdas. Servidos, sin riesgo, indudablemente comestibles. El espacio se vacía de voces y se convierte en un silencio muerto, pero los hongos proliferan en cadáveres. Todas las paredes se llenan de ellos, y su presencia amortigua los sonidos y se los tragan como esponjas. El propósito de la obra murió en las manos de aquellos adolescentes pretenciosos, poniendo una intención donde solo cabía silencio. Redujeron el compás a ellos mismos. Y a la pieza muerta se la comieron los hongos.

Esa presentación tampoco duró cuatro minutos y 33 segundos. Aquella obra es siempre la misma y, de igual manera, nunca podría repetirse. El público ya conocía la trayectoria de John Cage; era 2014, no 1969; el auditorio de una escuela, no Woodstock, Nueva York; eran preparatorianos, no David Tudor; era debut, no una repetición; Cage estaba vivo, entonces muerto. Esa vez, la audiencia esperó algún sonido y solo recibió a un inmóvil pianista con un cronómetro. El clímax ocurrió cuando salieron del salón, movilizados por la impaciencia, y en el auditorio resonaron los pasos en las escaleras. En la escuela, los padres y los maestros sonrieron desde sus asientos. En el restaurante, no se anunció la obra, el público siguió sorbiendo.

Somos él, yo y su plato de hongos en un establecimiento vacío alfombrado de callampas. Todas las preguntas se deshacen en su gesto de examinar los vegetales. Entiendo por él que un acto de creación se desenvuelve en aquel momento, y que ninguno de los dos tiene injerencia en ello. Somos la audiencia y los críticos, y cuando él se levanta y deja su asiento, yo lo hago también, y detrás de nosotros tan sólo queda un plato de hongos y un compás de silencio.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.