La tragedia del reloj

No ficción

La tragedia del reloj

Me parece trágico vivir con un reloj atado a la muñeca y otro colgado en la pared. Sus agujas me dan un poco de miedo: a veces sueño que se me clavan debajo de los párpados y nunca he soñado que me cosen una herida. ¿De qué sirve si uno nunca sabe cuándo qué?* Los relojes tienden a ser circulares e incluso cuando no lo son se revuelcan sobre sí mismos hasta el infinito. La teoría del eterno retorno me parece un ejercicio tétrico y certero. Tan certero que asusta.
Daniel Khanemann afirma que pensamos en el futuro como memorias anticipadas. Eso explica mi temor al abandono, a la traición y sobre todo al olvido. Significa que si algo se me escapa del recuerdo no puedo anticiparme a su recurrencia y pierdo control. El control se disfraza casi siempre de lugar seguro: es un límite que parece estar justo antes de llegar al abismo.
En otras palabras: recordar es lo que posibilita el miedo. Y libertad es poner todo el peso de nuestra voluntad en el cómo. En esto del dolor, el cuándo y el qué no sirven para un carajo. Hay una brecha importante entre los hechos y la memoria. Nunca son idénticos y solo ahí radica la posibilidad de hacernos valientes. Si yo supiera exactamente cómo me sentí ese día, eventualmente habría elegido al abismo tras mi ventana que me seducía. Pero no lo sé. Sólo sé que dolió mucho. Y que me dormí abrazada a una foto para poder ahora estar recordando que en esa foto estaba el amor más puro de los amores abrazándome de vuelta.
El recuerdo es una herramienta de sobrevivencia. Y duele: porque no puedo quitarle el miedo al dolor. Eso también nos mantiene vivos.

*Uno no sabe qué pasará ni cuándo.

Imagen de Louka Butzbach

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.