La terrible historia de tus logros en mi espalda

No ficción

La terrible historia de tus logros en mi espalda

Me gustaban los bares. Las luces de neón, las conciencias adormecidas, los rostros semi desfigurados, la que lloraba en el baño por alguna estupidez y el imbécil en la barra que insistía en invitar los tragos. Me gustaban los bares y el análisis antropológico al que parecían prestarse. Entrar a donde entramos cuando queremos escapar del mundo y pensar en lo jodidos que estamos. Valorar los problemas de la gente según sus gestos y llegar a falsas conclusiones sobre sus vidas, inventándome para cada uno una historia.

Los ojos que me vieron esa noche, no podían siquiera sostener sus párpados. Estaban bizcos bajo los destellos azules y no escrutaban más allá de mi labial rojo oscuro. Y la voz, ay la voz… esa se desplazaba entre la música de manera demasiado torpe y de repente sonaba tan mal como han de sonar los quejidos de un gallo cuando está siendo asesinado para el almuerzo.

El hombre ni siquiera lograba pasar por hombre. Era un muchachito de 18 años, con tres pelos de barba, chistes patéticos y la inseguridad de un ratón frente a un gato. Escurridizo y tímido, de esos que se toman cuatro shots para poder decir tres palabras. Sus pasos inciertos eran interrumpidos por tropiezos lamentables. Era tan triste el asunto, que decidí subirlo a un taxi y enviarlo a su casa.

Al día siguiente fue una sorpresa que recordara mi nombre y pudiera encontrarme en redes sociales. Mandó un mensaje de agradecimiento por cuidarlo. Sobrio no era más encantador, así que mantuve la conversación corta. Y qué mal trago fue encontrarlo después en los jardines de la universidad y recibir su abrazo como si nos conociéramos.

Nos cruzamos un par de veces, comenzamos a hablar. Fue curioso, después de verlo la primera vez ahogado en alcohol, recibir entre sus mensajes cientos de imágenes que retrataban a Jesucristo colgado en la cruz. Metiéndome la fe por los ojos, intentando salvar mi alma con la seguridad de que estaba en pena y rezando por mí… ¿quién le dijo a la gente que tiene el derecho de forzar sus creencias sobre los demás?

Supe que me había convertido en proyecto el día que lo confesó con toda claridad: “después de mi, volverás a Dios”. Pasaba las madrugadas intentando convencerme de que el diablo me arrastraba hacia el mal de la duda, exigiendo que me arrodillara en mi ventana y le hablara a la virgen. Él pedía por mí y yo pedía que no: que no quisiera obligar, ni forzar, ni imponer. Que si así lo quería, condicionara el amor y se largara para siempre por mis faltas, pero que no se quedara solamente por su supuesto deseo de salvarme, como si me debiera un pase al cielo por haberlo subido a un taxi.

Su fe nunca fue un problema: el problema fue que intentara clavarla en mi espalda para izar sobre mí un logro, como se izan las banderillas en los lomos de los toros cuando el torero está por matarlos.

Qué difícil fue entenderme a mí misma, cuando atenté contra mis propias convicciones. Yo no sabía qué estaba haciendo cuando mantenía una conversación con quien predicaba sobre mí su machismo y me explicaba por qué las mujeres debemos cosas a nuestros maridos. Yo no comprendía por qué me quedaba sentada junto a él en la banca del parque cuando me llamaba pecado.

En lugar de rezar, repasé mis impulsos. Y entonces supe que era mi impulso hacia la diferencia traicionándome. Diciéndome que explorara, que abriera la mente, que no rechazara nada de entrada. Aunque de haber sabido que iba a resultarme tan interesante el muchacho patético del bar no lo habría subido al taxi, no le habría dirigido la palabra, no lo habría saludado nunca. De haber sabido que iba a convertir sus crucifijos en puñales…

Hay pocas cosas que me generan tanta rabia como la insistencia cuando ya he sido clara y he dicho que no. Genero resistencia, contraataco y refuto. Pero hay batallas que ni siquiera lo son. Hay conversaciones que en lugar de serlo son monólogos simultáneos que se dan en un mismo espacio. Me cansé de escucharme a mí misma, de decirme cosas que ya me había dicho, de mostrarme árida frente a sus intentos. Y entonces le dije: lo sensato habría sido salir corriendo.

Ya era demasiado tarde y aún así pensaba hacerlo. Ese día saqué el rosario que tenía al fondo del cajón, subí al coche y manejé hasta la puerta de su casa. Puse en sus manos la cajita de metal y a su alrededor un abrazo de los largos. Y dolió, mucho más de lo que yo hubiera imaginado jamás, decirle adiós. Tuve que explicarle, como se le explica a un niño, lo que yo necesitaba: que usara ese rosario tantas veces como quisiera, incluso para rogar por mi alma que -según él- estaba en pena, pero que no me obligara a usarlo yo. Ese día le pedí que siguiera rezando, que hiciera lo que sus creencias le pedían… pero lejos de mis convicciones. Porque yo no estaba dispuesta a ser llamada puta en nombre de Dios.

Siempre he creído que todos nos estamos usando. Que los intereses no se despegan nunca de la libertad y tenemos que aprender a vivir con ello y punto. Aún lo creo. Pero ahora entiendo que hay de formas a formas y algunas son menos hirientes que otras. Fui objeto de sus ganas de lograr algo frente a los ojos del Dios que alababa. Fui su forma de colgarse una medalla en el pecho para mostrarla a San Pedro en las puertas del cielo. Yo no dudo de su buena intención, pero sé de su ausencia de respeto por mis ideas y mis dudas. Y no quise, nunca quise, cargar en mis hombros lo que para él era un mérito y para mí violencia.

El muchacho del bar me había hablado de mi dignidad demasiadas veces. Me había explicado cómo la dañaba cuando iba a bares hasta muy entrada la madrugada y pasaba de relación inestable a relación inestable. Me había dicho que no me preocupara, porque a pesar de que me acercaba más a ser una mujer de la mala vida que a ser una de buenos caminos, Dios me iba a perdonar. Dios me iba a perdonar, como lo perdonaba a él cada vez que se disculpaba por verme, aunque fuera el peor de sus pecados. Si yo obedecía sus órdenes, iba a recuperar mi condición de digna.

Pero hubo una cosa que pasó por alto: mi dignidad nunca había estado tan dañada, como cuando me encontré a mi misma, tirada en el suelo boca abajo, dejándolo pararse sobre mi espalda mientras me pisoteaba las ideas, para poder eventualmente decir: “la he convertido”.

Imagen de rockchicana

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.