La puta, la rígida y la mujer perfecta

No ficcióncrítica

La puta, la rígida y la mujer perfecta

Por Amanda Teillery

La palabra puta está constantemente en nuestras vidas. Escuchamos como se trata a alguien de puta, calificamos a alguien de puta, insultamos o bromeamos con la palabra puta. Siempre con un acento peyorativo, siempre  con un poco de superioridad escondida.

Pero, ¿qué es exactamente ser puta? ¿A que nos referimos cuando calificamos a una compañera de curso, de trabajo, conocida o conocida de una conocida de puta? ¿Qué características de dicha persona estamos señalando? ¿Alguien que se siente muy a gusto con su cuerpo y que, por ende, lo muestra con orgullo? ¿Alguien que es sexualmente libre?   La mayor parte del tiempo llamamos puta, suelta, perra, maraca, etc, a una mujer que tiene el control de su cuerpo y sus decisiones. Alguien que no deja que el miedo o los prejuicios sociales la paralicen. Porque, al fin de cuentas, una puta, ya a sea de profesión o no,  es una mujer que decide qué es lo que quiere hacer con su cuerpo. Puede ser alguien que decide  (idóneamente por opción propia) vender o lucrar con él, tomar el mando de éste, o alguien que lo hace  de manera gratis, alguien que disfruta a su manera de su cuerpo. En ambos casos, una puta es una mujer dueña de su sexualidad.  Y, en épocas como la nuestra, en que se lucra con las inseguridades y la sumisión femenina, aquello es algo que incomoda. Incomoda porque te hace dudar de todo lo que te han hecho creer como correcto. Y, bueno, juzgamos, porque eso es lo mejor que sabemos hacer. Consideramos su libertad un defecto, castigamos socialmente su independencia y su disfrute o goce.

Pero, debajo de las críticas y prejuicios, ¿no se esconderá quizás una pizca de envidia? ¿Recelo? ¿Envidia de alguien libre de las ataduras, de las convenciones sociales? Tal vez criticamos porque buscamos algo con que excusarnos, una arma de defensa.  Tal vez utilizamos aquellas críticas de alguna manera para poder explicar porque somos diferentes  a aquellas mujeres que llamamos putas. Para sentirnos mejor. Tal vez lo hacemos para esconder el miedo. Porque una mujer libre suele dar miedo.

Pero esta suerte de dinámica también existe en sentido contrario. Ahora bien, sabemos que la sociedad juzga a las mujeres por disfrutar de su sexualidad, pero ¿Qué ocurre con las mujeres que no lo hacen? ¿Qué ocurre con las mujeres reservadas que, por opción propia o simplemente por casualidades del destino, han decidido mantenerse alejadas de su sexualidad? ¿Qué no cumplen el deseo de los hombres al no entregárseles? Las llaman cartuchas, rígidas, monjas, mojigatas, y la lista puede continuar eternamente. Y voilá, nuevamente, las mujeres que deciden sobre qué hacer con sus cuerpos son juzgadas. Porque parecieran salirse de lo que el perfil de la mujer ideal debería  ser, porque no se acomodan a la voluntad del resto. Porque, al igual que las putas, las llamadas rígidas frustran a la sexualidad masculina, y ese es un motivo de castigo.

Pareciera haber una escala que separa el ser muy poco mujer y el ser demasiado mujer.  Solo hay un punto medio que es aceptado, un equilibrio que se mantiene gracias a no ser mucho de lo uno o de lo otro, que se mantiene si sigues todo lo que te han enseñado; a las mujeres desde siempre le gustan los hombres, pero hay tener cuidado de no demostrarlo demasiado, las mujeres deben esperar que el otro tome la iniciativa, las mujeres no deben ser fáciles, y en las fiestas las mujeres deben ser recatadas.

Este  punto medio en el que las mujeres se deben mantener pareciera consistir en una inactiva pasividad, en esperar que alguien más decida por ti, en actuar según una voluntad ajena. La mujer perfecta es aquella que se mantiene en la línea, que calcula sus pasos y jamás se excede. La mujer perfecta se controla. La mujer perfecta espera (pero no demasiado).

Amanda Teillery Delattre

Amanda Teillery Delattre

Chile. 22 años. Autora del libro de cuentos "¿cuánto tiempo viven los perros? publicado por editorial planeta, sello emecé