Colaboración: La guerra conmigo misma

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Colaboración: La guerra conmigo misma

No estaba preparada el día que mi mente decidió lanzar un ataque fulminante. Escogió una linda tarde de semana para furtivamente dejarme tirada en una acera en medio de la calle recuperando el aire: allí empezó mi historia con los ataques de pánico.

De allí en adelante, la guerra conmigo misma consistía en sobreponerme ante las despiadadas oleadas de terror y síntomas físicos que creía estar sintiendo. ¿para qué entrar en detalles? Sufrí infartos, derrames, embolias, parálisis, ahogos, desmayos y otros tantos achaques ilógicos producto de los deseos bélicos de mi mente. Luego ya no hubo vuelta atrás. De pronto me convertí en un objeto interesantísimo de múltiples análisis y corrientes metafísicas, por lo que la gente a mi alrededor decidió bombardearme de consejos, frases, libros, gotas, hierbas mágicas, talismanes, discos de meditación, en fin, bombas de humo que sólo distorsionaban lo que realmente estaba pasando.

Mi incapacidad de recuperarme después de las batallas, cada vez más impredecibles, hizo que dejara de salir de casa, de ver a mis amigos, de buscar la luz del sol. Entendí lo vulnerable que era. El arma secreta de mi mente fue debilitarme tanto que ya la realidad parecía fantasía y la fantasía un mundo de pesadillas.

Fue por allí, al cabo de dos meses, que decidí ir al primer psiquiatra. Un hombre bastante simpático, con la determinación del viejo Tío Sam, poniendo en mis manos un arsenal de misiles que acabarían con mis delirios de una vez por todas. Después de un par de meses de resistencia, las pastillitas habían logrado acallar mi conflictiva mente. Volvía a disfrutar de la cálida brisa, podía ir al supermercado, trabajar, incluso pasear en ¡un centro comercial lleno de gente! Recuperé mi libertad, finalmente había ganado la guerra. Después de un año, volví para que Tío Sam retirara mi tratamiento.


Si mi mente tuviera rostro, podría imaginarla como un villano de las películas, en el momento que la audiencia se da cuenta que algo no va bien, que los protagonistas han caído en una especie de trampa.

Por supuesto, creí haberme graduado de la narcodemia con honores, pero como era de esperarse, los ataques de pánico volvieron con mayor intensidad, recreando síntomas tan reales que terminé en el hospital. Otro año pasaría, más talismanes, más hierbas, otro psiquiatra... y yo continuaba en medio de la tormenta preguntándome si de verdad no sería algo físico y estaba al borde de la muerte. Para ese momento, después de un estudio cardiológico, una resonancia magnética, un eco Doppler y una visita a dos internistas entendí que era yo la que debía tomar al toro por los cuernos.

El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar”. Sun Tzu (544 AC-496 AC)

El primer paso para mi liberación fue entender lo que me estaba pasando. ¿qué me había llevado a estar en guerra conmigo misma? Decidí que escuchar a mi enemigo en vez de luchar contra él, llevaría a mi adalid interior a levantarse entre las cenizas. Entendí, que las personas con crisis de ansiedad, como yo, no somos débiles, indefensos, vulnerables; somos los desgraciados más valientes del mundo y ¡cómo nos cuesta entenderlo! Lo diré de manera muy simple: requiere tener valentía para volver a salir a la calle y seguir adelante frente a la posibilidad de otro ataque, requiere tener ovarios de acero para aceptar que el daño siempre te lo haz hecho tú y requiere tener verdaderos cojones para enfrentarse con los miedos de tu propia psique. Entendí, con mucho pesar, que lo que consideraba mi enemigo, era más bien la acumulación de emociones desatendidas que luchaban desde su silencio con las únicas armas de las que disponían.

Luego de meses de análisis introspectivo, cavando sin descanso para descubrir eventos de mi pasado que había preferido enterrar en vez de hacerles frente, empecé a sanar poco a poco. Sin embargo, las guerras dejan cicatrices y mi cuerpo golpeado es ahora más propenso a las situaciones que generan ansiedad; por ello, aprendí a ver las señales, a predecir los momentos previos a la crisis, a respirar hondo y a seguir con mi vida normal.

Ahora, algunos años más tarde, mi cruzada sigue, silenciosa y espiritual. Creo que mi resiliencia simplemente nace de convivir con mi ansiedad. Y, viéndolo en retrospectiva, estar en guerra conmigo misma me enseñó a entender mejor mis emociones, así como las de los demás.

Para los que aún están librando sus propias batallas, luchando contra sus propios demonios, recuerden, nadie los conoce mejor que ustedes. Cada golpe, cada recaída, no nos hace más vulnerables, sino que nos levanta, y de la derrota tomamos impulso para dejar de tener miedo a aquello que solo puede hacernos más fuertes.

Daniela A. Brandon

Imagen: "from girl of the earth by katy maxwell" de Demii Whiffin